Texto escrito y leído por Alfredo Villegas Ortega, el 26 de septiembre en el marco de la «Feria del Libro Juárez 2013 en Ciudad Juárez Chihuahua para presentar el libro de Joel Ortega Juárez: «Libertad de manifestación: Conquista del movimiento del 10 de junio». También se contó con la presentación de Rubén Lau, ex Rector de la UACJ y ex cónsul en La Habana Cuba, así como del autor del libro Joel Ortega.

Habla Joel Ortega en una parte de su libro:

 Me han preguntado: ¿Eran valientes?

Respondo: No soy torero; cuando fuimos a la manifestación del 10 de junio, íbamos a una marcha con nuestros carteles y libros, sin armas, no íbamos buscando la muerte.

Un torero deliberadamente se mete al ruedo, y entre los cuernos del toro arriesga la vida. Nosotros íbamos a encabezar un movimiento de masas no a morir, sino a luchar; no sabíamos que nos iban a recibir a balazos.

Ahí, en ese momento, no sé de dónde surge un coraje, un valor que se prueba o no; a nosotros nos tocó probarlo y salir bien. Tal vez en otras condiciones veo a un borracho con una pistola en la esquina y salgo huyendo.

No es una cosa de valores individuales; ésos tienen que ver con el movimiento. El movimiento te da una fuerza, una energía insospechada. Escuchar los disparos y ver caer a los compañeros muertos, no me inhibió ni me hizo llorar. Me hizo enojar. No dije: «Y ahora qué voy a hacer; tomo el primer avión y salgo corriendo del país». ¡No, no, no!

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Los Halcones, grupo paramilitar que realizó la masacre de estudiantes el 10 de junio de 1971

 ¿Qué hacía yo el 10 de junio de 1971? Estaba en la esquina de la cerrada en mi querido barrio, con mis amigos. La marcha que se había anunciado tenía gran resonancia, al menos en ciertos sectores ilustrados, a pesar de los medios tendenciosos y obedientes del poder. Mi familia era de maestros y ese tipo de acciones no les pasaban desapercibidas. Además, mis hermanos asistirían y había temor de mis padres, pues la herida del 2 de octubre todavía supuraba.

A mis catorce años, la orden fue tajante: «No vas». A pesar de ello, la inquietud y la de algunos amigos, más por ser parte de algo importante, no sé por qué pero intuíamos, que así iba a ser. Yo leí en su momento la revista¿Por qué? que aunque amarillista era una ventana interesante para un púber que se quería montar en el carrusel de la historia, aun sin saber qué era eso. El chiste era ir, estar, ser parte de esa juventud, dejar de ser niño.

Dudamos. Mis amigos y yo dudamos. En esa duda estábamos cuando empezaron a aparecer por diferentes calles muchos jóvenes con el rostro atemorizado, jadeando, gritando. era obvio que escapaban. No sabíamos de qué, pero era lógico que de soldados, policías o algo por el estilo. Ese algo por el estilo eran lo que después sabríamos que eran los halcones, grupo paramilitar y asesino de infame memoria, que acribilló a la multitud juvenil. La historia no tenía lugar para chavitos indecisos y temerosos. La historia se estaba escribiendo a unas cuadras de mi casa, de hecho, parte de esa historia se escribía en la propia colonia que albergó en vecindades, imprentas, tiendas, tlapalerías, casas y tintorerías a muchos jóvenes.

Siempre me quedé con la sensación de impotencia por no haber sido un poco más grande y formar parte de esa insurgencia juvenil. Siempre los vi, y lo sigo haciendo como mis ídolos sociales. Hoy, como en otros momentos, este tipo de eventos, me da la oportunidad, de participar de la historia al menos, de dar un pequeño e irrelevante testimonio personal y, desde luego, de presentar el libro Libertad de manifestación: Conquista del Movimiento del 10 de Junio de 1971. Testimonios de un Hecho Histórico, de uno de los personajes que sí escribieron la historia en su momento: Joel Ortega Juárez.

Así, sin haber sido parte importante de la historia, ésta me da la oportunidad de recrearla algo bajo mi peculiar circunstancia y, hoy, reitero, con la oportunidad de presentar este testimonio. No voy a avasallarlos con datos, cifras o personajes, porque el libro, de hecho, está tan bien escrito que retoma lo justo para entender el movimiento, sus ideas, sus miedos, sus certezas, sus motivos. Además, en la mesa está quien lo vivió siendo el principal protagonista de ese día. La historia, en ese sentido, es muy clara.  No voy a competir contra ese bagaje y ese personaje. Algo, no obstante, intentaré plantearles.

