Una historia de libros.

Empecé a leer porque en mi casa había libros. Porque mamá dedicaba horas a leer a mi lado lo que prefería, en las noches, justo después de Dragon Ball. Porque la somnolencia se disipa en el techo mientras sigues la trama, le miras y se advierte la voz  en un traspié de sentidos como un hilo delgado que desaparece, nubla la vista y  se adentra en el sueño. Recuerdo que mi padre me leía en voz alta y no me gustaba su entonación,  aunque terminaba perdida, imperceptible en los personajes como brisa en el paisaje.

Cristian Iván Vázquez González/ A los Cuatro Vientos

  Comencé a leer con las historias que atrapaban la conciencia,  porque la madre que arrullaba con lecturas me compraba el libro que viera en cualquier aparador, con mucho menos berrinches que un dulce. Hoy sé que alguna vez hubo menos comida por comprar aquel libro que ayer quise.

Empecé a leer hace ya tres lustros y hoy me arrepiento de cuánto no he leído por desdén y me ilusiona pensar cuánto queda por leer. Pocas cosas yacen aún en mi memoria de aquellos años, ninguna tan clara como el triste cantar del “hombre flaco” que memoricé antes de hablar bien y que hoy también sé, era un poema del Español Rafael Albertí hecho libro por CONACULTA en esos tiempos y que aún ronda mi cabeza cuando pienso en la delgadez de una persona:

“Largo como una cerilla

el flaco nació en Castilla.

Los chiquillos se mofaban

cuando al paso lo encontraban.

Querían apedrearle

Pero no lograban darle.

Olvidando su largueza

Se pegaba en la cabeza.

Cuando bebe en una fuente

parece el arco de un puente…”

 Empecé a leer con cuadernitos de muchas ilustraciones, cuando no sé por qué motivo, aún no me lo explico, dejó mi madre de saber leer y me pedía varías veces que le contara la historia que encerraban los dibujos y el multicolor. Entonces trataba de ir más rápido y las “erres” tropezaban en el cuento o las palabras se escondían de pronunciarse en la prisa por no querer perderme la siguiente ilustración y hacerle saber con prontitud cuál sería el desenlace del pobre animalito o superhéroe. (Sólo por si lo olvido algún día y aún prevalece el texto, estaban las historias del “SuperGel”,  “La escalera al revés”, o el “ratón gorgonzola”)

Luego, ya por la primaria, ella recordó como leer un poco. En tardes de lucidez de aquel Altzheimer que hoy superó por completo, arrullaba a mi pequeño hermano mientras descubríamos el final del Capitan Nemo de Julio Verne, un capítulo yo y otro ella o aquellas historias de un “Harry Potter” que quién diría, presentaría otros seis materiales por conocer y quedamos en el tres, cuando decidí (quiero pensar que fui yo y no ella) que era tiempo de terminarle solo.

Lo primero  y lo único que “robé” (aunque debo confesar, no con poca vergüenza,  que no ha sido el último), fue un libro. En la primaria, estando en tercer año y de visitas en un salón de sexto, desaparecí de un librero semi abandonado un “Corazón diario de un niño” de Edmundo de Amicis, que atrapó mis días en un dos por tres. Recuerdo que lo leí en media semana, a escondidas en el rincón del salón, incapaz de confesarles a mis padres el atroz pecado y fascinado por las venturas, desventuras e ilusiones de un niño que colocaba su vida en papel y dibujaba un mundo que desde aquel momento observé como el libro que es. Hace menos de un año lo encontré. Quizá al tal “Juan Carlos” le hizo falta en alguna tarea de aquel año 2000, aunque me consuelo pensando que ya lo había leído y que hoy estaría tranquilo de saber cuánto influyó ese plagio para desapegar la fantasía de mis páginas y comenzar a sentir la experiencia de vivir otras vidas, ajenas y compartidas, enamorado del contexto y la esencia de niños y niñas que vivían otros mundos como Oliver Twistt, Mujercitas (también se vale el lado femenino), Huckelberry Finn o el Lazarillo de Tormes.

Crecí y en mi casa había más libros. Hasta la pubertad, jamás tuve necesidad de añorar un título por meses (como si lo tuve con los videojuegos, también debo confesar)  estos, cuando no los concedía la no excesiva pero si efectiva capacidad económica de papá y mamá, se aparecían sin más en las manos; las coincidencias fortuitas de acomodar uno o navegar por los títulos que ya descansé.

Entonces se construyeron otros romances vespertinos detrás de cada uno, cuentos, ensayos y novelas entre realidad, fantasía, ciencia y hasta un poco de superación personal (otra influencia de mi madre que hace mucho dejé por mi propio bien) definiendo un camino por el acto egoísta más filántropo que existe, aquel que hoy llevo en un rumbo irregular, aunque seguro.

Creo que tengo mucho que agradecer a los libros, cuyo contenido ha sabido crecer conmigo, pero aún más a mis padres, que supieron hacerme crecer.

Y tú, ¿Cómo comenzaste a leer?.

CRISTIAN-VAZQUEZ-4V * Cristian Vázquez. Estudiante de Psicología. 19 años. Presidente de Pluma Joven A.C.