Diario de un ensenadense en Chilangolandia. Aventura fuera del valle: Heroica Puebla de Zaragoza

Llego un poco antes de las 10 de la mañana a la TAPO y me acerco a la taquilla de esa línea de autobuses que Alex Lora inmortalizó en una canción. Consigo un boleto para las 10:20 y paso a la sala de espera. Anuncian mi salida y me subo al camión, lleno de expectativa.

Uriel Luviano/ A los Cuatro Vientos

Tardo un rato en salir de la ciudad, pero la vista de los volcanes y la hermosa carretera lo valen. Veo el letrero que me dice que estoy saliendo del Estado de México y mi entusiasmo se desborda. Poco a poco se hacen más densas las casas y vamos pasando poblados cada vez más grandes. Paso una planta de carros de una empresa alemana y siento estar cada vez más cerca de mi destino. Por fin, el camión entra a la CAPU y me retuerzo de emoción en mi asiento. Me bajo y busco la salida. La encuentro y me preparo para el remolino de sensaciones que se avecina.

puebla buenaMi primera parada es el Barrio de El Alto, donde me maravillo ante el estilo de las casas, el espíritu de las calles, el alma de las banquetas. Camino un poco más y llego a la iglesia de San Francisco. Su hermosa fachada me congela por unos segundos y pienso en los siglos de historia que tiene, en la fundación de Puebla y en sus inicios como ciudad.

Sigo a través del jardín y atravieso bellísimos andadores bordeados por jardineras y esculturas.

Subo y bajo escaleras de piedras, admiro viejas paredes y me dejo envolver por la sombra de un ficus imponente. Salgo por una plaza que se insertó hábilmente en los bellos edificios coloniales. Esto es prueba de que es posible fundir lo moderno con lo histórico en una ciudad tan bella sin hacerla perder su esencia, cosa que el gobernador parece no saber, pues le pareció completamente razonable demoler una casona en pleno centro para construir una de las torres de su teleférico.

CASAS PUEBLA2Llego al Boulevard Héroes del 5 de Mayo y viajo en el tiempo a los años en los que por ahí corría un imponente río. Atravieso el cauce, que otrora llevaba agua, pero hoy transporta carros, y me interno en el centro, donde recorro hermosas calles de trazo impecable.

 

Paso por una gran cantidad de edificios bellísimos, callejones encantadores y andadores coquetones. Le doy una vuelta al zócalo y me regocijo en el manto de sus imponentes jacarandas en flor. De ahí me sigo a la catedral y me sumerjo en sus sombrías naves y sus altares, en donde el tiempo pareciera no haber pasado.

Salgo de la catedral y vuelvo a pasar por la plaza magna de Puebla, donde me topo al “pelón del zócalo”, pintoresco personaje que se pasea en poca ropa y descalzo, recitando su poesía y abrazando a los turistas y locales por igual. De ahí, me dirijo al Barrio del Artista, donde se puede encontrar una gran variedad de artistas, desde escritores hasta músicos, desde escultores hasta pintores. Me siento en un café y me tomo un café Frida, interesante creación del lugar, que consiste en café americano con Controy y Kalúha. Disfruto mi bebida y me retiro, pues empieza a anochecer y quiero hacer muchas cosas todavía.

alfeñiqueBusco un lugar donde comprar dulces típicos y en mi deambular me topo con la casa del alfeñique, hermoso edificio que se ganó el nombre por parecerse al dulce homónimo. Resisto la tentación de darle una mordida a la fachada y sigo mi búsqueda de delicias azucaradas endémicas de la ciudad. Por fin las encuentro y doy rienda suelta a mis bajas pasiones glucófilas; muéganos, mazapanes, tortitas, jamoncillos, cocadas y los tradicionales e inigualables camotes.

Salgo cargado de joyas gastronómicas y en mi camino de regreso me vuelvo a detener en el 5 de mayo para admirar la fachada del atrio del Tempo de San Francisco, que de noche, con la luna llena, se ve majestuosa.

A mi espalda el torrente de carros continúa, impasible y yo me dirijo a mi lugar de reposo, pues mañana me esperan aún más aventuras.

SAN FRANCISCO LUNA

* * *

Vuelve a amanecer en Puebla y yo me dirijo al centro para terminar de intentar comprender esta bella ciudad.

Al deambular por el cuadrante sur-oriente del centro, me topo con el museo Amparo.

En cuanto me entero que el Altar de Dolores y la terraza son de admisión libre, pido mi cortesía y paso, lleno de entusiasmo.

