Era diferente

Desde que la conocí me pareció extraña. Sin embargo, me enamoré de ella tal vez por esa casualidad tan rara que es ser diferente.

Ignacio de la Miyar García/ El Cuento

Todo en ella era tan especial y mágico, que cada momento constituía una intensidad en sí mismo y me iba absorbiendo. Mi amor se acrecentaba aún sin estar con ella, el recuerdo era también creación.

Yo también empecé a cambiar desde entonces: era como si cada segundo fuese el primero de mi existencia, un nuevo nacimiento en un lugar diferente donde ella era lo único digno de escucharse, de contemplarse, y, sobre todo, de amarse.

El día que me invitó a su casa sentí una alegría indescriptible, aunque me sorprendió un poco que me citara a las once y media de la noche. Pero pasando por alto ese detalle me presenté puntual a la cita.

Esperé unos minutos después de tocar la aldaba de la puerta, y apareció ella más atractiva y enigmática que nunca. Me saludó amablemente y pasamos al interior de la casa; en la sala estaba reunida toda la familia. Sus padres y sus dos hermanos me saludaron y correspondí en la misma forma, y fue cuando me di cuenta que en nada se diferenciaban a ella; las mismas orejas alargadas, el mismo color mortecino, y, especialmente, esas extrañas cruces brillantes dentro de las pupilas.