Mis padres me sorprenden en Morelia

En el XIII Congreso del Partido Comunista Mexicano, en marzo de 1960, se decidió luchar por una nueva revolución pero sin decir a qué otra se refería. Lo importante de ese cambio fue la ruptura con la idea de la Revolución mexicana como algo estático, eterno. Como ya lo mencioné, en 1962-1963 ingresé a la Juventud Comunista, varios compañeros y yo fundamos el club Julián Grimau, mientras el Ejército Federal mexicano tomaba la Universidad Nicolaíta de Michoacán, cuyo rector era Elí de Gortari. Se trató de una acción represiva salvaje, inexplicable, con la muerte del estudiante Manuel Oropeza. Como respuesta a la intervención, la Juventud Comunista, junto con otras organizaciones, trotskistas, espartacos, miembros de la Liga Comunista Espartaco (LCR) y sin filiación partidista pero de auténtica representación estudiantil, organizamos la Primera Conferencia Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED) en Morelia, dos meses después de la ocupación militar. Participaron también varias federaciones estudiantiles estatales y la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM).

Joel Ortega Juárez*

La CNED fue en verdad representativa, no sólo hubo grupúsculos sino también organizaciones estudiantiles sólidas, como la mencionada Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, integrada por las sociedades de alumnos de las 29 Normales Rurales del país. Esta Federación fue creada durante el auge del cardenismo, su influencia en la juventud rural era incuestionable.

Previo a la primera CNED realizamos una ardua labor de organización, propaganda y agitación en todo el país para reunir recursos con la venta de bonos y la recolección de dinero por “boteo”.

Debíamos asegurar los pasajes, porque el alojamiento estaba garantizado en las casas de los estudiantes.

A la conferencia asistimos como delegados de la Prepa 2: Pablo Gómez, Carlos Reyes y yo. Viajamos juntos en autobús y notamos la presencia de algunos pasajeros con perfil policial. Supusimos que eran “orejas”, no dimos mayor atención a ello. Por sorpresa hace unos años comprobé la certeza de mis presunciones. A raíz de la apertura de los archivos de la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales (DGIPS), en el Archivo General de la Nación, encontré el primer registro de una ficha policial de mi actividad política. Este documento se refiere a mi participación en la CNED, de Morelia, pero es incomprensible el vínculo que establece con mis padres.

Así lo cuento: tenía 17 años cuando asistí a la Conferencia, mis padres se enteraron y viajaron a Morelia. Los 200 delegados realizábamos el encuentro en los patios de la Casa del Estudiante Isaac Arriaga. Los corredores del inmueble fueron nuestro foro, ahí se llevaron a cabo las sesiones, discusiones, debates y ahí también nos alojábamos y comíamos lo que había: tortas, grandes ollas de arroz, galletas de animalitos y bebíamos atole.

PCM
Marcha del PCM encabezada por Diego Rivera

Fue en mayo de 1963, aún conservo dos documentos importantes: la Declaración de Morelia y la ficha policíaca que pude conocer cuarenta años después. Este informe de los aparatos de seguridad del Estado era muy errático, afirmaba, entre otras cosas, que mis padres habían sido fundadores del Partido Comunista, ¡eso era ridículo! Por su edad, 40 y 44 años, ambos aún no nacían cuando el PCM fue fundado en 1919. Además de ese detalle inexacto, tampoco había coherencia cuanto al sentido político, ideológico y cultural, pues mis padres jamás fueron militantes de algún partido u organización política. Conocían mi militancia política y siempre me apoyaron, incluso su gesto valiente no lo valoré en el momento, más bien lo repudié,  porque lo pensé insoportable, ridículo y penoso: ¡buscarme en la CNED! Ese día estaba en una asamblea y me llamó un estudiante michoacano para decirme: “Ahí en la puerta te están esperando unos señores”, con apremio me dirigí hacia allá y me topé con ellos, no sé qué emoción me provocó, la vergüenza recorrió mi epidermis: “qué hacen ahí, no la amuelen, parece que soy un niño”, y en lugar de agradecerles su presencia los corrí con cajas destempladas. Después reflexioné, había sido risible.

Raúl Álvarez, el líder de la Juventud Comunista (JC) coordinó todas las sesiones y fue muy divertido porque nuestros adversarios, los espartacos, habían llevado a sus íconos, a sus líderes, pero se reunían de forma clandestina en un hotel al margen de la Conferencia y desde ahí recibían línea. Raúl fue muy intransigente con ellos y los trotskistas. La JC proponía la creación de una gran central de estudiantes democráticos; en cambio, estos grupos pretendían organizar sólo a los estudiantes “revolucionarios” para un movimiento de masas, subrayo al revolucionario, no al democrático. La propuesta comunista era la de una organización abierta sin afiliación política o partidista, como una asociación sindical o unión de estudiantes.

pablo gómezEn un momento dado, Raúl me preguntó quién era mi compañero de la prepa, le respondí: Pablo Gómez Álvarez.