El Altar de Dolores es un interesante sincretismo de elementos virreinales mexicanos y decoraciones un poco más contemporáneas

altar de doloresMe quedo un rato descubriendo sus muchos elementos y decido continuar a la terraza. Aquí me maravillo ante la fusión de lo antiguo con lo contemporáneo, pues todo el museo sigue esas líneas; las salas y la fachada son coloniales, pero el interior tiene pisos de vidrio y un cubo de escaleras transparente y muy moderno.

cupulasDesde el mirador de la terraza admiro la ensalada de cúpulas y azoteas que me ofrece Puebla.

Sigo mi trayecto hacia el primer cuadro, con la intención de conocer la capilla de Santo Domingo pero está cerrada y me resigno a tomarle fotos por fuera. Como premio de consolación entro al templo de San Francisco a ver los restos del beato Santiago Aparicio, los cuales se encuentran sorprendentemente incorruptos para tener casi 500 años.

Caigo en cuenta de que hace hambre y me digo a mí mismo “mí mismo, no te puedes ir de Puebla sin comer cemitas.” Así que camino hacia el mercado del Carmen, donde fuentes muy confiables me dijeron que hacían las mejores cemitas de Puebla, y por extensión, del mundo.

mercado-del-carmen-pueblaDespués de toda una aventura urbana para llegar al dichoso lugar, me congelo ante la fila de más de cincuenta personas que esperan, ansiosas, su suculenta cemita.

Me resigno a la espera y me formo. Para mi sorpresa y fortuna, la fila avanza endiabladamente rápido y me doy cuenta enseguida de porqué; una línea de producción se encarga de esculpir tradicionales tortas poblanas sin quitarle lo romántico al asunto. Primero, alguien separa los panes, intrigante mezcla entre pajarito y virgina, y otro integrante del equipo les unta una generosa cantidad de aguacate. Luego, expertas manos depositan dos contundentes pedazos de milanesa recién hecha. Para terminar, alguien recoge los papelitos que te dan en la caja cuando pagas, y le pone los últimos condimentos, chipotles, rajas y cebolla en escabeche.

puebla13Con mi titánica cemita en una mano, y una deliciosa agua de horchata en la otra, busco un lugar tranquilo donde entablar una seria conversación con ambas. Afortunadamente, me topo con un bellísimo parque tapizado de jacarandas en flor, dotado de unas cómodas bancas, donde me doy el atracón de mi vida. Ya con el estómago repleto, me doy cuenta de que el parque está dedicado a un escritor poblano de la primera mitad del Siglo XX que escribió bajo el nombre de Tamiro Miceno.

Después de retozar un rato en la luz lila de las “Flores que lloran”, como las llama en un poema este poeta, me sigo moviendo, pues quiero llegar a los fuertes con tiempo de llegar a la CAPU de regreso y no perder mi camión.

puebla16Doy con la ruta que pasa por los fuertes y me subo lleno de emoción por ver el escenario de una de las pocas batallas gloriosas que hemos tenido los mexicanos.

Me bajo a un lado de un impresionante monumento hecho en honor a los héroes de la batalla del cinco de mayo; un estanque de 30 metros de diámetro con columnas inclinadas y esculturas en bronce de guerreros, cañones e Ignacio Zaragoza en su corcel. Subo por el camino que lleva a los fuertes y paso a un lado de una gran pirámide blanca, la cual –me dicen después– es el planetario. Por fin llego al fuerte de Loreto, pero está cerrado y me tengo que conformar con verlo por afuera y disfrutar de la vista de toda la ciudad y sus alrededores, donde se cuela un brumoso Popocatépetl. Me imagino a dos ejércitos encontrándose, furiosos, en las laderas de esta colina, que otrora estaba privada de casas. Miro el reloj y me doy cuenta de que tengo el tiempo justo para llegar a la terminal, así que me prometo venir de nuevo para ver el fuerte de Guadalupe y corro de nuevo a la calle.

Llego a la CAPU y busco el andén de mi salida. Lo encuentro y después de unos minutos anuncian mi autobús y me subo, hallo mi lugar y me siento, bastante cansado. El camión sale poco a poco de la ciudad y me voy pensando en que dos días en una de las ciudades más bellas del país difícilmente son suficientes para verlo todo, y que, por consiguiente, tendré que volver. Pero eso, queridos lectores, será en otra crónica.

 *Con agradecimiento a Nisa Cuevas y a Rosa Lechuga por guiarme en la bella ciudad de Puebla.
*Fotografías de Uriel Luviano
URIEL LUVIANO*Uriel Adrián Luviano Valenzuela. Estudiante de Física y miembro de Pluma Joven A.C.