Desde su llegada

Vinieron y, en nombre de la libertad, soltaron a las fieras salvajes que devoraron a nuestros hijos.

Dolores Plaza/ A los Cuatro Vientos

En nombre de la belleza rompieron e incendiaron nuestros utensilios. En nombre de la paz nos cortaron las manos y nos extrajeron los dientes. En nombre de la fraternidad dinamitaron el muro que nos separaba de nuestros enemigos y nos dejaron a su merced. En nombre de la pureza nos cegaron y de la castidad nos castraron. En nombre de la justicia hicieron enloquecer de angustia a nuestros jóvenes, a nuestros ladrones, a nuestras mujeres. En nombre de la sabiduría nos inquietaron atropellándonos a preguntas. En nombre de la bondad nos ayudaron tanto que ahora somos inútiles. Diciendo luchar contra el hambre nos envenenaron. Diciendo procurarnos riqueza nos convirtieron en centro de la codicia ajena. Diciendo desarrollar nuestro cuerpo enanizaron nuestra mente. Queriendo medicinarnos nos contagiaron de miedo a la muerte. Queriendo educarnos nos confundieron. Queriendo darnos progreso, electricidad, agua limpia, aire puro, nos convirtieron en seres dependientes que se aterrorizan en la obscuridad, se infectan con el agua, y se ahogan al respirar con hondura. Nos construyeron casas y nos sacaron de nuestras cuevas y, desde entonces, ya no morimos de vejez sino de luz, de aire viciado, de frío, de calor, de obscuridad, de podredumbre o de una súbita, irresistible, irrefrenable debilidad que nos consume.