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El presidente Luis Echeverría Álvarez

 Las mejores enseñanzas  de la historia siempre vienen de las masas, no de los poderosos. Además, la historia nos muestra, muchas veces, cómo esos poderosos acabaron en la ignominia y cómo aquél cuerpo vulnerable, golpeado, menospreciado y arrinconado, acaba por ocupar el lugar que merece y su verdad termina por ser no sólo memoria sino, con frecuencia, un saludable viento para seguir empujando en las transformaciones mientras un pueblo, una generación  o un grupo de personas clamen por justicia, libertad, democracia y todo eso que el relato occidental nos ha venido ofreciendo y, a la vez, regateando. El 10 de junio es una fecha que tiene que verse a la luz de sus héroes: aquellos jóvenes que tuvieron el valor de salir a la calle y retar al poder; un poder autoritario que había utilizado la fuerza tres años antes ante la ausencia de argumentos.

La vanguardia social, la esperanza de este país, ayer y ahora, era y son los jóvenes. Esa vanguardia se encontraba ante el dilema, de salir o no a la calle; de enfrentar o no al poder; de seguir igual o sacudir la estructura arcaica y monolítica del PRI.

Echeverría que había sido secretario de gobernación en aquel cercano 68, ocupaba en el 71, en ese 10 de junio la presidencia. Sus manos aún escurrían sangre estudiantil.  No se podía creer en él. Estos jóvenes combativos, llamados radicales  (claro porque iban a la raíz del problema), no creyeron en la apertura democrática de LEA, a pesar de que algunas voces intelectuales del país como Benítez, Fuentes y González Pedrero sí lo hicieron, e incluso proclamaron: «Echeverría o el fascismo», como bien consigna Joel Ortega en el libro.

El tiempo es el juez más severo y puntual de la historia y de sus personajes. El fascista era otro, eran otros. El jefe de esa banda, que ostentaba el cargo de Presidente de la República era Luis Echeverría Álvarez.

LEA viejoHoy Echeverría vive arrumbado en su caserón, recluido, juzgado, abandonado por muchos de sus defensores, aunque, hay que decirlo, hay otros tentados a revivir esos tiempos, ese estilo de gobernar, esa mano dura que acalle a los que piensan y protestan.

Echeverría fue procesado, hace algunos años y Joel Ortega fue de los que impulsaron esa reivindicación popular. La prisión domiciliaria, por el delito de genocidio, que tuvo Echeverría,  no tiene parangón en nuestra historia; es un hecho que muestra la perseverancia, la congruencia y la firmeza a en las ideas de los que combatieron la cerrazón y la barbarie del poder. LEA es un asesino y Joel con otros personajes no escatimaron esfuerzos, tiempo e ideas hasta  llevar a LEA a la prisión, por más que después lo hayan liberado.

De esa madera es Joel. Su historia es como la historia que cuenta en este libro: libre, transparente, frontal. A Joel y a algunos de su generación la historia los está juzgando de una manera muy diferente a como se ha hecho con Echeverría; a ellos, los que no claudicaron y no transaron, la historia más reciente les agradece el valor de salir a la calle y hacer de la Libertad de Manifestación un legado para todos nosotros.

No quiere decir que hoy vivamos un paraíso democrático, pero sin movimientos como aquel del 71, estaríamos viviendo épocas peores. Si el gobierno no ha dejado caer  toda su fuerza bruta contra los maestros -por poner el ejemplo más cercano de insurgencia y ocupación de las plazas y calles para manifestar ideas y exigir el respeto a los derechos más elementales-  es porque, a pesar de su gen autoritario, la historia de aquellos jóvenes libertarios los ha contenido, al menos, hasta ahora.  Sigamos articulando esfuerzos y no dejemos en la soledad a los maestros, ni a ningún grupo social que reta al estado cuando éste no cumple sus funciones y les arrebata sus conquistas sociales que nadie les ha regalado. Nunca más la fuerza de las balas. La forma como el gobierno desalojó a los maestros es deleznable, porque los expulsó de un espacio de todos a ellos que -conviene recordarle al presidente ya los merolicos de la televisión- son ciudadanos y tienen todo el derecho a manifestarse en el zócalo capitalino y en cuanta plaza de la república quieran hacerlo.

