La inconformidad se encona en México

No hace falta ser analista para percibir el clima de creciente conflictividad social que atraviesa nuestro país, con hechos de violencia cada vez más virulentos y en diferentes escenarios. Hay varias causas que explicarían este fenómeno, como pudieran ser la situación económica, las diferentes iniciativas de reforma o crisis de inseguridad, pero la importancia es detenerse a reflexionar en algunos síntomas o indicadores que permiten dimensionar con claridad los alcances y la gravedad de la esta situación.

Doctor Alvaro de Lachica B.* / Alianza Cívica / A los Cuatro Vientos

Desgraciadamente, este nivel de violencia no solo se observa en las protestas callejeras de las calles de Chilpancingo, Morelia o en las instalaciones de la UAM; cuantas veces hemos sido testigos de escenas que nos pasan por la tele, de zacapelas que se originan en partidos de futbol; resulta alarmante el creciente nivel de violencia en el ámbito de las porras bravas en los estadios de futbol, el deporte más popular de México. Estas organizaciones delictivas, que en la mayoría de los casos poseen estrechos vínculos con el poder político, cada vez más frecuentemente, resuelven sus diferencias de manera violenta.

En los últimos años, ha aumentado en forma notable la cantidad de marchas en vías públicas. Se trata a mi entender del termómetro más fiel del nivel de conflictividad social, dado el uso cada vez más generalizado de este método de protesta por todo tipo de actores sociales, a lo largo y a lo ancho del país. Al mismo tiempo, se extendió en los últimos meses el uso de otras formas de protesta, con fuerte incidencia en el espacio público, como toma de carreteras, casetas de peaje, secuestro de trailers, autobuses, tomas y vandalizaciòn de edificios gubernamentales.

Los paros de labores, en el caso del magisterio, se han convertido en un arma casi en automático, en el marco de las reformas educativas. En muchos casos, se anuncia el paro como forma de presión, inclusive, previa al inicio de cualquier negociación. Se ha ido deteriorando de manera progresiva la cultura del diálogo entre gobierno y otros actores sociales.

Lo novedoso, relativo a la conflictividad social, es que los sucesos callejeros, a plena luz del día, se están convirtiendo en una tenebrosa escena cotidiana. Las trifulcas se difunden de modo explícito en los medios masivos de comunicación, mientras nosotros, comenzamos a acostumbrarse a convivir con esta realidad. De hecho, no ha disminuido la afluencia de espectadores a las canchas de fútbol y tampoco se han adoptado medidas de fondo para revertir la situación.

Considero que en el pasado reciente, las expresiones de inconformidad popular, expresadas en protestas populares no-violentas, han ido cayendo en la incertidumbre de la eficacia de su acción, en la medida en que sus demandas no son atendidas por el Estado y que pocas veces logran avanzar en reformas parciales y coyunturales, sin trascender en transformaciones estructurales más duraderas, por lo que se busca radicalizar la protesta.

Este panorama ha colocado sobre la mesa, nuevas formas de hacer protestas, en los cuales, el empleo de recursos diversos por parte de diferentes actores para expresar sus necesidades y sus reivindicaciones no siempre son los mas legales y dejan de lado el diálogo y el consenso para caminar hacia la construcción de otros referentes sociales de hacer política y generar legitimidad.

Desafortunadamente, considero que estos son síntomas muy visibles de una sociedad que de manera peligrosa se está tornando cada vez más conflictiva y violenta. Esta situación ha afectado seriamente la paz social, pero también el normal funcionamiento del Estado. La alta conflictividad y la violencia contribuyen a aumentar en forma notable el riesgo político del país, factor decisivo para los proyectos de mejoría de todos nosotros. Esto podría indicar que como sociedad nos encaminamos a paso firme hacia un punto crítico… todavía estamos a tiempo de revertir este proceso.

* andale941@gmail.com