Cuentos e historias para la ternura: Yemayá sirena

Este día comparto una historia de Yemayá ahora en forma  de sirena. La autora es Teresa Cárdenas, cubana, escritora, bailarina, actriz y trabajadora social. El cuento lo he tomado del libro “Vestida de mar y otros cantos de sirena”, de Ediciones Unión. La Habana, Cuba.

Cuauhtémoc Rivera Godínez/ A los Cuatro Vientos

Este sábado 30 de marzo, sábado de Gloria, es la presentación de cuentos afrocubanos en la Casa de la Cultura Jesús  Reyes Heroles de Coyoacán. Por allá los esperamos.

Yemayá sirena

Teresa Cárdenas Angulo.*

Para la madre de los Peces, mi iyare

A mercedes García, hija de Yemayá

Yemayáco Awoyo siaguaooo

Olo soké lodo

Eoooo Olokun

Yyabbá tebaguao oka meme irawó …

Hace  muchísimo tiempo, cuando desde las costas de África partió el primer barco cargado de esclavo, Yemayá Ayaba Ti Gbé Ibu Omi, la diosa yoruba de los peces y las aguas salobres, se zambulló en la inmensidad del océano convertida en una enorme sirena añil y siguió la estela de espuma a través del océano.

sirena yemayaEn la bodega húmeda e irrespirable del navío, amontonados unos sobre otros, encadenados, llorando por su suerte, iban los hijos de las selvas y las llanuras, los cazadores de antílopes, los guerreros magníficos, los hechiceros y las nodrizas, los muchachos que jugaban al pie de las montañas, los herederos de reinos ancestrales…

Afuera, sumergida en las aguas, Yemayá escuchaba los lamentos y las suplicas, y sentía que su duro corazón  de caracol, su corazón de madre de dioses y hombres, se desgarraba en mil pedazos.

Inconmovible a tanto dolor, navegaba el barco en una travesía que parecía interminable. Surcaba tenazmente las indomables aguas, avanzando a favor o en contra de los vientos marinos, guiados por las constelaciones y las brújulas, atravesando tempestades y días de sol feroz.

esclavos en barco dosUna mañana, temiendo que luego de tanto encierro, los prisioneros murieran sin llegar a sus destino, los dueños del barco decidieron llevarlos a la superficie, para que tomaran el aire puro.

Cuando los esclavos subieron a la proa, los encegueció el  brillo del día y lo blanco de la espuma que golpeaba los lados de la embarcación. Sus rostros estaban demacrados y sus cuerpos completamente desnudos y húmedos. Tenían hambre, sed, frío, miedo. El vaivén de las olas los mantenía en un vértigo constante. Vomitaban unos sobre otros, y sus ojos, inútilmente, buscaban la mancha aliviadora de la tierra en el horizonte. Pero no había más que agua, agua por todas partes, agua traslúcida y violenta, sombras azules y verdes que envolvían el barco, rocío blanco estallando en los maderos y humedeciéndoles las cabezas. ¿Adonde  los llevaban? ¿Qué harían con ellos? ¿Quiénes eran aquellos hombres con caras paliduchas que los trataban como animales y los mantenían cautivos? ¿Qué había sido de todo lo que conocían? ¿Estarían lejos  de sus pueblos? ¿Y sus padres, sus hermanos, sus hijos? ¿Qué sería de ellos? ¿Cuándo podrían volver a verlos?

Todos se miraban, con susto en los ojos. Aún sin conocerse, sin entender bien sus palabras, se apretaban entre sí, buscando refugio y algo de consuelo. El barco y el temor habían hermanado a niños y a mujeres adultas, a hombres fuertes y jovencitas. A sanos y enfermos, a los que tenían el color de la tierra húmeda  y a los que parecían arena de las planicies. A los altos y a los pequeños, a los buenos, a los malos. Ahora eran iguales. Todos esclavos. Todos navegando en aquel navío de muerte y odio, queriendo morir a cada instante, y a la vez, temiendo hacerlo.

No había dudas que la muerte estaba entre ellos. Podían verla, sentada en la proa, o en lo alto del mástil.

La noche anterior una jovencita había muerto golpeada por los aparejos que se acumulaban en un rincón, y hacía dos días un hombre larguirucho había expirado en una nube de náuseas y excrementos.

