Cuentos e historias para la ternura: La muerte de Víctor Jara

Otra vez otro 11 de septiembre y el recuerdo sigue ahí, y el dolor sigue ahí, y aún, en muchos y muchas, el compromiso con los hombres y mujeres chilenas que se enfrentaron a los asesinos encabezados por un tal Pinochet, sigue en nuestros corazones.

Cuauhtémoc Rivera Godínez/ A los Cuatro Vientos

40 años han transcurrido, y el domingo pasado, salieron a las calles de Chile miles y miles de jóvenes, hombres, mujeres, ancianos y ancianas para recordar a sus muertos y muertas, a sus desaparecidos y desaparecidas, para reivindicar su derecho a vivir en democracia, paz con dignidad, justicia y libertad. El actual  gobierno derechista los reprimió nuevamente, pero ellas y ellos saben resistir y vencer. Recordemos pues a nuestro hermano mayor Víctor Jara y con él a nuestro Miguel Enríquez, que cuando muchos salieron por la represión, él se mantuvo ahí aclarando «Del MIR  nadie se exilia, todos nos quedamos». Espero pues que esta historia les conmueva y les recuerde nuestros retos y amores. Como siempre, en este día, esta historia va dedicada a mi amiga y hermana Silvia Sayavedra en su cumpleaños.

LA MUERTE DE VÍCTOR JARA[1]

Cansados y con sus manos entrelazadas en la nuca, los 600 académicos, estudiantes y funcionarios de la Universidad Técnica del Estado (UTE) tomados prisioneros por los militares golpistas iban entrando al Estadio Chile, un pequeño recinto deportivo techado cercano al palacio de La Moneda. Un oficial con lentes oscuras, rostro pintado, metralleta terciada, granadas colgando en su pecho, pistola y cuchillo corvo en el cinturón, observaba desde arriba de un cajón a los prisioneros, que habían permanecido en la universidad para defender el Gobierno del presidente socialista Salvador Allende. Era el 12 de septiembre de 1973, día siguiente del golpe militar, en el alba de la dictadura de 17 años encabezada por el general Augusto Pinochet.

Con voz estentórea, el oficial repentinamente gritó al ver a un prisionero de pelo ensortijado:

-¡A ese hijo de puta me lo traen para acá! -gritó a un conscripto, recuerda el abogado Boris Navia, uno de los que caminaba en la fila de prisioneros.

«¡A ese huevón!, ¡a ése!», le gritó al soldado, que empujó con violencia al prisionero. «¡No me lo traten como señorita, carajo!», espetó insatisfecho el oficial. Al oír la orden, el conscripto dio un culatazo al prisionero, que cayó a los pies del oficial.

-¡Así que vos sos Víctor Jara, el cantante marxista, comunista concha de tu madre, cantor de pura mierda! -gritó el oficial. Navia rememora. Es uno de los testigos del juez Juan Fuentes, que investiga el asesinato del cantautor, uno de los crímenes emblemáticos de la dictadura, porque Jara fue con su guitarra y con sus versos el trovador de la revolución socialista del Gobierno de Allende en Chile. Por su impacto y la impunidad en que están los culpables, el crimen de Jara es en Chile el equivalente al asesinato de Federico García Lorca en España.

estadio victor jara
El Estadio de Chile cambia de nombre a partir del 12 de septiembre de 2004, luego que adopta el nombre de Estadio Víctor Jara en homenaje al popular cantautor que encontró la muerte en ese recinto el 16 de septiembre de 1973, a manos de los militares que lo habían detenido días antes en la Escuela de Artes y Oficios, dependiente de la entonces Universidad Técnica del Estado, UTE.

«Lo golpeaba, lo golpeaba. Una y otra vez. En el cuerpo, en la cabeza, descargando con furia las patadas. Casi le estalla un ojo. Nunca olvidaré el ruido de esa bota en las costillas. Víctor sonreía. Él siempre sonreía, tenía un rostro sonriente, y eso descomponía más al facho. De repente, el oficial desenfundó la pistola. Pensé que lo iba a matar. Siguió golpeándolo con el cañón del arma. Le rompió la cabeza y el rostro de Víctor quedó cubierto por la sangre que bajaba desde su frente», cuenta a este periódico el abogado Navia.

