La máscara y la vida y la muerte

Soy coleccionista de máscaras desde hace más de 40 años, sobre todo las enmarcadas dentro de la iconografía de la muerte, el diablo y los seres fantásticos que las acompañan en las combinaciones más inesperadas, además de que he sido portador de las mismas en innumerables obras de teatro, porque teatrero soy de profesión, he encarnado diversos personajes tanto de seres humanos como de animales y sé de cierto de la complejidad que significa darles vida a través de la gestualidad y la expresión corporal que debe acompañar a todo aquél que utilice la máscara creativamente.

                                                    Fernando Betancourt/ A los Cuatro Vientos

Corrían los años cincuenta, mi mera infancia en el barrio de San Sebastián en la ciudad de San Luis Potosí, recuerdo que salía corriendo de mi casa hacia la esquina para ver pasar al Fenómeno Jesusito, una maravillosa mojiganga, una gran cabeza en un cuerpo pequeño que anunciaba la Sal de Uvas Picot y que hacía alucinar a todos los niños que acudíamos a disfrutar sus extraños bailes. También seguramente influyeron en mi gusto por las máscaras las fiestas patronales que en el barrio se celebraban en el mes de enero. Yo iba al jardín de San Sebastián, pues justo en el atrio de la iglesia se podía presenciar la entrada de la cera a la iglesia luego de recorrer las calles aledañas. Los participantes formaban una caravana cuyos integrantes cargaban estructuras de carrizo rectangulares adornadas con velas, cera escamada y listones de vivos colores que la feligresía llevaba a regalar a la parroquia; los participantes iban guiados por una adornada estrella que en la punta de un palo un hombre “bailaba” para guiar las ofrendas, a la estrella que parecía una piñata se le llamaba la marmota e iba siempre al inicio de la peregrinación.

máscara diabloJunto con el desfile entraba el loco de la danza, un fabuloso personaje enmascarado que se mezclaba con los danzantes de atuendos prehispánicos, los cuales bailaban al ritmo de la chirimía y los tambores o de la banda de música mientras él hacía mil travesuras; el loco organizaba a los espectadores por medio de un pequeño látigo llamado chicote que hacía restallar contra el piso y en el aire obligando al público a hacer un círculo en torno a los danzantes y así disfrutar de sus bailes. El loco de la danza portaba una máscara de diablo y un estrafalario vestuario, encima de su traje de manta lucía pieles de animales y trozos de cuerda y telas diversas, también portaba en una de sus manos una muñeca sin ojos y con unos cuantos mechones de pelo. Ese personaje es quien más llamaba mi atención pues era muy ágil y saltarín y le picaba las costillas y las nalgas a la gente con su chicote, yo no le quitaba el ojo de encima a todas sus travesuras, con las que paradójicamente organizaba la fiesta.

También por esos años infantiles comenzó mi gusto por el circo, qué alegría ver a los payasos musicales tocando el botellófono (innumerables botellas colgadas, con diferentes niveles de agua y tocadas como una marimba colgante), yo veía su maquillaje como si fuera una máscara. Seguramente mi gusto adolescente por la lucha libre me marcó, imposible olvidar a los enmascarados luchadores y su agilidad y destreza; como actor he trabajado dos o tres ocasiones en arenas de lucha haciendo teatro, y en alguna obra representé a un personaje que era un luchador enmascarado.

mascara rojaA principios de los años sesenta llegó la Ópera de Pequín al Teatro de la Paz, el principal teatro de la capital potosina, y presenciar su espectáculo acabó de reafirmar mi gusto por las máscaras y la extraordinaria gestualidad que las acompañaba. De ahí en adelante empezaron mis visitas a los barrios de la ciudad en la celebración de sus festividades. He tenido también la oportunidad de recorrer el país y he visto innumerables manifestaciones de folklore tradicional en donde las máscaras ocupan siempre un papel relevante, de ahí seguramente mi gusto por coleccionarlas. He logrado reunir unas ciento cincuenta, hechas con distintos materiales, madera, cartón, piel, etc. de distintos lugares, Guerrero, Oaxaca, Sinaloa, San Luis Potosí, Zacatecas, Chiapas,  entre otros.

Ya en el año del 67, cuando en el decimonónico Teatro Alarcón de la capital potosina fundamos el grupo de teatro Zopilote, un grupo de teatro popular con el que durante treinta años recorrí pueblos y ciudades de todo el país y de otros países, en varios de los trabajos que presentábamos utilizamos máscaras, por ejemplo en obras como Luchas y Mitotes en el nuevo Mundo donde usamos máscaras de tipo prehispánico, o Fábulas de Ayer y Hoy, espectáculo con máscaras de diversos animales, lo cual requería de una muy buena condición física y técnicas de expresión corporal, dado que las emociones deben fluir a través de todo el cuerpo para que la máscara cobre vida e insufle a todo el personaje  su energía. En la obra Luchas y Mitotes… me tocaba representar a un ser malvado vestido de cura y para caracterizarlo utilizaba una máscara “bailada”, es decir una máscara ya usada por un indígena en una festividad, la conseguí en San Miguel Zapotitlán, municipio de los Mochis Sinaloa; era tal la energía de la máscara que me resultaba un gran apoyo para transformarme en un ser terrorífico, tal como fueron vistos los españoles por los habitantes originarios, cuando durante la conquista aparecían a caballo y con sus aparatosas armaduras.

