Educación superior en la sociedad democrática

La educación en México muestra un panorama desolador. La situación es deplorable en el nivel de la educación básica, en donde los indicadores son preocupantes, como muestran los resultados del Concurso Nacional para el Otorgamiento de Plazas Docentes 2013-2014, según los cuales un número elevado de profesores se encuentra en la categoría de “no aceptable”, es decir, que su formación académica es tan deficiente que no están calificados para estar frente a un grupo de alumnos, y sin embargo, aún imparten clases.

Isidro H. Cisneros/ A los Cuatro Vientos

Pero lo mismo ocurre en la educación superior donde, a pesar de los enormes recursos asignados a este rubro, los esfuerzos para profesionalizar al personal académico y promover la necesaria diversificación de la oferta educativa, todavía se encuentran muy lejos de la excelencia académica. En este contexto, resulta urgente la diversificación de la oferta educativa, revisar la pertinencia de la educación superior y su vinculación con los sectores productivo y social. No menos importante es impulsar una educación integral, promover la difusión y la extensión de la cultura, así como abandonar nuestro tradicional provincialismo intelectual, volcando la educación superior hacia su internacionalización.

La situación es tan grave que el apoyo a la educación superior se encuentra claramente establecido en el compromiso 14 del Pacto por México, en el que se sostiene que “se asegurarán los recursos presupuestales necesarios para incrementar la calidad y garantizar la cobertura al 40% en educación superior para el 2018”. De cumplirse, estos compromisos adquiridos entre el gobierno y los principales partidos políticos de oposición, aún se requerirá esperar un lustro para garantizar este nivel educativo solamente a 4 de cada 10 jóvenes que podrían cursar estudios universitarios. Y ni qué decir de la eficacia del derecho humano a la educación, frente a los más de 200 mil estudiantes excluidos en los recientes procesos de admisión para la UNAM, UAM y el IPN.

Jesús Manuel Araiza al rendir protesta como director del CIDHEM

Por si algo faltara, a nivel local los problemas son aún más graves. Así ocurre con el Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos, concebido en 1994 por el desaparecido intelectual Ricardo Guerra Tejada, con el propósito de “fomentar y apoyar la investigación cultural, social y humanística de alto nivel y extender con la mayor amplitud posible los beneficios de la cultura”. Durante años, el CIDHEM fue un semillero de académicos y estudiosos de las ciencias sociales que expandió su influencia más allá de los límites del estado de Morelos, a él llegaban estudiantes y profesores de todo el país, incluido el Distrito Federal, en la búsqueda de nuevos conocimientos. Por sus aulas han desfilado importantes profesores de la talla del relator de la ONU Rodolfo Stavenhagen, la poetisa Elsa Cross, los filósofos Luis Tamayo y Gloria Villegas, los antropólogos Laura Bensasson y Antonio García de León, los historiadores Ricardo Pérez Montfort y Laura Baca Olamendi, la escritora Ethel Krauze y el politólogo Octavio Rodríguez Araujo, entre muchos otros. Todos ellos abanderados de la pluralidad y de la excelencia académica. Sin embargo, durante el pasado gobierno de Marco Adame, el CIDHEM se convirtió paulatinamente en un botín político. La designación en 2011 de Jesús Ariaza como su director solo sirvió para desmantelar la calidad académica de ese centro de investigaciones. Bajo su administración imperó el amiguismo y el compadrazgo, incorporando como profesores a personas sin los títulos o la experiencia adecuada. Mantuvo un litigio judicial contra el gobierno que se prolongó durante meses, arrastrando consigo a toda una institución. Una tradición muy difundida entre nuestros políticos es el reparto de cuotas. Para ellos, la acción política es otorgar y recibir favores. Es una expresión del clientelismo que corroe la vida de las instituciones.

La crisis llegó a tal grado que el gobernador Graco Ramírez propuso la creación del Colegio de Morelos, una nueva institución autónoma, moderna y apegada a los criterios de eficiencia y transparencia a los que debe someterse la propia comunidad científica.

Esperemos que el ejecutivo y el congreso local tengan la “nueva visión” de fortalecer este proyecto. Se estaría dando así, un impulso decidido al desarrollo del saber científico y humanístico, y de su difusión hacia una sociedad civil cada vez más ávida de conocimientos y con ciudadanos críticos e informados que comparten una cultura política participativa. México aún no tiene una educación de calidad, ni la matrícula universitaria que su desarrollo requerirá en el futuro inmediato, por lo que resulta de vital importancia, fomentar la innovación educativa y la renovación de las viejas prácticas académicas. Necesitamos conocer mejor las características, necesidades y expectativas de los estudiantes, profesores y trabajadores de las instituciones de educación superior, para instrumentar nuevos dispositivos de intervención profesional. Actualizar planes y programas de estudio son tareas urgentes. Las instituciones de educación superior deben vincularse con su entorno social. Por eso, como muy bien se dice, el CIDHEM no desaparece, sino que crece.

zorro*Isidro H. Cisneros. Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Florencia, Italia (isidroh.cisneros@gmail.com    Twitter: @isidrohcisneros) agitadoresdeideas.blogspot.mx