Obesidad y sobrepeso: Del 'gordito feliz' a la pandemia del siglo XXI

Por primera vez los obesos superan a los desnutridos; la AMA ha otorgado a la obesidad estatus de enfermedad. El sobrepeso se considera una puerta de entrada a la obesidad.

Raquel Serrano/ Sonia Moreno

La Asociación Médica Americana (AMA) acaba de otorgar a la obesidad la categoría de enfermedad. Aún es pronto para saber qué repercusiones tendrá esta decisión, pero al igual que vemos lejanos los tiempos bárbaros en que se fumaba en el cine, puede que las generaciones venideras se alarmen con el tamaño de refrescos y palomitas con que ahora vemos las películas.

Con su decisión, la mayor asociación de médicos de Estados Unidos se ha posicionado de forma que ya no es posible mirar a otro lado ante «una alteración compleja» o «un problema crónico preocupante».

Entre las voces discrepantes -menores en número, pero no en relevancia científica-, se esgrime que un índice de masa corporal (IMC) elevado no es en sí mismo una enfermedad. Así lo reflejaba el genetista Jeffrey Friedman, descubridor de la leptina,

Y en respuesta a la AMA, David L. Katz, director del Centro de Investigación en Prevención de la Universidad de Yale, recordaba en The Huffington Post que «algunas personas están sanas en prácticamente cualquier IMC» y que «nuestra capacidad para engordar es también parte de la fisiología normal».

En el fondo, la objeción a considerarla una enfermedad apunta a los riesgos de medicalizar una condición cuya respuesta está más fuera de la consulta que dentro.

Para los que la apoyan, esa medicalización supone el impulso definitivo hacia soluciones para una situación que se está yendo de las manos: las personas obesas superan por primera vez a las desnutridas, y crecen tanto en países ricos como en desfavorecidos.

En España, la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (Seedo) respalda la iniciativa estadounidense. Su presidente, Felipe F. Casanueva, expone que «no hay duda de que la obesidad es una enfermedad y los datos clínicos, experimentales y epidemiológicos han demostrado sin lugar a dudas que se asocia con un aumento de la morbilidad y mortalidad cardiovascular y cerebrovascular, con artrosis, dislipemia, hipertension arterial y es la causa número uno de aparición de diabetes mellitus tipo 2.

Últimamente, los datos que indican que la obesidad per se causa algunos tipos de cáncer son abundantes». Así lo ve también Basilio Moreno, jefe del Servicio de Endocrinología y Nutrición del Hospital Gregorio Marañón (Madrid), que argumenta su tesis en que «el 90 por ciento de las consultas hospitalarias que atienden los endocrinólogos se deben a enfermedad metabólica, directamente relacionada con la obesidad», y que es prima-hermana de otras patologías tan prevalentes, y de elevado coste social y económico, como la diabetes, la hipertensión o las cardiovaculares.

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Detener la epidemia

Casanueva considera además que «la caracterización de la obesidad como una real enfermedad no es una cuestión semántica o de medicalizacion de la normalidad, como gente sin formación puede opinar.

Transmite a la sociedad la realidad del problema, que no es estético o de falta de voluntad, sino una grave patología que no es culpa del paciente. Por otra parte, esa definición ayudará a convencer a los responsables políticos de la necesidad de detener esta epidemia».

Si bien la mayoría de especialistas consultados por DM coinciden en que es una enfermedad, menos tajantes se muestran con el sobrepeso, incluido también en la resolución de la AMA

Casanueva arguye que, siendo más difícil de relacionar, «no hay sobrepeso saludable, aunque como en otras enfermedades se dan también paradojas de la obesidad».

Para Franco Sánchez, director del Centro de Endocrinología, Diabetes y Nutrición, de Madrid, «pese a que no hay evidencia científica sobre la incidencia del sobrepeso en la esperanza de vida, sí se puede afirmar que supone una puerta de entrada hacia la obesidad y, por tanto, plantea una acción preventiva».

Sánchez recuerda que el estudio Framingham muestra en mujeres adultas que el aumento de peso incide de forma lineal en la reducción de la duración de la vida, al igual que el estudio Honolulú en pacientes varones con un infarto de miocardio. Sin embargo, en los estudios Nhanes no queda claro que el sobrepeso influya en la expectativa de vida.

En cuanto a los trabajos que indican lo contrario (el sobrepeso es favorable), uno de los más sonados, publicado por JAMA en enero (con Katherine M. Flegal de primera firmante), ha sido cuestionado por el especialista en nutrición Walter Willett, debido a su deficitaria base metodológica.

Como apunta Franco Sánchez, «el principal reto es que no hay un tratamiento eficaz y definitivo de la obesidad. La estrategia de las dietas hipocalóricas se ha mostrado fracasada tras muchos años.

A partir de programas previos desarrollados en Estados Unidos, el Programa Nacional de Prevención en Diabetes y el Look Ahead, hemos elaborado nuestro programa basado en tres horas de educación en grupo, en aula, dirigido por un endocrinólogo, con seguimiento posterior y análisis periódico de la composición corporal del paciente. Ese programa logra una pérdida progresiva de peso, mantenida a cuatro años: la máxima duración demostrada en programas terapéuticos».

La clave de esa estrategia es que la educación se realiza no de forma individual, sino familiar: al menos han de estar implicados dos miembros de la familia; el programa persigue modificar la forma de comer y adquirir el hábito de ejercicio: un cambio de estilo de vida. «Alimentación y ejercicio» es el mantra del tratamiento.

Francisco del Cañizo, jefe del Servicio de Endocrinología del Hospital Infanta Leonor (Vallecas), sintetiza que «el aumento de la obesidad y sobreso en los últimos años es en gran parte debido a los malos hábitos tanto en la edad infanto-juvenil como en la anciana, franjas en las que prácticamente no existía obesidad hace tiempo».

Del Cañizo también expone que en ocasiones hay que recurrir a fármacos -ninguno financiado por el sistema sanitario, recuerda Casanueva- y, en casos extremos, a la cirugía.

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Todos matizan, no obstante, que en la obesidad intervienen más elementos, aún no bien entendidos. A la genética y epigenética se suma el estrés, insomnio e incluso ciertas sustancias químicas y virus -se estudia la posible influencia del bisfenol A y del virus Ad-36-.

Por si fueran pocas variables, se añade a la ecuación cuestiones organizativas de la sociedad, el reparto de alimentos, las necesidades de las industrias de la alimentación, entre otras.

Todo ello es consistente con que sea tan difícil tratar la obesidad con éxito, pues, como indica Casanueva, «los profesionales sanitarios no tenemos la capacidad reguladora, legislativa e impositiva necesaria para que medidas sobre grandes poblaciones sean factibles».