Dice Paul Westheim en La calavera (Ediciones Era, México, 1971): “La carga psíquica que da un tinte trágico a la existencia del mexicano, hoy como hace dos o tres mil años, no es el temor a la muerte, sino la angustia ante la vida, la conciencia de estar expuesto y con insuficientes medios de defensa a una vida llena de peligros.” Quizá afirmó lo anterior, influido por la extraordinaria variedad de máscaras de calaveras que aparecen a lo largo y ancho del país, en realidad aludía al uso ritual de la máscara en la cultura popular de los pueblos del mundo; me parece que además de la angustia ante la vida pudo perfectamente incluir el gusto por lo festivo.

mascara sangreLa representación de la muerte, esqueleto o calaca, ha estado presente siempre en el pueblo mexicano, como entidad recreada lúdicamente y también con profundo respeto; nacer, vivir, morir, renacer, lleva al arqueólogo Matos Moctezuma a afirmar que en México “no hay vida sin muerte”. Esa forma tan natural de ver la muerte los primeros dos días del mes de noviembre, exorciza la finitud humana en un ritual lúdico y tal vez terapéutico. A la implacable Parca  podemos mirarla en México representada en múltiples esculturas y máscaras, testimonios artísticos de un pasado ajeno a la solemne rigidez del judeocristianismo. La muerte va siempre a nuestro lado, acompañándonos en las tragedias y en los sepelios, pero también en el jolgorio y en la celebración.

Recuerdo ahora una anécdota contemporánea que encontré en una historieta de la Familia Burrón del inolvidable Gabriel Vargas: Un buen día Borola Tacuche de Burrón se da cuenta que lleva un esqueleto dentro en su propio cuerpo, es decir a la muerte, e inmediatamente va con un cirujano a que se lo extirpe, pero ya sin osamenta alguna tiene que reptar como una serpiente, cosa que le parece inaceptable por lo que de inmediato resuelve la situación volviendo al médico para que se lo ponga; metáfora afortunada de como la muerte como esqueleto sostiene a la vida.  De manera fantasiosa Gabriel Vargas toca una verdad trascendente, la huesuda, uno de los nombres con los que los mexicanos aludimos a la muerte va siempre con nosotros, finalmente el esqueleto en un sentido estricto nos permite caminar erguidos, pero también los huesos como representación visual de nuestra finitud nos sostienen.

Ciertamente la máscara de calaca que representa a la muerte siempre ha ido acompañada de su contraparte la vida, generalmente representada por el diablo, una noción pagana en el centro de las celebraciones católicas. También la existencia humana ésta representada de otras maneras, en las mascaras de animales, plantas, ángeles, procacidades y bromas, monstruos y deidades; lo puedo constatar en la colección que he logrado reunir. En su increíble diversidad la experiencia mortal expresa todos los sentimientos humanos, los sueños, los deseos, los temores, y eso es lo que las máscaras expresan lúdicamente para curarnos del espanto de la realidad.

mascara japonesa La utilización de la máscara en el arte popular mexicano (en la plástica, el teatro, la danza, la pintura) siempre ha estado presente en múltiples situaciones, especialmente en las festividades tradicionales de las comunidades indígenas pero también en las urbes mestizas, y de manera natural se ha ido incorporando cada vez más a la escena y a la representación plástica contemporánea.

Considero importante señalar que la máscara sólo es muda en los museos y en las colecciones como la mía, pues en realidad las máscaras, a través de los tiempos y las culturas, siempre se han acompañado abiertamente de gruñidos, gritos, expresiones de júbilo y dolor, palabras, cantos, etc. Y habría que añadir que además del acompañamiento de las emociones sonoras de quien la lleva puesta, la máscara se complementa a través de la gestualidad corporal pues tan solo portarla no es suficiente para comunicar la complejidad de las emociones humanas, a fin de cuentas todo el cuerpo es nuestra máscara.

Las máscaras de diablos y muertes y los seres fantásticos que integran, siempre han estado ligadas a la totalidad de las emociones, incluso las más subjetivas o discretas. En el caso de la máscara de calaca funciona en buena medida como una manera de atenuar los temores frente al final de la vida familiarizándonos con su representación, volviéndola tan grata y aceptable como el pan de muerto o las calaveritas de dulce; en las de diablo y los seres sexuales y lúdicos puede funcionar las máscaras como un ente trasgresor que acicatea las buenas conciencias y le dice a quien la porta o la observa que se pueden romper las inercias del comportamiento humano, que es bueno relajarse de vez en cuando e ir en contra de los convencionalismos institucionalizados por el poder, que la vida puede ser a toda madre y que además del sufrimiento inevitable, dada la condición trágica de la existencia humana, también estamos en esta tierra para el gozo y la rebeldía y no sólo para el sometimiento y la falta de imaginación.

fernando b*Fernando Beteancourt Robles. Actor, maestro de teatro. Fundador del Grupo Teatral Zopilote. Actualmente Director Académico del Centro de las Artes de San Luis Potosí Centenario.