Cuentos e historias para la ternura: Viaje de Ramona hacia la impunidad

Ya hay algarabía por el próximo 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, como todo, los de arriba quieren domesticar esta fecha, privarla de memoria, presentar los modelos de mujer occidental como los únicos, hermosos, aspirables y memorables.

 Cuauhtémoc Rivera Godínez/ A los Cuatro Vientos

 Pues no, sucede que hay otras mujeres. Las de Abajo, que son valientes, hermosas, chingonas y memorables.

Para eso están las historias y los cuentos, para recordarlas. Van entonces siete historias de mujeres para recordar a las de abajo. Inicio compartiendo esta historia dolorosa de una mujer que sufre y es valiente, que no olvida a su hija, y que junto con otras mujeres vienen hacia la Ciudad de México, no se sabe cuándo llegarán a reclamar justicia para sus hijas, pero van a llegar. Aún se encuentran en los cruceros de Ciudad Juárez vendiendo dulces con una nota explicando que ese dinero es para costear su viaje. Espero que esta historia nos llene de ternura y no conmueva.

 Viaje de Ramona hacia la impunidad*

    Daniel de la Fuente/ Reforma

silvia
Silvia Elena Rivera Morales

Ese día, Silvia Elena Rivera Morales se levantó más temprano de lo habitual y se puso a hacer el aseo en su domicilio de la Colonia Nuevo Hipódromo, en Ciudad Juárez.

Su madre, Ramona Morales, escuchó a la chica de 16 años y le preguntó qué hacía tan temprano.

«Tengo examen, me paso directo a la zapatería y me voy otra vez a la escuela», dijo ella, empleada del negocio 3 Hermanos y estudiante de la Prepa Iberoamericana de esta ciudad que ya era noticia por su furia contra la mujer.

Ramona miró el ir y venir de Silvia, la única mujer de cuatro hijos que tuvo con el obrero Ángel Rivera, todos originarios de Torreón.

«Te barrí, ya nomás para que trapees», le dijo la chica, sonriente, y preparó el desayuno. Como a las nueve de la mañana, Silvia abrió la puerta para irse a la escuela.

«Ya me voy», se despidió, y uno de sus hermanos la llevó en coche.

«Ándale, mija», dijo la madre.

Esto fue el 7 de julio de 1995. Ramona, hoy de 72 años, sigue de pie en el mismo lugar.

Silvia no volvió a casa. Su madre intentó poner la denuncia, pero le dijeron que debía esperar 72 horas y el imperdonable «ha de andar con el novio», lo que no era cierto.

Ramona empezó a preguntar a la mañana siguiente a amigas de su hija y se encontró con una que le dijo que el día de la desaparición vio a Silvia en el monumento a Juárez y que la notó extraña y que bajó la vista. Que la acompañaba un desconocida de aproximadamente 19 años que al parecer la subió a un camión que no era el que ella abordaba.

«No se movió», les dijo, «no sé si la traería amenazada».

La vida cambió en la casa de Ramona: había llegado la zozobra por un hijo ausente. Ángel, enfermo de cáncer, se hacía cargo de los quehaceres, en tanto su mujer empezó a caminar por entre la burocracia.

«Pasaron los días y mi esposo era el que lavaba trastes, barría, porque yo no sabía ni cómo les hacía de comer», recuerda Ramona.

Ya con la denuncia interpuesta, la Policía acudía a su domicilio a preguntar por novedades. Ramona era un haz de nervios.

«Aquí venían, que uno les diera razón, pero ¿cómo les iba a dar razón si eran ellos los que andaban investigando? Les decía: ‘En vez de que me traigan noticias, vienen y me preguntan que si yo las tengo'».

Acompañada por sus hijos o con amigos, empezó a recorrer bares del centro de la ciudad a ver si en uno hallaba a su muchacha, pues le dijeron que ahí suelen tener trabajando de manera forzada a jóvenes.