Éste era como es hoy, muy protagónico, sin ningún rubor subía al presidium, intervenía, opinaba sobre todo, y eso cautivó a Raúl, quien me pidió invitarlo a tomar un refresco. Sin mayor preámbulo le propuso ingresar a la Juventud. Así cuento esa conversación:

“Raúl: Ya te diste cuenta quién maneja aquí todo. / Pablo: ¿Qué? / Raúl: No te hagas güey, quién maneja

aquí todo lo de la conferencia. / Pablo: No, no entiendo./ Raúl: Sí hombre, nosotros los de la Juventud. / Pablo: Ah,

sí, sí. / Raúl: Entonces qué, ¿le quieres entrar?” Así ingresó Pablo a la JC, con cierto estupor o asombro de mi parte, porque respetábamos un mecanismo establecido de selección, hacíamos diversas pruebas para corroborar la lealtad, comprobar la honestidad y la disposición para cumplir acuerdos, si había o no vínculos con el PRI, detectar si era “oreja”, pero aquí Raúl se saltó las trancas.

La idea central de la CNED era recuperar a las organizaciones estudiantiles controladas por las federaciones oficiales porriles, lograr la democratización mediante la elección directa de los dirigentes y alcanzar una reforma universitaria.

La cultura del Manifiesto de Córdoba, Argentina, de 1918, el famoso Manifiesto Liminar, fue nuestra mayor inspiración.

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El ideal era el de una universidad no gobernada por una burocracia, donde el rector y todas las autoridades fueran electas de forma democrática, con plena autonomía estudiantil y la lucha por una educación popular y científica. Memorable consigna: abrir la universidad a todo el pueblo. Por otro lado, con cierta reminiscencia liberal: la defensa de una educación laica, gratuita, popular y científica, ese fue nuestro eslogan.

En el caso de los estudiantes de provincia, estábamos por la defensa del sistema de prestaciones estudiantiles, como

los internados y el PRE, una suerte de beca para los estudiantes más pobres. En la UNAM y el Poli los comedores habían sido cerrados en 1956.

La CNED me permitió conocer a cuadros del movimiento estudiantil nacional, a Manuel Aguilar Mora, quien se convertiría en importante dirigente trotskista, y a su hermano David, poco tiempo después asesinado en Guatemala; a Walter Ortiz, dirigente de la JC en Ciencias Políticas de la UNAM, a Jesús Ochoa, dirigente comunista en Economía; a los compañeros de la FECSM. Rafael Aguilar Talamantes asistió con la doble representación de la Federación de Estudiantes de Baja California (FEEBC) y de la Federación Estudiantil Universitaria de Baja California (FEU). Las conclusiones de la Conferencia quedaron plasmadas en el documento titulado La declaración de Morelia, donde se reflejó la atmósfera eufórica, solidaria, que nos unió a los delegados estudiantiles.

Pasamos a divulgar y a formar comités de la CNED. Con Pablo viajé en innumerables ocasiones, tomábamos un camión o un tren de segunda para ir, por ejemplo, a Aguascalientes; al llegar a nuestro destino conectábamos a algún cuate de la FECSM con la propuesta de fundar un comité estudiantil, repartíamos volantes de salón en salón en la escuela o universidad correspondiente, citábamos a una asamblea y ahí constituíamos el comité promotor de la CNED. Viajábamos por la libre sin más que las monedas para el pasaje de ida, a veces sin presupuesto siquiera para una torta.

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La CNED llegó a ser una organización nacional, no sé si representativa de la totalidad de estudiantes, pero logró desplazar a líderes charrificados y porriles de las federaciones. Entre los estudiantes se reproducía el esquema de los aparatos de control del Estado. Los dirigentes estudiantiles eran impuestos y reconocidos por el gobierno y lo mismo los rectores, junto con un generoso apoyo económico a sus actividades. Se llevaban a cabo seudoelecciones de comités ejecutivos en las sociedades de alumnos sin escatimar trampas, fraudes, amenazas, madrazos, intimidaciones y chantajes, acorde con una conducta gubernamental represiva, según relaté cuando la ocupación militar de la Universidad Nicolaíta de Michoacán y la destitución de Elí de Gortari, el asesinato de estudiantes y el control de organizaciones como la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET) y la Federación Estudiantil de Guadalajara (FEG).

