Cuentos e historias para la ternura: El enemigo, un cuento de José Revueltas

Ayer 14 de abril, se cumplieron 37años del fallecimiento de nuestro querido José Revueltas, uno de los más grandes mexicanos del siglo pasado. Escribió novela y cuento, ensayo político y  guiones de cine, pero sobre todo fue un revolucionario integro, creo que en el México del siglo XX, pocos como él.

Cuauhtémoc Rivera Godínez/ A los Cuatro Vientos

Comparto dos cuentos que encontré, todo parece indicar que son inéditos, escritos por el año de 1931, y fueron encontrados en el archivo de Juan de la Cabada resguardado por la Universidad Veracruzana desde 1990. Ustedes pueden localizar estos cuentos y más información en: http://www.revistas.unam.mx/index.php/rlm/article/view/28533

 El enemigo

 José Revueltas

 Frente a nuestro pelotón, el sargento González, (un buey) negro y fornido.

Al doblar las esquinas, su voz dura:

-Pelotón a la derecha… ¡marchen!

Damos una fuerte patada al iniciar la conversión. Al poco momento se oye la voz de mando de otro sargento que viene detrás, ante más hombres:

-… a la derecha, ¡marchen!

En seguida, la fuerte pisada que todos dan iguales.

Las voces de los sargentos se van sucediendo. Gradualmente se extinguen y no nos queda por enfrente otra cosa que el sargento González, robusto y bruto, y por sobre las cabezas el sol rojo, que irisa nuestras bayonetas.

No se sabe qué pasa. A nosotros no se nos ha dicho nada. Ayer se leyó en la orden que limpiáramos las armas. Hoy tomaremos tranquilamente los puntos estratégicos de la ciudad…

-Marquen el paso… -grita el sargento: parece que han tocado «aumentar en frente».

-¡Marchen!

El segundo pelotón por medio de una marcha oblicua se sitúa a nuestra izquierda.

-Sección, de frente… ¡marchen!

sold y campesinosNosotros aún no sabemos nada. El comandante se atusa el bigotito. El comandante ignoraba que los puntos estratégicos de la ciudad ya están tomados por individuos mugrientos, armados y vestidos de overol.

El cabo Ezquerro de nuestro pelotón no puede contener las ganas de decir algo. Nos guiña un ojo:

-¡O verán, y que nos fueran dando en la madre!

-¿Están contra el gobierno? –pregunta un soldado de primera.

En este instante tocan a línea de tiradores. Nos extendemos a derecha e izquierda. No cabemos en l0 ancho de la calle. Miramos desconfiados.

¿Dónde está el enemigo?

El comandante reflexiona. Tampoco sabe nada. Si estuviera en un monte, en el campo, seguramente podría dirigir el combate.

No se han dado órdenes precisas…»Fuego sobre patrullas». ¡Pero qué! Por las calles no hay nadie. Sólo él, su corneta de órdenes y el regimiento gris con bayonetas caladas. ¡Ah! Se le olvidaba: también está el sol rojo, incomprensible, incapaz de hacer nada.

De pronto una descarga de no se sabe qué lado. Nos replegamos a las paredes. Desesperadamente, a culatazos, rompemos las puertas de una casa y nos metemos. Desde ahí con todas nuestras fuerzas …¿A quién?

¿A dónde?

Todavía no se sabe nada.

El corneta de órdenes ha tocado fuego nutrido.

¡Viva el 150 Regimiento! ¡Cabrones!

De fuera nos vienen descargas aterradoras que rompen los cristales y escarapelan las paredes. Las familias nos miran asustadas. Ellas no saben nada:

¿Qué es 10 que pasa? ¿De dónde viene el fuego?

El comandante es autoritario. En la casa donde nos metimos algunos y él, hay una mujercita morena y lívida.

El comandante está nervioso y con pistola en mano pregunta sin comprender:

-¡Estas putas! ¿De dónde viene el fuego … ?

La morena no sabe qué contestar. Si lo supiera, ¡qué bien!

El comandante dispara sobre ella. Uno, dos…

No sabemos l0 que sucede.

Es algo extraño y terrible.

¿Quién es el enemigo?

mujer-dormida-npLa mujercita morena está tumbada sobre un petate todo roto. Un soldado pasa corriendo, no logra saltar sobre ella y le pisa los senos. De las heridas de los dos balazos brotan borbotones de sangre.

Pero ante todo, ¿quién es el enemigo?

El comandante se arranca los cabellos.

Ahora, a más de los disparos, oímos un ruido de motor en el aire.

Alguien, frenético, se asoma por la ventana y cae al otro lado, muerto de un balazo en la cabeza.

Nosotros estamos en cuclillas. Si nos paramos, nos cazan los contrarios.