Los prisioneros se habían quedado pasmados mirando la escena. Cuando el oficial, conocido como El Príncipe y hasta hoy no identificado con plena certeza, se cansó de golpear, ordenó a los soldados que pusieran a Jara en un pasillo y que lo mataran si se movía.

El Gobierno socialista concitó una amplia adhesión de artistas e intelectuales. En los tres años de Allende, Chile vivió un destape cultural como nunca antes y Víctor Jara fue uno de los protagonistas. Hijo de inquilinos campesinos, conoció de la explotación y miseria en su infancia y juventud. Aprendió música por la intuición de su madre. Cuando ella falleció, viajó a Santiago a estudiar teatro. Como director teatral recibió premios de la crítica y la prensa por sus montajes e hizo giras por dos continentes.

Militante comunista, Jara defendió a la Unidad Popular con su guitarra, hizo canciones de protesta, pero sus obras mayores, aquellas más sencillas e imperecederas, son las que brotan desde la tierra y de la pobreza de las barriadas periféricas de Santiago, las fuentes de su saber. Víctor creía que «la mejor escuela para el canto es la vida», recuerda su viuda, Joan Turner, en Un canto trunco, las memorias de Jara. Nombrado embajador cultural por Allende, prefería compadrear en una peña popular a los cócteles de diplomáticos.

Durante el paro de octubre de 1972, con el que la oposición quiso poner de rodillas al Gobierno, junto con decenas de miles de personas, Jara salió a realizar trabajos voluntarios para impedir que la economía se detuviera. En la vorágine escribió Manifiesto, su testamento musical: «Yo no canto por cantar / ni por tener buena voz, / canto porque la guitarra / tiene sentido y razón».

El infierno está a un par de kilómetros, en el Estadio Chile, rebautizado en democracia como Estadio Víctor Jara. Ahí el cantautor queda tendido en el suelo. A un estudiante peruano que confunden con cubano le cortan una oreja con un cuchillo. A un profesor de ciencias sociales que llevaba pruebas recién corregidas de sus alumnos le piden las dos mejores notas, las entrega y lo obligan a que se coma las hojas. Los amenazan con barrerlos con «las sierras de Hitler», ametralladoras de gran calibre cuyas balas cortan los cuerpos. Un obrero grita: «¡Viva Allende!», y se arroja desde las graderías, muriendo desangrado. En el recinto caben apretadas 2,000 personas, pero hacinan a más de 5,000 prisioneros.

El Príncipe tiene visitas de oficiales y quiere exhibir a Jara. Un oficial de la Fuerza Aérea que está con un cigarrillo le pregunta a Jara si fuma. Con la cabeza, niega. «Ahora vas a fumar», advierte, y le arroja el cigarrillo. «¡Tómalo!», grita. Jara se estira tembloroso para recogerlo. «¡A ver si ahora vas a tocar la guitarra, comunista de mierda!», grita el oficial y pisotea las manos de Jara, relata Navia.

«Cuando llegaron más prisioneros y los soldados fueron a recibirlos, Víctor se quedó sin custodia. Entre varios lo arrastramos adonde estábamos y comenzamos a limpiar sus heridas. Llevaba casi dos días sin comida ni agua», dice Navia. Un detenido consigue que un soldado le regale un tesoro: un huevo crudo. Se lo dan a Jara. Con un fósforo, el cantautor perfora el huevo en ambos extremos y lo sorbe. «Nos dijo que así aprendió en su tierra a comer los huevos», recuerda.

victor-jara-01A Jara le vuelven las energías. «Mi corazón late como campana«, dice. Y habla, de Joan y sus hijas. Dos detenidos logran salir libres gracias a contactos. Varios escriben mensajes breves para que avisen a sus parientes de que están vivos. Víctor pide lápiz y papel. Navia le pasa una libreta pequeña de apuntes, que hoy conserva la Fundación Jara como pieza de museo. Escribe con dificultad sus últimos versos: «Canto que mal que sales / Cuando tengo que cantar espanto / Espanto como el que vivo / Espanto como el que muero».

