Un ménage à trois en Montreal…

El sol se escapa por mi ventana sin importarle el silencio de la nieve.  La primavera está presente y nadie la pela. Invierno sigue prendido en la ciudad y la gente enchamarrada. El vaho oscurece rostros y los perros y borrachos, con sus orines abundantes, amarillean la pasta dental de las banquetas. Montreal tiene el color de las monedas.

Everardo Monroy Caracas/ A los Cuatro Vientos

Para Olga Aragón

–¿Cómo se hace el ceviche? –Eve Langet sigue en el supermercado y tiene la red con diez limones enormes y amarillos.

–Busca el cilantro… Yo tengo las cebollas y dos chiles morrón…

–Nada de picante, ¿eh?

Río. La entiendo. En el canastón rojo cargo un kilo de carne de salmón, sin huesos y un paquete de galletas saladas. La botella de vino blanco proviene de los viñedos de Chile. Las botas me pesan y el gorro de lana me genera sudoraciones de mujer encinta. Tiempo maldito.

Es sábado y la ciudad se encuentra paralizada. Los viernes son de desmadre y la gente duerme a esa hora. No toda, claro. La otra parte, la que no labora en el gobierno, está obligada a trabajar con dolor de cabeza y dos aspirinas en el estómago.

–¿Que otra cosa necesitamos? –Eve está emocionada.

–Tres jitomates y eso es todo… Ya tenemos el perejil, las cebollas, los limones y el chile morrón…

Eve es de Quebec y trabaja en una tienda de ropa, Magasin las llaman en francés. Ella modela ropa interior y acepta invitaciones de los caballeros. Su abuelo fue de Madrid y habla un castellano masticado. Su andar me sorprende, casi vuela. Es alta y de piernas largas y delgadas, pero de caderas anchas.

–Me conmueves, porque pensé que solo los rusos comían carne cruda cocida con limón…

–No –le digo–, también en Acapulco, donde he trabajado en varias ocasiones, se come carne de pescado cocida con limón… le dicen ceviche… Hoy en la noche, lo pruebas…

Montreal huele a yerba podrida y el frío quema la piel y los sueños. Estoy cansado, porque el tiempo se mueve inmisericorde y nos trasiega el movimiento. Todo suena en francés, hasta las pisadas. Montreal es anti anglosajón y ha construido su propia cultura en rebeldía. Me conmueve. Los ingleses y estadounidenses ya no tienen la primacía lingüística y tampoco gobiernan. Son como los salmones. Nadan a contracorriente. Es algo que no he entendido con estos salmónidos que huyen de la mar salada y trepan por las aguas revueltas hasta  desovar en la cima. Una barrabasada de la naturaleza.

Eve tiene los ojos grandes y la nariz respingona, pellizcada.  Es de Gaspe, una ciudad marítima, de arena sucia y helada. Besa al golfo de Lawrence, en aguas del mar Atlántico y frente a la isla de Nuwfoundland. Ahí se comen, en cantidades abundantes, camarones, cangrejos y enormes langostas rosadas. Tierra de pescadores e iglesias.

–¿Sabes que el encargado de la tienda me pidió en matrimonio? –lo dice y me observa con detenimiento–. Es un hombre de fe… Divorciado y tiene cuatro hijos, pero todos son adultos y trabajan. Su ex esposa se volvió a casar y es feliz…

–Estás en tu derecho. Tienes treinta y siete años y eres una mujer hermosa, bien plantada…

Ambos mezclamos palabras en francés y castellano y nuestras pisadas van quedando en resguardo, sin que nadie las cuide o las mida. No hay marcha atrás. Nuestra amistad es sincera porque nos conocimos en la escuela de francés y no porque ella fuera una alumna. El encuentro fue casual y tuvo la culpa el resfriado de su mejor amiga, maestra del Centro de Educación para Adultos.

El trozo de salmón, ya en la cocina, terminó fragmentado. Con apoyo del cuchillo lo convertí en picadillo y en el culo de la olla, bajo una nata de limón. Durante tres o cuatro horas lo dejé bajo el fuego acido del cítrico. Después, como lo hice ipso facto, picaría las verduras y también las sumergiría en un lecho de jugo de limón.

Mientras aguardábamos el cocimiento, bebimos vino y oímos música de Joaquín Sabinas, el traidor de las causas justas mexicanas, y a Willie Lamothe, el cantautor quebequiano. Su canción J’ai donné mon amour, ma jeunesse (Yo le di mi amor, mi juventud) nos evocó, a nuestra manera, tiempos idos, entrañables. Finalmente éramos unos suicidas solitarios, presos de la necesidad y el morbo.

Ni ella, ni yo nos enteramos de lo que ocurría en México o en Quebec, menos en Canadá. En el mundo Facebook la información era parida en segundos, y se trataba de una realidad virtual inalcanzable. El asunto tomaba otro cariz porque el sol nos quemaba por dentro y aún no había decidido abandonar la habitación. Ni pensarlo. El salmón tenía que hacer su parte y reposar sobre un lecho salado, cuadrado y dúctil ante nuestras lenguas. La tasa seguía llenándose de vino al igual que el cerebro.  El canturreo suplió la reflexión y el frio.

El asunto se trastocó en tragedia porque una de las ventanas, precisamente la de mi recámara, quedó abierta. Craso error. En ese instante mísero y estúpido, por un olvido involuntario, el sol optó por fugarse y el espacio propio de Vulcano valió madres. Terminé dormido y con el reproductor de Cidis a todo lo que da… Eve, Joaquín y Willie seguramente hicieron un ménage à trois… cabrones…y el pinche salmón, en verdad, prefirió irse al infierno que al estómago… desapareció del refrigerador…

everardo-monroy*Everardo Monroy Caracas.Periodista y escritor mexicano, originario de Huayacocotla, Veracruz. Fundador del periódico Uno mas uno. Ha sido reportero en Diario de Chihuahua y Diario de Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder,El Difícil camino del poder, Tepoztlán: Cuadrónomo extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto día del séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al gobernador, Fusilados y El Chacal de Pie IX. Actualmente radica en Canadá.