Pero nada les afectó tanto como la muerte de los niños. Casi todos habían muerto desde la partida.

Y ahora ellos, rodeados de aquel sol salitroso y de aquellas nubes que se mezclaban con el agua, pensaban en los muertos y lamentaban su suerte y lo incierto de su futuro.

De repente, uno de ellos, fuera de sí, le suplicó a las aguas arremolinadas, a las aguas donde, según le contaron desde pequeño, vivía Yemayá Sirena, la vieja diosa del mar.

-¡ Iyamí sa ori ere egba mío! ¡Madre poderosa, sálvanos! Y los demás, invadidos por un súbito arrebato, se unieron a su lamento.

-¡Iyami, okún aró, sálvanos! – pedían una y otra vez.

yemaya-1-1Y entonces, Yemayá, la sirena añil, emergió desde las profundidades remotas y asomó su rostro negrísimo e inescrutable. Sobre su cabeza, la corona de corales eternos brillaba aún más que el sol y el fuego, y sus ojos de cauris, serenos y tempestuosos a la vez, observaron largamente a quienes suplicaban su protección.

-¡Gauli, omemi! ¡Agualena ilé okún! – les dijo la diosa azul y extendió hacia ellos sus brazos mágicamente múltiples.

Sin pensarlo ni un instante, los esclavos se lanzaron uno tras otro a las aguas.

Abajo, añil y amorosa, los esperaba Yemayá Ayabá Ti Gbé Ibú Omí, la poderosa sirena de las profundidades.

A cada un de ellos que caía al agua, lo envolvía en un cálido abrazo índigo y los esclavos, extrañamente, no morían ahogados en los tempestuosos remolinos, sino que salían  de entre las olas como ágiles delfines, bellas sirenas, y tritones, peces, espadas, pulpos, estrellas y caballitos de mar y se alejaban, hermosamente libres, aguas adentro, hacia las profundidades del océano.

En la proa, solo y temblorosos, aferrados a sus armas y crucifijos, quedaron los dueños del barco, sin saber a ciencia cierta lo que había sucedido.

Dicen que la poderosa reina de los mares no volvió a mostrarse ante los ojos humanos, nunca más regresó al sol y al aire, ni aún cuando otros barcos continuaron cargando hombres y mujeres para convertirlos en esclavos en el Nuevo Mundo.

Según cuentan, prefirió esconderse en lo profundo, lejos de tanta maldad y sufrimiento.

No obstante, en ciertas noches de luna en cuarto creciente, cuando el mar se encrespa con agitación, algunos juran ver surgir de las aguas una multitud de delfines, peces gigantescos, pulpos, tritones y caballitos de mar, escoltados muy de cerca por Yemayá Ayabá Ti Gbé Ibú Omí. La formidable sirena yoruba de escamas intensamente azules.

*Teresa Cárdenas Angulo
(Matanzas, Cuba, 1970)
teresa cárdenasNarradora, guionista de televisión, actriz, bailarina y trabajadora social. Ha obtenido varios premios entre los que sobresale el Premio Casa de las Américas que obtuviera en 2005 con su novela para jóvenes Perro viejo, la cual ganó también el Premio de la Crítica a uno de los mejores libros publicados ese año en Cuba. De igual forma, mereció este último premio en 1997 con la novela Cartas al cielo, con el que obtuvo, además, el Premio David, y ha recibido diversos reconocimientos en los más importantes certámenes nacionales dedicados a la literatura para niños y jóvenes. Es autora, además, de los libros Cuentos de Macucupé (Premio La Edad de Oro), Tatanene Cimarrón (2006), Cuentos de Olofi (Premio del Concurso Hermanos Loynaz) y Pedrito y el bebé (2007). Su obra ha sido traducida al inglés y al coreano.

 

CUAUHTÉMOC-RIVERA9*Cuauhtémoc Rivera Godinez. Licenciado en Sociología con estudios en maestría (Facultad de Ciencia Políticas y Sociales de la UNAM). Director del Centro de Estudios de la sociedad mexicana “José María Rivera Álvarez”. Consultor en Desarrollo Político y Social. Analista político, escritor, cronista, fotógrafo y promotor cultural. Narrador Oral y recolector de historias, cuentos y cosmovisiones. Director de IMAGINA, Compañía de Historias, Cuentos, Música y Canto. México – Cuba