Repentinamente, dos soldados lo toman y arrastran, y Jara alcanza a arrojar la libreta. Navia se queda con ella. Comienza una golpiza más brutal que las anteriores, a culatazos. Otros prisioneros lo verán con vida horas después. Un conscripto, José Paredes, confiesa 36 años después que jugaron a la ruleta rusa con Jara antes de acribillarlo en los subterráneos. Es el único procesado vivo en el caso. El otro, el jefe del recinto, el coronel Mario Manríquez, falleció. La primera autopsia, en 1973, revela 44 disparos. La nueva, en 2009, confirma que Jara murió por múltiples impactos. Pero Paredes se retracta de su confesión.

Al anochecer del sábado 15 de septiembre trasladan a los prisioneros del Estadio Chile al mayor recinto del país, el Estadio Nacional. «Al salir al foyer para irnos, vemos un espectáculo dantesco. Hay entre 30 y 40 cadáveres apilados, y dos de ellos están más cercanos. Todos están acribillados y tienen un aspecto fantasmagórico, cubiertos de polvo blanco, porque cerca estaban apilados unos sacos de cal para hacer reparaciones, que cubre sus rostros y seca la sangre. Reconozco a Víctor en primer lugar, y después al abogado y director de Prisiones Littré Quiroga», relata Navia.

A Jara le han quitado el chaquetón que otro prisionero le había pasado porque tenía frío. Esa noche, los soldados arrojan seis de estos cadáveres, Jara entre ellos, junto al Cementerio Metropolitano, en el acceso sur de Santiago. Una vecina reconoce al cantautor y avisa para que lo recojan. Cuando el cuerpo llega a la morgue, un trabajador de este servicio, que era comunista, también reconoce a Jara y avisa a su esposa Joan para que lo sepulte antes de que lo sepulten en una fosa común.

El cuerpo del cantautor está junto al de cientos de víctimas en un mesón de la morgue, al final de una fila de jóvenes. Sólo tres personas acompañan a Joan en el funeral semiclandestino que se celebró en el Cementerio General de Santiago, donde fue inhumado en un humilde nicho. Jara está en su cenit creativo, poco antes de cumplir 41 años, y quienes tronchan su vida no saben que lo están haciendo más universal, a él, pero también a ellos mismos.

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La vida es eterna en cinco minutos…’ VICTOR JARA ([2]

Después de más de 39 años del asesinato del cantautor chileno Víctor Jara, ocho exoficiales fueron responsabilizados por el crimen. En esta entrevista, su viuda Joan Turner reconoció el largo proceso que tiene por delante y que sintió “más que odio, asco” cuando vio por televisión los rostros de los inculpados.

Carolina Rojas N.

Está cansada. Para Joan Alison Turner, los últimos han sido días entre conferencias de prensa y estudios de televisión. Cada tanto, se frota la cara en un gesto para despertar y responde las preguntas de forma entrecortada, suspira y sus ojos se vuelven acuosos al recordar a Víctor Jara. El 28 de diciembre se enteró por la prensa de la orden de captura internacional del magistrado Miguel Vázquez para los ocho militares involucrados en el crimen de su compañero. Dos de ellos, Hugo Sánchez y Pedro Barrientos, imputados como los autores materiales de su asesinato y el ensañamiento a quemarropa (56 lesiones, 44 por disparos y el resto golpes contundentes en cuello y costillas) que Joan todavía trata de explicarse.

Recuerda que con la noticia se le apretó el corazón. No podía creer que después de casi cuatro décadas de espera al fin hubiera un avance real en el caso. “Fue un golpe fuerte, una sensación de incredulidad frente a lo que estaba pasando, pero lo hemos tomado con mucha cautela, porque han habido tantas pistas falsas respecto al asesinato de Víctor”, responde rodeada de libros en una oficina de la Fundación Víctor Jara. “Esta investigación ha sido muy seria, tenemos una esperanza, aunque sabemos que todavía queda mucho por hacer”, agrega y esboza una sonrisa.

