Más nos vale no equivocarnos

La masacre de Loma Blanca vino a remover heridas que parecía comenzaban a cerrar dentro de nuestra comunidad.

Servando Pineda Jaimes

La terrible ola de violencia que se abatió en la ciudad en los último años, tuvo su punto más alto la noche del 30 de enero de 2010, cuando un comando de sicarios llegaron a Villas de Salvarcar para acribillar a un grupo de jóvenes estudiantes que celebran un cumpleaños. En el lugar  quedaron los cuerpos de 15 jóvenes,  alumnos del CBTIS 128, de la Universidad Autónoma de Chihuahua y del Colegio de Bachilleres 9. A ciencia cierta, las causas de esta masacre nunca fueron esclarecidas, pero se convirtió en un parteaguas para la ciudad; un antes y un después.

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A partir de Villas de Salvarcar la ciudad fue otra. Ya no fue la misma. La ciudadanía conoció el rostro más cruel de la llamada “guerra contra el narcotráfico” que en este caso cegaba las vidas de jóvenes estudiantes que nada tenían que ver con este tema, pues la mayoría de ellos eran deportistas, según se conocería después.

La ciudad, por primera vez se sintió vulnerable. A partir de este hecho sabía que la muerte podría estar en cualquier lado, en cualquier rincón, en cualquier calle y nadie, absolutamente nadie estaba  a salvo. El viejo y gastado argumento de las autoridades para justificar lo que sucedía en la ciudad de que era una “guerra entre malos” y sólo se “estaban matando entre ellos”, con Villas de Salvarcar se vino por tierra. Ahora, no sólo se “mataban entre los malos”, sino que los “malos mataban también a los buenos”, a prácticamente todo aquél que se pusiera en su camino.

La respuesta del gobierno usted ya la sabe. Criminalizar a los muertos, llamarlos pandilleros y con ello tratar de justificar lo injustificable. Y así le fue. Más tarde que temprano, pero el gobierno tuvo que rectificar, ofrecer disculpas a los familiares y no sólo eso, aguantar el vendaval de críticas por su lamentable actuación. El “usted no es bienvenido…” que le espetó Luz María Dávila, madre de dos de las víctimas, a Felipe Calderón, se volvió un estandarte de la lucha de una ciudad en su intento desesperado porque el gobierno federal cumpliera con una de sus funciones básicas: garantizarnos el derecho a la vida.

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Luz María Dávila, quien perdió a sus hijos en la masacre de Salvárcar, le dijo a Felipe Calderón en su cara: «Usted no es bienvenido (si las víctimas) fueran sus hijos, usted buscaría a los asesinos hasta debajo de las piedras»

Más obligado por esta situación que por un deseo genuino de auxiliar a Juárez, el gobierno federal puso en marcha su plan: “Todos somos Juárez”, que ya todos sabemos como terminó. Un rotundo fracaso, pero que le sirvió al gobierno para lavar su cara.

Ahora, tres años después, esta vieja herida vuelve a abrirse, con una nueva masacre, la de Loma Blanca en el Valle de Juárez, donde, a decir de los propios vecinos, la violencia no se ha ido y prueba de ello es esta terrible matanza. En ese lugar, ahora se sabe, dos sicarios ejecutaron a 10 personas, entre ellos a tres adolescentes, una mujer y una niña.  Al igual que en la de Salvarcar, en este hecho había un festejo de por medio, eran deportistas, pero a diferencia de aquél, aquí se actuó contra una niña.

Bien hicieron las autoridades en no apresurarse en dar a conocer los móviles del crimen, para luego no tener que andar ofreciendo disculpas y corrigiendo versiones. En esta ocasión perduró la mesura, con lo que parece que se aprendió de lo sucedido en Salvarcar.

Donde parece que no lo hubo, es en la interpretación del hechos respeto al contexto de violencia que se vive en la mayor parte del estado. Ahí el diagnóstico falló. Primero al tratar de desligar Loma Blanca de Juárez, como si el Valle no formara parte del municipio. Luego, el apresuramiento por afirmar que no se trataba de un repunte en la violencia. Claro que es así, si lo comparamos con el fatídico 2010. En ese año, el más violento en Ciudad Juárez, hubo 3075 asesinatos, contra los 750 del 2012. Pero la situación cambia cuando analizamos este año y aquí las cifras frías nos dicen que, en efecto, hay un repunte, discreto, pero consistente.

Tributo a las víctimas de la violencia Foto El Universal
Tributo a las víctimas de la violencia. Foto: El Universal

De acuerdo con datos de la propia Fiscalía General de Chihuahua, en lo que va de 2013 se han registrado en Ciudad Juárez 313 homicidios dolosos, con un incremento en el número de casos mes con mes. En enero se reportaron 26 asesinatos, en julio 33 y en agosto 49; en este último caso el incremento mensual fue de 48.4 por ciento. Y esto es lo que importa.

La situación se complica más si se toman parámetros internacionales, pues entonces la violencia cobra su real dimensión. De acuerdo al INEGI, Chihuahua registra 77 homicidios por cada 100 mil habitantes, lo que lo coloca en el primer lugar nacional empatado con Guerrero que tiene la misma cifra, muy superior al promedio nacional que es de 22 por cada 100 mil habitantes.

Sin embargo, al desglosar esta información, las revelaciones resultan preocupantes. Hay municipios serranos en Chihuahua que superan y con creces estas cifras.

Información del Observatorio Ciudadano que es financiado con fondos públicos precisamente para dar seguimiento a los niveles de violencia en el estado, indican que municipios como Guadalupe y Cavo, así como Guachochi,  ostentan promedios de homicidios muy, pero muy superiores a la media nacional: 192 homicidios por cada 100 mil habitantes en el primer caso; y 100 por cada 100 mil habitantes en el segundo.

Como se podrá observar, nada ganamos con separar la realidad, terca que es. Mal haríamos si volviéramos hacer una lectura equivocada de este momento, porque entonces, bien podríamos llevarnos la sorpresa de la vida. Y, que, parafraseando a Monterroso podríamos resumir así:

“Y cuando despertamos… la violencia seguía ahí”.

 servando pineda* Servando Pineda Jaime. Periodista, escritor, ensayista y maestro investigador de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.