Decadencia de los intelectuales

 Hoy llamamos intelectuales a quienes antiguamente se denominaban sabios, filósofos, doctos, eruditos, estudiosos, literatos o simplemente, escritores. A lo largo de la historia, el intelectual ha sido un transmisor y un difusor de ideas, alguien que explicando la realidad, ayuda a transformarla. Los intelectuales se distinguen de quienes detentan el poder económico, basado en la riqueza o el poder político, basado en la fuerza, porque ejercitan un poder específico basado en las ideas.

Isidro H. Cisneros/ A los Cuatro Vientos

Los intelectuales aparecieron como escritores con influencia en cuestiones políticas y en la opinión pública, por su capacidad para proponer soluciones a los problemas relevantes de las sociedades. Es incorrecto concebir a los intelectuales sólo como grandes pensadores, quienes por lo refinado de sus ideas no tienen un compromiso con la realidad. Por el contrario, decir la verdad y practicar la libertad han sido tradicionalmente sus banderas.

Sin embargo, en el momento actual, caracterizado por la ausencia de sistemas articulados de ideas que le den sentido a la acción política, nuestros intelectuales aparecen desconcertados e incapaces de brindar orientaciones sobre el futuro de nuestras sociedades. La crisis de los valores políticos que caracteriza a México, produce una gama de nuevos eventos frente a los cuales los intelectuales se encuentran bastante confundidos y perplejos, no logrando dar respuestas convincentes que ayuden a entender la situación en que vivimos. Pero esto no sólo es privativo de nuestro país. Asistimos, por decirlo así, a un “eclipse”, a un “declive”, a la “desaparición de la credibilidad” del intelectual, de alguien destinado -por talento y vocación- a educar a las personas en los principios más nobles.

ROMPECABEZAS Y PIEZAS COLOLORES

Al respecto, algunos de los mayores filósofos de nuestro tiempo, como Jürgen Habermas, consideran que la desaparición del intelectual es consecuencia directa del declive del pensamiento y de las utopías, de la soledad normativa de la democracia y de la crisis de las ideologías. Los intelectuales, sostiene, presentan una especie de cansancio en relación con las teorías generales frecuentemente desmentidas por la rapidez con que se desarrollan los eventos históricos. Los intelectuales son como los encantadores de serpientes que solo existen en la medida en que suenan públicamente la flauta. Si es verdad que el intelectual, a través de sus ideas, representa el garante de los valores universales como la libertad, la justicia o la igualdad, es también cierto que él encarna, más que cualquier otra categoría social y cultural, no sólo la conciencia de su tiempo sino también la ética del mundo.

Los verdaderos intelectuales representan, para decirlo en otras palabras, los custodios o los guardianes al interior de la sociedad de los valores más altos de la civilización. Al intelectual le ha sido asignada una importante tarea que fue durante siglos sólo prerrogativa de la Iglesia: interceder entre los ideales espirituales y temporales, entre el cielo vacío de sus divinidades, y la tierra hoy más que nunca, tomada por la barbarie y la intolerancia.

 La crítica de nuestra compleja realidad debe desarrollarse a través de un pensamiento abierto, plural y tolerante. Es aquí donde el trabajo intelectual manifiesta su «ética de la responsabilidad», en la medida en que desempeña una función orientada a propiciar la pluralidad de perspectivas, independientemente de los intereses de determinados grupos o corrientes. Es justamente en este sentido, que el espíritu crítico se contrapone al dogmatismo que concibe a la política como un espacio rígido e inmutable. La crítica de los intelectuales debe expresarse a través del diálogo y utilizar la razón para tratar de discernir acerca de los argumentos que favorecen o contradicen un determinado hecho, posición o juicio. En esta perspectiva, la tarea de los intelectuales debe ser justamente aquella de “sembrar dudas y no la de recoger certezas”.

ROMPECABEZAS UNIVERSO

El actual descrédito de los intelectuales se finca en su incapacidad, ya no digamos para iluminar sobre el futuro o para interpretar el pasado, sino ni siquiera, para explicar el presente. La figura del intelectual contemporáneo es una figura extenuada que está desapareciendo, lo que obviamente no significa -por fortuna- que los escritores y los artistas se estén extinguiendo, o que exista menos talento, o que se escriban menos libros.

El intelectual tradicional, de izquierda y derecha, se encuentra en crisis por sus manías de poder, por su servilismo ante la política, por su compromiso total con las posiciones de partido, y por su renuncia a la crítica y al “uso público de la razón”.

El intelectual mexicano debe reconstruir un discurso que le permita debatir sin dogmatismos, abriendo sus horizontes a las nuevas dimensiones de la convivencia humana. Hoy más que nunca necesitamos portadores de ideas que nos permitan entender la compleja realidad de nuestro tiempo. Usando una metáfora de Norberto Bobbio, podemos decir que los intelectuales deben ser independientes, pero no indiferentes, en relación con los actuales problemas que afectan la convivencia social y política en nuestro país

zorro*Isidro H. Cisneros. Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Florencia, Italia. Ex Presidente del Instituto Electoral del Distrito Federal  (isidroh.cisneros@gmail.com    Twitter: @isidrohcisneros) agitadoresdeideas.blogspot.mx