La hora de los perros

Catalina miró los ojos negros y desafiantes del par de perros que la acechaban desde hacía rato; no se habían movido de su sitio en tres horas. Tampoco ella. Los canes, porque tenían hambre y esperaban el momento indicado para atacarla; ella, porque no podía hacerlo sin sentir que el mundo se le venía encima.

Sally Ochoa/ A los Cuatro Vientos

Estaba recostada sobre la tierra, bajo un remolque viejo aprovechando la única sombra que se veía en los alrededores; el calor y el malestar generalizado que sentía a lo largo de su cuerpo endeble -que alcanzaba apenas un metro y cincuenta centímetros de estatura-, intentaban cerrarle los ojos, pero se resistía porque sabía que quedarse dormida significaría la muerte. Alrededor, todo, incluidos los rostros de los niños que jugaban en algún lugar, parecía cocerse bajo el implacable sol de mayo en el desierto.

Catalina pasó la mano por su frente sudorosa tratando de aliviar el horrible dolor de cabeza que padecía desde hacía varias semanas y que no le daba tregua en ningún momento igual que el hambre que le aguijoneaba los adentros como si quisiera devorarse a si misma. Las náuseas y los vómitos tampoco habían cedido a pesar de que su madre le dijo que solo serían unos días mientras su cuerpo de 15 años se acostumbraba al embarazo.

Debía tener razón porque, luego de diez hijos, su madre mejor que nadie sabía lo que eran los embarazos a destiempo, los abortos y los partos solitarios que le arrancaban gritos de dolor que surcaban los campos.

Así había nacido ella; así nacieron también sus hermanos, entre los surcos sembrados de cebolla amarilla que despedían un intenso aroma a plaguicida que se metía hasta lo más profundo de los pulmones de su madre y de todos aquellos hombres, mujeres, ancianos y niños que trabajaban desde la madrugada hasta que veían caer la tarde.

Quizá por eso algunos niños estaban enfermos desde siempre –pensaba Catalina en su mente de mixteca adolescente confinada a esa parte del mundo donde se carece de todo-; había quien tenía deformidades, otros enfermaban de pronto y morían y la mayoría tenía la piel dañada con granos y pústulas que simulaban volcanes en erupción.

Catalina no quería eso para su hijo, estaba segura pero no tenía la menor idea de cómo hacer para emigrar de aquel círculo vicioso de miseria y enfermedades en el que estaba inmersa gran parte de la gente de su pueblo. A esas alturas le parecía que ser indio era una maldición que algún conocedor de magia negra lanzó sobre su raza que parecía no tener derecho a un trozo de felicidad.

No. No quería que su hijo viviera con el estómago vacío, caminando descalzo, con la nariz escurriendo siempre y con el estertor de las lombrices en la panza. No quería verlo llorar porque las piedras le picaban la espalda mientras dormía sobre un cartón o porque sentía el frío arañándole el cuerpo, ni verlo padecer los escalofríos ocasionados por la fiebre y la gastroenteritis. No quería mirarlo, perdiendo la inocencia y las ilusiones, mientras sacaba cebollas o papas de entre la tierra para llenar una interminable hilera de costales, como le había pasado a ella y a todos los que conformaban el mundo de los jornaleros agrícolas.

Catalina creía que su hijo tenía derecho a vivir como aquellos otros niños que alguna vez, ella miró a lo lejos tras las rejas de una escuela. En su mirada y en sus risas había algo que Catalina no sabía cómo llamar porque no hablaba español, porque nunca fue a la escuela, porque su mundo era miserable y desconocía por completo que existía algo llamado “felicidad”.

El cansancio, el hambre, el mareo y el dolor de cabeza se conjugaron en un espasmo que le obligó a cerrar los ojos para poder creer en un mañana distinto. Muy cerca de ella, el par de perros hambrientos olfateaba ya el profundo sueño de su presa.

nahual perro

 

Sally Ochoa*Sally Ochoa. Licenciada en Filosofía y maestra en Periodismo (Facultad de Filosofía y Letras de la UACH). Su carrera de periodista la inició como reportera de tv en el 2001, actualmente trabaja en El Diario de Chihuahua en investigaciones especiales. Ha publicado dos libros de cuentos y forma parte de varias antologías de poemas.