Lágrimas azules

 Eran las diez de la noche cuando Alicia cerró tras de sí la puerta de la habitación número cinco de un hotel de paso y se pegó un tiro en el cuello, muy cerca de la yugular, con la pistola nueve milímetros de su padre. La bala le atravesó el cráneo y salió por la sien izquierda dejándole el temporal hecho trizas y los ojos desorbitados mirando hacia la esquina donde la muerte estaba sentada y se burlaba de ella.

Sally Ochoa/ A los Cuatro Vientos

Alicia la miró apenas porque sus párpados débiles se negaban a seguir abiertos después de que el destino le hizo explotar la cabeza. Sin embargo, el tiempo fue suficiente para reconocer sus ojos vacíos y los huesos cenizos de sus manos que se adivinaban entre los retazos de tul apolillado, desgranando las perlas negras de un collar que parecía no tener fin, porque giraba y giraba y las perlas jamás dejaban de caer. El vestido era de raso, con una cauda hecha trizas que se prolongaba hasta perderse en la oscuridad; sobre su pelo largo y canoso llevaba puesto un sombrero, forrado de satín y adornado con flores marchitas de begonia y alcatraz.

Quería explicarle lo que acaba de hacer, pero las palabras se ahogaban entre los borbotones de sangre que subían por su garganta impidiéndole la respiración.

Quería contarle como su alma se había ido haciendo pedazos poquito a poco desde que tenía memoria; que sentía su cuerpo sucio y cubierto por un pecado que no entendía pero que lo sentía vivo y le quemaba la piel como una llama constante que había tratado de apagar de muchas formas pero jamás lo logró.

No sabía si ella lo entendería, pero deseaba desesperadamente que por lo menos la escuchara. Ansiaba decirle como todas las tardes de viernes se iba al parque, a escuchar el sonido de las hojas de sauce mecidas por el viento y lloraba en silencio, por sí misma, por su amargura, por el sol que no le calentaba el alma y por su abuela, que yacía tendida en su cama de roble y no se levantaría más, excepto para irse a la tumba.

negroQuería hablar de su dolor, de sus lágrimas azules henchidas de ira y desencanto que al llegar al suelo se convertían en rocas. De cómo las tomaba y las lanzaba con fuerza al interior de la fuente de piedra, queriendo obtener con ello el milagro de un deseo concedido. Pero por más empeño que ponía en sus pensamientos, ninguno de ellos se hacía real, por el contrario se vislumbraba imposible; y entonces, la vida entera le era odiosa, como odioso era su cuerpo de adolescente por despertar en su padre aquel deseo malsano que le envenenaba las entrañas y la mantenía cautiva en una sucia habitación de hotel todos los viernes, desde que su memoria tenía fechas. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde la primera vez? ¿cinco años? ¿seis? No tenía un referente exacto. Su mente se tornaba caótica y el corazón desesperado amenazaba con salir del pecho cada vez que hurgaba en un pasado que no quería ser despertado.

Nadie supo nunca de su rostro frío, del dolor que le imposibilitaba las manos o de su bajo vientre de marioneta que temblaba mientras un pequeño hilo de sangre se escurría entre sus piernas cada vez que aquel hombre, que se decía su padre y a la vista de todos le mostraba afecto, se acercaba y la miraba con sus ojos negros de perro asesino y su aliento pútrido por el alcohol y las ansias.

No entendía porque su madre, o su hermana o su tía no la rescataban del laberinto aquel en el que estaba perdida. Solo la abuela lo intentó cuando lo supo, pero la discusión con su hijo le ocasionó la embolia que ahora la mantenía atada a una cama, como lastimoso objeto respirando un aire que ya no le correspondía.

La culpa por la enfermedad de su abuela se había sumado a todas las que de antes cargaba, y los instantes de su vida se enredaban con hilos de oscuridad que acabaron convertidos en horrible telaraña de dolor, desesperación e infinito deseo de morir.

La sensación dolorosa se fue y Alicia se sintió tan leve como una hoja de papel; se levantó del suelo donde había quedado tirada y caminó unos pasos. Luego miró atrás y encontró su cuerpo tendido de costado, con los brazos inertes en un abrazo inconcluso y el arma victimaria aun entre sus dedos. La cabeza tirada hacia atrás por el impacto, el rostro desfigurado de terror y la mirada fija en esa esquina donde la muerte la encontró; la yugular desecha, expulsando las últimas gotas de sangre que habían formado un círculo alrededor de su cabeza y con la paciencia del que no tiene prisa por terminar su tarea, iba cubriendo el mosaico blanco. El color amarillo del vacío se había adueñado de su piel y en sus uñas se adivinaba el frío púrpura que marca el fin de la existencia humana.

No pudo menos que sentir lástima por si misma, por la vida sin rumbo que le tocó vivir y por la muerte sin pena que se buscó. Pensó que era mejor así, que nada; morir por decisión propia y no por señalamiento ajeno como todo en su vida había sido.

Se dio la vuelta para “dejarse” atrás y encontrarse de frente con quien la esperaba desde hacía tiempo. Estaba ahora más cerca que nunca antes de ella y sentía el frío que aquellos huesos desprendían como una estela invasora que lo cubría todo lentamente. La muerte extendió sus brazos en silencioso llamado, y Alicia acudió y sin temor se entregó. La miró con calma y en los cabellos grises, los huesos viejos y las órbitas vacías, descubrió un rostro amable atrapado entre la niebla que divide el mundo terrenal y ese otro, ese que está más allá de la vista y del olfato, cuya suavidad o aspereza no puede sentirse ni respirarse su aroma o escucharse los latidos de su corazón.

Un intenso frío se apoderó de ella y por primera vez pudo arrancarse de la piel las llamas de la culpa.

Sally Ochoa**Sally Ochoa. Licenciada en Filosofía y maestra en Periodismo (Facultad de Filosofía y Letras de la UACH). Su carrera de periodista la inició como reportera de tv en el 2001, actualmente trabaja en El Diario de Chihuahua en investigaciones especiales. Ha publicado dos libros de cuentos y forma parte de varias antologías de poemas.