Para qué marchar en las calles de la ciudad

La experiencia callejera de los maestros ha dejado una lección más en esta nueva etapa reformista de la vida de México. Las manifestaciones multitudinarias parecen demostrar la inutilidad de estos métodos para manifestar desacuerdos por parte de grupos políticos que no encuentran otra mejor forma para hacerse sentir, más que tomando calles. Esta afirmación no significa que se esté o no de acuerdo con el tipo de demanda o con el signo ideológico que la cobija.

Alfonso Bullé Goyri /A los Cuatro Vientos.

Como todos sabemos, la ciudad de México y especialmente el Paseo de la Reforma desde hace muchos años ha sido el lugar privilegiado para las manifestaciones de todo tipo de demandas ciudadanas. En los tiempos recientes, quizás una de la más conocida fue la de Andrés Manuel en el 2006 cuando sus seguidores instalaron un campamento que bloqueó por tres meses la arteria más importante de la ciudad, en protesta por lo que se consideró un gigantesco fraude. El efecto de esa acción fue completamente nulo. Transcurrió el gobierno de Felipe Calderón y el presidente legítimo visitó todo el país a un costo personal enorme y sin resultados visibles. Recientemente, la marcha de Cuauhtémoc y la convocada por el propio AMLO, cuyo objeto es expresar el desacuerdo de una fracción de la sociedad con relación a las reformas, fiscal y energética, que propone el gobierno de Peña Nieto, parecen correr la misma suerte. Las calles podrán estar saturadas de gente gritando consignas, insultando al presidente y volviendo a exhibir el rostro diabólico de Salinas de Gortari que nada, absolutamente, nada sucederá. Las Cámaras legislan y la lucha política se desenvuelve en otros ámbitos.

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Cuauhtémoc Cárdenas encabezó marcha mutitudinaria contra la reforma energética de EPN

       Manifestar en las calles desacuerdos parece ya no surtir efecto. Tampoco ya asusta a los gobiernos, local y/o federal, que decenas de miles salgan incluso con palos y piedras. Las autoridades policiales han aprendido a contener a las hordas de furibundos jóvenes que no se contentan con gritar consignas, sino que entran en acción para provocar una reacción de fuerza y con ello encontrar una magnífica justificación que intenta demostrar la intolerancia gubernamental. Los más sufridos y los que verdaderamente soportan con una resignación franciscana las manifestaciones dignificadoras son los habitantes de la gran capital, los trabajadores, los comerciantes y los usuarios de esas vías de comunicación bloqueadas y a los que ni gobierno del DF o el federal les reparan por su tiempo o por las pérdidas económicas que causan las expresiones políticamente correctas.

       El espacio público de las avenidas queda neutralizado con lo que el gobierno encuentra espacio para avanzar en su política reformadora. Que manifiesten miles, decenas, centenas de miles no es suficiente. La Representación Nacional en el Congreso de la Unión cuenta con el respaldo de poco más de 50 millones de votantes que eligieron, bien o mal, a quienes ahora votan las reformas. Este hecho sí es significativo pues modifica el statu quo y proporciona una configuración distinta al sistema de leyes vigentes. Si alguna parte de la izquierdas no creen en el peso real del poder legislativo, es cosa que carece de significación, porque de todos modos, sus representantes, dentro de las Cámaras, ejercen el voto.

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Más de un millón de ciudadanos se manifestaron en contra del desafuero de Andrés Manuel López Obrador y lograron evitarlo.

En las democracias representativas las mayorías son las que imponen sus criterios pero donde las minorías son escuchadas. No es el mejor sistema ni el plenamente justo, pero no se ha encontrado otro más funcional y operativo. Las marchas callejeras son expresiones válidas en un sistema de juego de pesos y contrapesos característico del sistema democrático. Sin embargo, éstas no son suficientes ni tampoco el más eficiente modo de hacerse escuchar.

Con los 30 mil maestros en las calles y los bloqueos en los recintos legislativos y en el aeropuerto internacional Benito Juárez no se impidió que se votara las tres leyes secundarias que norman la reforma al artículo 3º de la constitución. La aplicación de la ley será otro asunto con el que tendrán que lidiar las autoridades regionales, de modo que el sacrificio de esos miles de maestros fue innecesario, se lo pudieron haber ahorrado, pues de todos modos ellos quedarán bajo la potestad de una ley que los obliga a pasar por el tamiz de una evaluación periódica.

En estos días se inicia la batalla por las reformas fiscal y energética. Las calles es posible que continúen bloqueadas, que algunas carreteras se vean afectadas, pero la reforma de todos modos va. El contenido de éstas es fundamental y posiblemente decisivo para el futuro inmediato del país. En ese orden de ideas, los grupos opositores a las reformas propuestas por el gobierno no deben quemar sus naves en infiernitos. Es una falta de responsabilidad política e ideológica suponer que porque se sale a las calles y se vocifera en contra de tal o cual político, las reformas tomarán un determinado rumbo.

López Obrador ya debería aprender de su experiencia personal. Sus manifestaciones no han tenido resultados y la persistencia en ese método es un desatino. México necesita una izquierda articulada, propositiva y políticamente responsable que deje de alborotar en las calles. El tubo, las piedras, las mentadas o los discursos placeros carecen de fuerza suficiente para evitar que los grupos de interés dominante continúen acumulando poder, un poder que empobrece, un poder que no favorece el desarrollo sostenido del país, un poder disuasivo que abre enormes avenidas para unos cuantos y estrecha el camino para las mayorías. No es con gritos como podrá contener la postura retrógrada de algunos grupos que quieren mantener sus privilegios a costa de los demás.

No a la sordera

Hay que insistir que tampoco quienes no acuden a las calles a protestar son unos cínicos y reaccionarios. Sería otro error de esa izquierda callejera señalar a cualquiera que piensa distinto como un enemigo de la causa de MORENA o de AMLO. Suponer que sólo la marcha callejera es el camino para confrontar los problemas nacionales, es una percepción equívoca. Urge la deliberación, la reflexión, la conciliación. Se requiere de una postura analítica que permita la dilucidación ponderada de los grandes temas nacionales. La índole de las reformas que se avecinan es de suma importancia para dejarla en manos de los políticos, pues el futuro de la nación está en juego. Las recetas consabidas de venta de hidrocarburos o la privatización de la educación que ciertos líderes frecuentan no convienen porque lo único que logran es estigmatizar cualquier propuesta. Es difícil argumentar porque se requiere de un ejercicio intelectivo y de una capacidad de persuasión para grandes conglomerados social y políticamente poderosos que son los que le dan rumbo al país.

Que quede claro, no se descalifica la acción callejera por sí misma. Ésta ha servido poco. AMLO en el mitin sólo tiene las candilejas encima, pero nada más. Por eso la participación en su sentido amplio implica una acción más elaborada que convenza y que logre resultados tangibles. Puede la izquierda marchar hasta la eternidad pero tememos que con ello no alcanzará ni al Espíritu Absoluto ni a la sociedad sin clase.

alfonso-51*Alfonso Bulle Goyri. Escritor, editor y crítico de arte. Ha publicado en diversas revistas y periódicos nacionales. Actualmente trabaja en un libro de poemas.