Año nuevo chino en la delegación Cuahutémoc/Concierto de L.E. Aute: El Niño Que Miraba el Mar.

Salgo del metro Juárez y todo está muy activo, incluso para ser un viernes a las 8 de la noche. Gente para aquí, gente para allá.

Uriel Luviano/ A los Cuatro Vientos

Camino por la Alameda, rebosante de capitalinos. Algunos cansados, en su ruta de regreso a la casa después de una larga semana de trabajo, otros frescos, listos para el torbellino de emociones que ofrece la urbe en una noche de viernes. Las fuentes recién remodeladas de este parque icónico del centro histórico me bañan con luces de colores y los árboles me cobijan de las pocas estrellas que las luces citadinas dejan a los defeños ver.

Una calle rebosante de puestos llama mi atención; carpas rojas, amuletos, comida, vendedores y gritos se apiñan sobre el asfalto y las banquetas de la Calle Dolores. Al acercarme, me doy cuenta de que se trata de los festejos del año nuevo chino. Después de superar la sorpresa que me causó el que más de tres cuartos de los puestohabientes no fueran de ascendencia asiática evidente, me armé de valor y me interné en esa jungla de metal y lona que se veía aterradora y a la vez seductora.

“¡Galletas de la suerte a peso, doce por 10 pesos!” Fue el primer pregón que distinguí entre el tumulto. Convencido de que las galletas pierden su encanto si no son el cierre de un atracón de comida china, decido posponer su compra para mantener el hechizo. Me ofrecen dos guisados y arroz por 65 pesos, pero lo considero fuera de mi presupuesto y decido buscar una alternativa. Afortunadamente no tengo que caminar más de 50 m antes de encontrar un puesto donde rematan a 15 pesos el guisado. Incapaz de resistirme a tan encantadora propuesta, me arriesgo y pido chop suey con arroz frito. El primero estuvo bueno, pero el arroz ya estaba bastante duro. Me lo paso con un té helado chino con tapioca y sigo caminando.

Más adelante veo una aglomeración increíble de gente y a dragones entrar y salir de esa masa con ritmo envidiable. Los cohetes colgantes (que deben de tener algún nombre elegante en chino, el cual evidentemente desconozco) estallan y me llenan de luz y humo. Un ejército de percusiones marca la pauta para tan impresionante baile y la gente se comporta como un mar dentro del cual los entes mitológicos de papel de china y cartón se mueven a su voluntad.

Se acercan las nueve de la noche y me dirijo al Teatro Metropolitan para el concierto de la noche. Aute presenta un nuevo álbum, autobiográfico, me dicen, y yo muero por oírlo y ver a esta leyenda en vivo. Llego a la entrada del recinto y después de una esculcada paso a buscar mi asiento. Me instalo y me preparo para la experiencia de mi vida.

A esa distancia un empleado acomodando un instrumento crea una falsa alarma de aplausos y gritos que se apagan casi enseguida. Después de varios episodios de este estilo, alrededor de las 9:20 pm, se proyecta el cortometraje “El niño y el Basilisco”, hecho a partir de dibujos de Aute, en el cuál, el autor recuerda su infancia y se imagina a su yo infante sentado en el malecón y a su yo adulto convirtiéndose en un temible basilisco, ser mitológico malévolo, capaz de matar con la mirada.

Terminada la proyección, entra la banda y la gente se deshace en aplausos. Con un trato cálido, Luis Eduardo nos comenta como se siente halagado de ser recibido de esta manera. Aclara que durante el concierto tocará todas las canciones de su nuevo álbum, “El niño que miraba el mar” (“Cada vez que miro esa fotografía que huye del cliché del álbum familiar, miro a ese niño que hace de vigía, oteando el más allá del fin del mar.”), intercaladas con canciones “del siglo pasado, para alegrar la velada”. A pesar de traer un catarro bastante malo, la voz de Aute y el talentosísimo acompañamiento de los músicos que complementaban el espectáculo estremece a las más de tres mil personas que llenamos el Metropolitan esta noche de febrero. Pero dan las 10:40 y comienza a presentar a la banda, fatídica seña de que el concierto llega a su fin. Afortunadamente, una ovación estruendosa de más de cinco minutos trae a la banda y al cantautor de regreso para una hora extra de concierto. Ya faltando menos de treinta minutos, los músicos dejan sólo a Aute, a lo que este dice “Me dejan sólo porque esta es una canción sobre la masturbación, y eso es algo que puedo hacer perfectamente bien sólo.” Acto seguido, interpreta “Dentro” (“Dentro, me quemo por ti, me vierto sin ti, y nace un muerto”). Para cerrar, deja su guitarra al lado y canta “Al alba” a capella, acompañado de tres mil almas que tampoco queremos que nuestro amor nos abandone al alba. “Presiento que tras la noche vendrá la noche más larga. Quiero que no me abandones, amor mío, al alba.”

Se despide de nuevo, los músicos saludan y las luces se encienden, iluminando a los ríos de gente que se amontonan para salir del teatro, unos hacia el estacionamiento más cercano, otros, incluído yo, hacia el metro, librando apenitas la fatídica media noche, hora en la que nuestra carroza naranja de cien metros de largo se vuelve un hueco vacío en las entrañas de la ciudad.

URIEL LUVIANO*Uriel Adrián Luviano Valenzuela. Estudiante de Física y miembro de Pluma Joven A.C. Luviano.