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Desalojo de maestros de la CNTE del Zócalo capitalinopor la Policía Federal el 3 de septiembre 2013

 En el libro Joel nos narra muchas cosas y aparecen diversos personajes. Nos dice, por ejemplo, cómo la lucha por la autonomía de la Universidad de Nuevo León tuvo un vínculo directo y sirve de referente para escribir este relato sencillo y profundo a la vez; nos habla con una admiración social de Othón Salazar y su lucha magisterial; de los ferrocarrileros, de  Campa y Vallejo, su arraigo social y la increíble falta de apertura y diálogo entre las dos figuras, lo que hubiera sido muy importante para todos. Lo anterior lo narra sin pretensiones intelectuales -que argumentos y tamaños le sobran para ello-  sino con claridad magisterial, para que todos lo entendamos y lo valoremos.

Demetrio Vallejo presentación ante juez 9 de abril de 1959
El líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo es presentado ante el juez el 9 de abril de 1959, acusado de «disolución social»

Nos describe a ese Campa y a ese Vallejo de carne y hueso; líderes, firmes, pero profundamente humanos y, por ende, falibles. Campa y Vallejo en unos cuantos trazos, sin tanta parafernalia, pero con mucho respeto y conocimiento a su trayectoria, y a su lugar en la historia y en los movimientos sociales. Y así Diego, Frida, Siqueiros… la crema y nata de la intelectualidad y el arte comunistas que inspiró filias y fobias en algunos de esos jóvenes rebeldes.

También refiere sus discrepancias con Salvador Martínez de la Roca, El Pino, su acuerdo con Pablo Gómez para que éste no asistiera el 10 de junio; de la declaración poco seria de Guevara Niebla que culpaba a los que habían decidido salir a la calles: del Búho, Eduardo Valle y sus posiciones moderadas; de la vinculación del movimiento estudiantil con los obreros textiles de Ayotla, el miedo, el valor y la energía que les inyectaba el movimiento, sus causas…

Nos explica, desde la lectura de Marx y Gramsci, para darle la dimensión necesaria al movimiento lo que es el partido, como: Memoria histórica; Vanguardia política; Promotor y formador de organizadores sociales y políticos; Conciencia crítica y; Constructor y educador de una nueva cultura.

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Valentín Campa, lider de la huelga ferrocarilera de 1959, también encarcelado por el delito de «disolución social», estuvo más de 14 años preso. Fue candidato presidencial en 1976 y diputado federal de 1979 a 1981 a la LI Legislatura del Congreso de la Unión. En su honor, hay una plaza en la delegación Iztapalapa de la Ciudad de México y también el 14 de febrero el jefe de gobierno inauguró un tren en la estación de Ermita con su nombre.

En esa lógica, el movimiento de los sesenta y setenta, afirma Joel: «Desempeñó el papel del partido, en sentido histórico.  Se forjó como memoria histórica del movimiento social; articuló las luchas sociales precedentes; vanguardia de las luchas; formador de la masa crítica; convirtió a miles de estudiantes en activistas; alimentó, organizó y encabezó luchas en diversos sectores sociales; después del 68 y 71  se produjo una especie de «gran marcha» de los estudiantes hacia el movimiento popular». Ni más ni menos.

 Allende, Lucio Cabañas, Flores Olea, Heberto, Carrillo Olea, Gutiérrez Barrios, Moreno Wonche, Jardón, Vadillo…tantos personajes más. Trayectorias, posiciones y, sobre todo, lugares diferentes en la historia. De muchos más y de mucho más se habla en el libro. Me falta tiempo y capacidad de síntesis para poder hacerlo. Mejor léanlo. Vale la pena.

 Joel Ortega remata en el apartado del legado del 10 de junio, con una frase que mueve a la esperanza e invita a seguir luchando por los verdaderos ideales, porque a pesar del crimen de estado, su lucha no fue en vano: sacudió al país y removió la conciencia de esa generación y otras:

«Aunque vivimos un tiempo de canallas, lo mejor está por venir».

 Gracias Joel, por darnos la oportunidad de entender ese momento épico. Por  hacernos, aunque sea como invitados, parte de esa historia. Para mí, y para muchos más, estoy seguro, es invaluable.

Gracias a ustedes por su, hospitalidad,  paciencia y atención.

 Como dice la canción: «¡Qué bonito es Chihuahua!»

Ciudad Juárez, Chihuahua, 26 de septiembre de 2013.