A los lados de la ventana, hay soldados inmóviles que disparan una y otra vez sus armas.

El comandante pregunta. Hay que darle una respuesta de cualquier clase; si no, dispara.

Alguien dice que hay un aeroplano sobre nuestras cabezas.

-¿Será leal?

Todos dicen que el aeroplano es rebelde.

-¿Pero en realidad es aeroplano?

Nadie sabe nada; el que se asoma, se muere.

-¡Vamos a la azotea!

El sargento González, el cabo Ezquerro y alguno de tropa suben cautamente.

Asoman la cabeza. En las torres de las iglesias en las fábricas, en los balcones de las casas altas, hay obreros… ¡soldados!, parapetados.

Todas tiran hacia acá.

El comandante le tiende los gemelos al sargento Gonzá1ez:

-¿Puede ver de qué regimiento son esos… rajados?

Le interesa saber. Aún está nervioso, pero ya tiene noción de quién es el enemigo.

El sargento va a hablar. Pero cae de espaldas, herido por una bala.

Ya sobre tirado, el comandante le sigue interrogando.

El sargento Gonzáez con los dedos hace señas de que el 15° es el rebelde.

El comandante aprieta los puños:

-¿Qué chingados pasó? ¿Sólo nuestro primer pelotón está con el gobierno?

Las balas siguen haciendo saltar la cal de las paredes.

-¡Pendejos..!

El sol es rojo.

Quema.

Ya, compañero.

Centinela

 A doscientos pasos, la hondonada. A veinte pasos, la fila de cadáveres tendidos.

Solamente a cinco, la «lumbrada». Luego el centinela. A quinientos pasos, mil cosas incomprensibles. Un poco atrás del centinela, la avanzada que duerme.

Todo se concreta a eso, y a correrse la voz silbando en los casquillos: porque el enemigo está cerca.

El centinela contempla los vientres inflados y cubiertos de vello rizado.

En los rostros de los cadáveres, no ve otra cosa que el brillo de la hoguera.

Es preciso, sin embargo, correr la voz. Un silbido largo. Luego otro, otro, otro más hasta que se pierden por completo.

El centinela fuma. Atrás, los soldados duermen. Adelante los soldados están muertos. Más adelante aún, sólo la hondanada.

El cuerpo de guardia está un poco retirado. No por eso dejan de llegar hasta allá los silbidos de los centinelas. El que está aquí, de todas maneras, «echaría una cieguita» con mucho gusto.

Pero por otro lado es imposible dormir: ¡los cadáveres! A él, ¡qué diablos! no le asustan. Pero… siempre, ¡esas panzas que de un momento a otro van a estallar!, ¡esos rostros barbones y de ojos abiertos!

A cien, a doscientos pasos, la hondanada, la hoguera, luego su pierna que tiembla nerviosamente. ¿Por qué?¿Qué cosas!

Procura toser, y enciende un cigarrillo.

No hay nada.

Muchas estrellas en el cielo.

-¡Está muy fresca la noche!

Se repega a la hoguera.

De allá -el cabo de guardia- un silbido. El tiempo se alarga. Pero ¡en fin! sólo faltan dos silbidos más, definitivamente. La guardia es de una hora.

¡Los cadáveres!

Inopinadamente, una forma blanca, de entre la hondanada.

El centinela brinca. Ahora tiembla todo.

-¿Qui-qui-eeeen vive?

La forma blanca sigue caminando, sonambúlica. Tiesa, con pasos pequeñitos.

-¡Quién vive o se muere!

Toda igual. La forma avanza.

-T a …con. T a …con.

El centinela dispara.

Grita, brama como un loco. El bulto permanece firme. No se ha hecho blanco o no le hacen nada las balas.

-T a-con. T a-con.

La forma sigue de frente.

-Mi caaaaabo …

El cabo llega corriendo acompañado de dos soldados más.

-¿Qué diablos pasa?

Mira al centinela que sin fijarse sigue disparando a diestra y siniestra.

-Amarren a ese… va a mandarnos al demonio.

Vuelve el rostro a la hondanada. Un campesino blanco camina hacia él, inconsciente, ¿dormido?

-¿Qué?

El campesino llega hasta el cabo. Viene herido. Sus ojos giran desesperadamente como los de un caballo cornado.

-A… gu… a -alcanza a murmurar, y un chorro de sangre brota de su boca.

El cabo le tiende el ánfora.

-Habrá que Itlatar a éste -señala al campesino-, es gente de Zapata.

Lo palmea en el hombro.

-Acuéstate, hermanito, que al fin te tiene que llevar la…

Cuando el cabo volvió el rostro, el antiguo centinela se había vuelto loco.

(José Revueltas 1931)