Diario de un ensenadense en Chilangolandia. Espiral gastronómica: antigüedades, quesadillas y pan en cama de jacarandas

El primer cuadro de la ciudad ya hormiguea con actividad bastante y ni siquiera han dado las 11 am. Camino sobre República de Brasil hacia el norte, buscando llegar al tianguis de la Lagunilla. Paso por la plaza de Santo Domingo y me ofrecen un “IFE, güero”. También hay gente que vende facturas y recibos. Sigo a través del centro y presencio la increíble transformación que se da en las diez cuadras que separan al Zócalo de la Lagunilla.

Uriel Luviano/ A los Cuatro Vientos

Topo con eje 1 norte, y me asalta un ejército de lonas rosas, puestos, carretas, vendedores y compradores. Jicaletas, pan, atole, garnachas, ropa, juguetes, todo, todo se reúne aquí. Avanzo unas cuantas cuadras hacia Reforma, buscando unos pulques maravillosos. Por fin doy con ellos y disfruto de un delicioso curado de guayaba. Sigo con rumbo oeste y cruzo Reforma y eje central.

Curado de guayaba
Curado de guayaba

Camino unas cuantas cuadras más y decido adentrarme en la colonia guerrero para disfrutar de un “machete”, titánica quesadilla de casi un metro de largo. Tres cuadras al norte de Mosqueta doy con mi destino y apunto mi pedido en las hojitas rojas que hay para ese propósito. Me siento aventurero y pido un machete de huitlacoche y otro de chicharrón, ambos con abundante queso. El lugar está abarrotado y afuera hay más de 15 personas que esperan su suculenta quesadillota. Mientras salen las mías, veo cómo preparan las demás con increíble destreza; extienden la masa, le ponen el contenido, las doblan, luego las voltean con una precisión asombrosa y al final las apilan verticalmente, en lo que terminan de cocinarse.

Por fin me dan mi botín, paso a pagar a la caja y me llevo mi tesoro envuelto en papel rosa. Camino sobre guerrero hacia reforma en busca de un lugar donde darme mi atracón de harina, aceite y queso. Por fin doy con un parquecito muy coqueto en la esquina de Puente de Alvarado y me siento a hacer lo que tengo que hacer.

top-picTardo unos cuantos minutos (una hora, más bien) en recuperar la movilidad en mis extremidades y camino hacia la alameda. Atravieso ese hermoso patrón de diagonales, cobijado por un mar invertido de jacarandas en flor. Admiro la bella fachada del Palacio de Bellas Artes por unos minutos antes de decidirme a ir por el segundo round de este pugilato gastronómico: el pan dulce de la Ideal.

Entro al palacio de la princesa de zapatillas de telera y me encuentro el bullicio perpetuo que caracteriza a las únicas tres sucursales de este bello negocio. A pesar de estar bastante satisfecho, encuentro imposible resistirme a los encantos de los bellos productos que aquí ofrecen. Escojo la alineación para la tarde y procedo al área de cajas para que envuelvan mi premio de carbohidratos. Desde que espero en la cola me maravillo ante la velocidad con la cual las empacadoras acomodan los panes en cajas y luego las sujetan con cordones, pasándolos por aquí y por allá, como si esa fuera su lengua materna.

Por fin llega mi turno y me sorprende cómo calcula el precio a pagar en menos de 5 segundos. Sin poder ocultar mi asombro, le pregunto a la amble señorita que acomoda, con infinito cuidado, mis panes en hojitas de plástico, “¿Se sabe los precios de memoria?”. Ella asiente amablemente y añade “Los acomodo de una vez en grupitos por precio”. Me da un papelito rosa con el monto a pagar y voy a la caja a pagar gustoso mis 39 pesotes de pan. Regreso con mi ticket y me dan mi bolsita de plástico, la cual contiene suculentos panes y está cerrada con un bello nudito.

Camino por madero mientras avanzo contra los contrincantes que revolotean alegres adentro de la bolsa, un garibaldi, un beso, un panqué, un cuernito… en fin, un ejército contra mí, pero no me preocupo, pues tengo todo el DF para acabar con él.

*URIEL LUVIANOUriel Adrián Luviano Valenzuela. Estudiante de Física y miembro de Pluma Joven A.C.