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Víctor Jara con su esposa Joan Alison Turner

A Víctor Jara lo asesinaron el 16 de septiembre de 1973, cinco días después del golpe. Ese 11 de septiembre, 600 estudiantes y profesores se amotinaron en la Universidad Técnica del Estado (UTE) y al día siguiente llegaron los militares. A patadas, empujones y culatazos, los trabajadores fueron trasladados al estadio Chile. Entre ese grupo se encontraba el cantautor, entonces maestro de la escuela de Artes y Oficios de la casa de estudios. Los militares apartaron al «al prisionero Jara» luego vino la tortura, el horror, la historia que ya es conocida: el dedo índice de un oficial y la orden “¡A ese hijo de puta me lo traen para acá!” Los testigos vieron el rostro deformado de Jara producto de los golpes y el odio parido del militar apodado El príncipe. Joan se queda en silencio unos segundos y deja escapar una confidencia. “Siempre tuve la ilusión de que hubiera escapado en la noche, antes que los llevaran al estadio, pero habría sido imposible…”.

 -¿Cómo recuerda esa mañana del 11 de septiembre?

-Víctor partió como un día normal, hasta que supimos por la radio todo lo que estaba pasando… Hizo un llamado donde logró averiguar algo sobre el golpe. Nadie imaginó la brutalidad y lo que vendría en ese momento, uno pensaba que en Chile no pasaban esas cosas. Él sabía que estaba bajo amenaza, pero la CUT (Central Unitaria de Trabajadores) estaba llamando a presentarse en los lugares de trabajo, existía la esperanza de que una masa de personas pudiera resistir lo que estaba pasando. Víctor partió a la Universidad y me llamó cuando llegó, sabía que él estaba en peligro. Me pidió que no fuera a trabajar y que me quedara con mis hijas…Todo fue una sorpresa, pocas personas, ni los conspiradores del golpe, podían imaginar lo que venía con los militares.

-El ejército ha sido muy hermético para aportar información al caso…

-Amenazaron a los conscriptos para que no hablaran, pero a pesar de eso, hubo un conscripto que declaró y ahí se empezó a saber sobre los oficiales que estuvieron en el estadio ese día y sobre todo los que estaban abajo, en los camarines que fueron los que practicaban las torturas y las ejecuciones. El ejército nunca dio información que ayudara a encontrar una estructura de mando, otorgaban mucha información que no servía. Según el ejército nadie estuvo en el estadio Chile, ningún oficial, por eso los careos entre ellos serán importantes.

-¿Cómo se puede explicar el ensañamiento que hubo con Víctor Jara?

-Víctor fue un embajador de la Unidad Popular hacia afuera, una figura que cantaba directamente las aspiraciones de su pueblo, una persona que venía de estrato bajo y que no tenía pelos en la lengua para cantar sobre diferentes temas éticos y políticos. Vino la famosa canción “Preguntas por Puerto Montt” sobre la masacre en la ciudad, donde le cantó al Ministro del Interior de ese tiempo y pasó el incidente en el colegio Saint George donde fue apedreado por unos estudiantes en el que estaba uno de los hijos de Edmundo Pérez Zujovic (ministro del Interior durante la masacre de Puerto Mont, a quien Jara menciona en la canción). Víctor era una persona muy notoria dentro de quienes hacían música política, un referente cultural y fue objeto de mucho odio.

 El cuerpo de Víctor

Sobre el día que tuvo que reconocer el cuerpo de Jara, Joan se recuerda caminando entre cadáveres de hombres y mujeres jóvenes apilados en un pasillo largo que se le hizo infinito. Entonces no podía llorar, ni gritar, tenía instrucciones de no hacer ninguna demostración de tristeza. Hasta ahí llego gracias a Héctor Herrera,  enviado en comisión de servicio al Instituto Médico Legal y le contó que el cuerpo de Víctor Jara estaba en la morgue. Un acto de humanidad que jamás olvidó.

