Cuentos e historias para la ternura: Ellas…

Este es una historia con motivo del 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres. Es una historia hecha por una amiga, me la entregó hace cuatro o cinco años. La he guardado con cariño y ahora se las comparto. Ella se llama Liza, es bailarina, escritora y defensora de los derechos humanos “Eso me enseñó mi padre” me dijo un día con su amplia sonrisa. Hace años que no la veo, pero está conmigo con sus historias. 

Cuautémoc Rivera Godínez / A los Cuatro Vientos

Ellas…

Liza

Viven el campo desde adentro (desde el corazón). En sus manos tienen los secretos de la naturaleza y en las piernas la fuerza de la tierra. Caminé el campo con ellas. Me guiaron sus palabras y sus silencios.

Mientras llovía hablamos de bodas y muertos, de rituales y modas. Nosotras no tenemos moda, me dicen sonriendo. Para la boda, para los cumpleaños, para el luto hay un vestido diferente, pero igual al que usaban nuestras abuelas. Después me dieron de comer de sus frutas, de sus hierbas, de sus flores y entre trago y trago compartieron conmigo sus pasiones.

Ellas se levantan todos los días entre sombras y abren la puerta de su casa al olvido del tiempo. Acarician el paisaje de su vida con la rebeldía de quien se niega a aceptar el designio de la marginación.

Amanece y el milenario ritual se cumple una vez más: Acarrear agua, traer la leche, hacer tortillas, cocinar, escombrar, atender a los animales, enseñar a los niños, desgranar el maíz, lavar trastes y ropa, trabajar la parcela, atender al marido y a los ancianos de la familia, rezar para que regrese con bien el que se fue…
(Ellas no se van, nunca se irán… No abandonan el campo, son su historia y sus tradiciones.)

Las veo sentadas conmigo cerca del comal, las manos fuertes, el gesto suave, la mirada lejana, clavada en el horizonte de un pedazo de su tierra.
Me muestran sus manos vacías, su comunidad carente de servicios, sus casas hundidas en la pobreza, sus hijos desnutridos, creciendo igual que lo hicieron ellas. Entonces no hay palabras. Hay silencios largos.
Cuando creo que van a derrumbarse son ellas las que me sostienen. Su profunda lealtad a la tierra me conmueve.

Sigo caminando el campo, no puedo dejar de hacerlo. Pienso en ellas para no perderme en el universo infinito de la tecnología y la modernidad. Ellas son el principio y el fin de un viejo mapa que me lleva siempre a lo mismo: la esencia de lo que soy.