«Me decían: ‘Quédese en el carro’, y se metían a los bares con el retrato de mi hija, igual en colonias. Yo misma me paraba en la carretera para darles el retrato a los traileros. ‘Miren’, les decía, ‘se me perdió mi hija’; me agarraban el papel y nomás se me quedaban viendo».

Dónde no buscó. Perdida su hija, Ramona se sentía también así.

«Me subía al camión y quería gritar que si alguien tenía a mi hija que me la devolviera», solloza.

Finalmente, la mañana del 9 de septiembre de ese año, policías de Ciudad Juárez fueron a la casa de Ramona y le dijeron que si los acompañaba. Que «ya».

«¿La encontraron?», preguntó, y le contestaron «ahorita le decimos».

Un hijo abordó la patrulla, pero un oficial dijo que no iría.

«No quisieron que fuera nadie conmigo», recuerda ella. «‘No, sólo la señora’, dijeron».

Ramona subió a la unidad y, al llegar al anfiteatro local, enmudeció. Le era familiar el sitio porque antes había acudido acompañando a una señora que fue a identificar a su hija, originaria de Zacatecas.

Cuando entró y le mostraron el cadáver, al principio no pudo reconocer a su hija en aquellos restos a los que apenas cubría una camiseta morada, que por el sol quedó rosa, con una ilustración plastificada de Mickey Mouse.

La necropsia arrojó que Silvia dejó de vivir por estrangulamiento a los pocos días de su desaparición.

Devastada tras aceptar al fin que era su hija, Ramona salió del anfiteatro y los policías le dijeron que no podrían llevarla de regreso. La mujer les dijo que no traía dinero, pero ellos argumentaron que debían atender otros deberes.

Así, la mujer debió pedir dinero en la calle para abordar el camión que, casi una hora después, la devolvería a casa, donde la esperaban sus hijos y su esposo.

Fue una noche larga.

Después, sin ayuda, la entristecida familia sepultó los restos en el panteón municipal San Rafael.

Meses más tarde, Ángel, su marido enfermo, también moriría.

Silvia fue hallada en el Lote Bravo, a las afueras de Juárez, donde imperan baldíos y el desierto. Ahí serían halladas por esas fechas siete mujeres más con las mismas características físicas: muy jóvenes, delgadas, morenas, cabello negro y largo.

Todas fueron abusadas sexualmente y partes de sus cuerpos arrancadas literalmente a dentelladas. La ferocidad en los casos atrajo a reporteros del mundo. La indiferencia enmudeció a las autoridades.

En medio del luto, Ramona comenzó a pedir justicia. Una de las que les ayudó fue Astrid González, dirigente de Comité Ciudadano de Lucha Contra la Violencia.

«Me junté con ellas, fueron las primeritas que nos movían, porque nadie», afirma. Pero fue en vano.

La autoridad local, que no citó a declarar a amigas y compañeras de trabajo y de estudio de Silvia, comenzó a juntar casos y a contar historias al gusto: que aquella acudía a sitios de baile como La Baticueva y Noa Noa; que su comportamiento no era del todo aceptable y que conocía a otras iguales que también fueron asesinadas. Verdades mezcladas con versiones no comprobadas o de plano falsas y un montón de prejuicios y lugares comunes.

«La Policía dijo que habían visto a mi hija en el Noa Noa con Olga Alicia (Carrillo Pérez, cuyo cadáver se halló en la misma zona), pero su mamá y yo comprobamos que no se conocían», cuenta Ramona.

Al cabo del tiempo, la autoridad responsabilizó al egipcio Abdel Latif Sharif, a quien le atribuyó una decena de muertes más. Sólo un crimen, no el de Silvia, se le comprobó y sirvió de sentencia. El sujeto murió por un infarto en el 2006 en prisión.

Durante ese tiempo, la familia de Silvia fue responsabilizada por la autoridad de no haber tenido control sobre la joven.

«Nos echaban la culpa, que no sabíamos con quién andaba. Mentira», evoca Ramona, humillada.