“Él logró tomarle las huellas digitales y volvió a su oficina y me encontró registrada como su familiar y estaba mi dirección, llegó hasta mi casa y me dijo que no tuviera miedo. Me acompañó hasta el Instituto Médico Legal donde entramos con su pase, aunque estaba totalmente prohibido”, recuerda. En el segundo piso, ya en la administración, vino otro largo pasillo. Joan reconoció a Víctor Jara que yacía con el pecho y las piernas descubiertas. “Vi su cuerpo, vi como estaba, no me pueden mentir”. Después hizo el papeleo para sacarlo. Joan lo enterró en silencio, lo más rápido posible. “Años después cuando exhumaron su cuerpo, tuve miedo de que no fuera él, que alguien lo hubiera cambiado de lugar, por suerte no fue así”, confiesa.

-¿Qué le sucedió cuando vio en la televisión el rostro de los imputados como autores materiales del asesinato?

-Fue terrible, muy impactante verlos como felices mintiendo y diciendo que no habían estado en el estadio. Sentí asco y desprecio por ellos. Nunca me han pedido perdón, yo no he vivido estos años con odio ni mucho menos, incluso me lo han preguntaron otras veces, y no tengo palabras para ellos. Más que odio, lo que siento es asco.

-Pedro Barrientos fue sindicado como la persona que le disparó en la cabeza a Víctor Jara. ¿Fue a la embajada norteamericana para informarse qué pasará con su extradición?

-Hay una esperanza, me dijeron que no tiene ninguna importancia que Pedro Barrientos tenga la nacionalidad norteamericana. La mala noticia es que es un trámite muy largo, primero tiene que pasar por la Corte Suprema de acá y luego en Estados Unidos. En este momento, Barrientos está en su casa con el teléfono descolgado, pero no puede cruzar la frontera por la orden de arresto internacional.

-¿Qué espera del gobierno chileno?

-No espero nada, no quiero que el gobierno hable oficialmente, ni que digan que quieren justicia, no quiero que tengan ese privilegio. Hay gente de este gobierno que estuvo en la conspiración del golpe, con Pinochet, no corresponde. “Justicia para Víctor Jara”, es una campaña para los ciudadanos. Víctor es del pueblo.

Victor_Jara_justicia foto CLAIMA20130107_0142_8-Y su música sigue tan vigente entre los jóvenes…

-Primero lo encuentro maravilloso, porque admiro a esta juventud que con tantas cosas que han pasado se organizan y luchan, no solamente por la educación sino por cambiar muchas otras cosas; por otra parte me da pena que muchos de los males que Víctor tocaba en sus canciones todavía existen. La música de Víctor está vigente porque aún están vigentes los mismos males. El otro día después de una entrevista en la televisión, me encontré con Giorgio Jackson (ex dirigente estudiantil) que me dio una abrazo enorme…Víctor estaría marchando con los estudiantes con sus ochenta años bien puestos, estoy segura.

[1]’La muerte lenta de Víctor Jara’ es un reportaje del suplemento ‘Domingo’ del 6 de diciembre de 2009 del diario El País, España.
[2] Entrevista publicada en el blog: http://comoempezandodenuevo.blogspot.mx/2013/01/la-vida-es-eterna-en-cinco-minutos.html
CUAUHTÉMOC RIVERA*Cuauhtémoc Rivera Godínez. Licenciado en Sociología con estudios en maestría (Facultad de Ciencia Políticas y Sociales de la UNAM). Director del Centro de Estudios de la Sociedad Mexicana “José María Rivera Álvarez”. Consultor en Desarrollo Político y Social. Analista político, escritor, cronista, fotógrafo y promotor cultural. Narrador oral y recolector de historias, cuentos y cosmovisiones. Director de IMAGINA, Compañía de Historias, Cuentos, Música y Canto.