En esa época surgieron, en respuesta a la FEG, los Tecos un grupo fascista creado en la Universidad Autónoma de Guadalajara.

La FEG fue una organización corporativa, dizque con ideología socialista, pero en realidad actuó como brazo represivo contra de los estudiantes.

Raúl Álvarez Garín, líder del movimiento estudiantil en la década de los 60's
Raúl Álvarez Garín, líder del movimiento estudiantil en la década de los 60’s

En este contexto cabe reconocer a la CNED como simiente de la organización estudiantil construida a contrapelo del acoso porril, sin recursos, reprimida por el Estado, objeto de espionaje, con algunos de sus miembros vigilados y enfrentada a la incomprensión tanto de los grupos más radicales, casados con la idea de una organización cerrada, conspirativa, como de la burocracia de la JC, representada por Marcos Leonel Posadas, en contra de Raúl Álvarez, Walter Ortiz, Rafael Aguilar Talamantes, porque diferíamos en la forma de dirigirla; ese enfrentamiento entre los buros, burócratas, y los líderes de masas fue permanente en los partidos comunistas. Entre el aparato y los activistas del movimiento.

Regresamos de Morelia a organizar el movimiento, a extenderlo, porque uno de los acuerdos fue crear la Central Nacional de Estudiantes Democráticos, meta alcanzada en 1966, después de tres años. Precisamente el día que cayó el rector Ignacio Chávez. En ese tiempo organizamos un sinnúmero de conferencias regionales, conferencias preparatorias, ganamos elecciones en escuelas, defendimos nuestros logros a golpes.

En una de esas conferencias, realizada en Culiacán, Sinaloa, conocí a los hermanos Liberato, Lorenzo y Rito Terán, desde entonces entrañables amigos. Para darle una figura, esa labor fue como la de catequizar al revés, es decir, ir ganando uno por uno a los chavos, organizarlos, convencerlos, enseñarlos a resistir y a combatir. Éramos vendedores de “biblias”, sólo que con la “buena nueva” del socialismo.

Esta vida pendular entre la participación política en movimientos sociales y la participación en la forma de ser joven de esos años forjó una conducta peculiar en nuestra generación; tenía a la vez una admiración por Fidel Castro y por el cine rebelde estadunidense, por el rocanrol y el futbol americano; ahora estoy convencido: ¡eso fue una vacuna para no llegar a ser un comunista ortodoxo, prosoviético! Los rusos me parecían gente muy extraña, tenía mis reservas, no me gustaba una sociedad sin libertad de opinión, de organización y de creencias. Vivía atrapado en un conflicto interno entre los ideales que sí abrazaba y sigo abrazando, y la práctica que era horrible, y la esperanza de Fidel como líder de una revolución diferente, más cerca de mis valores liberales y juaristas. A ello agrego mi participación en los clubes de la Juventud Comunista, la pinta de bardas, la acción solidaria en huelgas, los recorridos por la geografía nacional para organizar la Central Nacional de Estudiantes Democráticos, el activismo en asambleas, hasta sacar agua de las piedras, sin ningún recurso. Inimaginable hubiera sido pensar en el insultante despilfarro de recursos del erario público por parte de los partidos políticos actuales.

 *Estos recuerdos sobre la Conferencia de Morelia de hace 50 años, son parte de mi libro «El Otro Camino. Cuarenta y cinco años de trinchera en trinchera».
Ortega Juarez JoelJoel Ortega Juárez nació en 1946 en la Ciudad de México. Egresado de la Facultad de Economía de la UNAM. Profesor de la misma de 1975 a 1988. Autor del último decenio de la era priista (IPN, 2000); coautor de Diálogos del 68 (UNAM);La caída de la hoz y el martillo (Edamex, 1994) y Asalto al cielo (Océano, 1998). Articulista en Excelsior (1989-1991), La Jornada (1991-1996), El País (1995- 1997), La Crónica (1998), Milenio Diario (2000 a la fecha). Actualmente es profesor de historia en el CCH-Sur, UNAM. Consejero Suplente del IFE (1996-2003). Militante de la Juventud Comunista (1963-1972). Miembro del Comité Central del PCM (1972-1981) y del PSUM (1981-1987). Fundador y dirigente del SPAUNAM y SUTUNAM. Activista y dirigente estudiantil en la década de los sesenta, en 1968 y en la manifestación del 10 de junio de 1971.