«Llegaron a decir que se salía de la madrugada para ir a bailar al centro. ‘¿Cómo es posible que me diga eso?’, preguntaba. ‘Yo me quedaba junto a ella. A veces me decía: ‘`amá, acuéstate conmigo mientras me duermo’, y la veía dormirse, o qué creen que no me iba a dar cuenta si salía».

Ramona insiste en esto, porque como a otras le sembraron la sensación de que ella o su hija se acarrearon el fin que tuvo la chica, cuando fue la violencia exorbitante hacia la mujer y la impunidad que la cobija y que aún prevalece.

Hoy, a casi 18 años del crimen de Silvia, no hay un solo arresto ni al parecer investigación vigente.

«El árabe (Sharif) decía que había hombres poderosos detrás de eso que compraban a la autoridad. A mí nadie me ayudó. (Francisco) Barrio no hizo nada, menos Patricio Martínez. Cuando fui con él para pedir justicia dijo que fuera con Barrio. Nadie quiso hacer nada».

Estos años se le han ido a Ramona en aconsejar a su nieta de 15 años, hija de uno de sus hijos: que no confíe en nadie; que no «se deje engatusar», como quizá le pasó a Silvia, quien aunque ausente físicamente, nunca se ha ido del todo.

«Me la paso recordándola. A veces mi nieta le pone un altar y baja el retrato que tenemos de ella».

Recuerdan así a la joven que le gustaba cantar y que quería estudiar administración de empresas en esta ciudad cuyos criminales la devoraron como a cientos.

Con los años, lejos de la marcha y la protesta, Ramona no deja de ver el paso de madres que, como ella, han buscado y buscan a sus hijas, la mayoría en vano: o las encuentran muertas o no aparecen nunca.

«Hay historias más tristes que la mía», reconoce, «porque duré menos de dos meses buscando a la mía. Hay madres que andan ahorita y que llevan años, muchos años».

Para 1995, año de la muerte de Silvia, las cifras de asesinadas en Juárez iba en franco aumento.

Una década después de 1993, año en que se empezaron a registrar los crímenes (el primero fue el de Alma Chavira Farel, de 13 años, el 23 de enero), la cifra entre activistas era de más de 400 asesinadas y cerca de 600 las desaparecidas.

Después del estallido del narcotráfico, en este 2013 la estadística está disparada por completo: más de mil 400 asesinadas bajo el patrón de 1993 -abuso sexual, tortura, ferocidad- y un número no cuantificado de desaparecidas.

Todas, hijas de la ira y el desierto, como Silvia, y de la impunidad, como Ramona, esperando justicia.

 *Tomado del diario Reforma. Lunes 4 de marzo 2013: http://www.reforma.com/nacional/articulo/691/1381281/?titulo=viaje-de-ramona-hacia-la-impunidad
 Los cuentos para la ternura son para leerlos, sentirlos, conmovernos y ver la utopía posible de un mundo en donde quepan todos los colores, los sueños y las ternuras.
 CUAUHTÉMOC RIVERA* Licenciado en Sociología con estudios en maestría (Facultad de Ciencia Políticas y Sociales de la UNAM). Director del Centro de Estudios de la sociedad mexicana “José María Rivera Álvarez”. Consultor en Desarrollo Político y Social. Analista político, escritor, cronista, fotógrafo y promotor cultural. Narrador Oral y recolector de historias, cuentos y cosmovisiones. Director de IMAGINA, Compañía de Historias, Cuentos, Música y Canto. México – Cuba. Publicaciones recientes:  Palabra de Clouthier (Edit. AndraVal.  2008);  La Voces del Dolor, la valentía y la esperanza ( CESM Ediciones. 2011); Palabra  antigua, historias y cuentos (Editorial La Feria de los Sueños. 2012);  El Cacheo.  Ocho Historias en la cárcel de Santa María Chiconautla (Editorial La Feria de los Sueños. 2012). Audiograbaciones recientes:  Allá, donde la Tierra termina (Grabaciones La Feria de los Sueños. 2009);  Raíces Okán Tutu. Cuentos afrocubanos. (Grabaciones La Feria de los Sueños.  2013).