La Maestra, la muerte ronda…

Los pequeños barrotes poco le permitían ver, únicamente la pálida luz mercurial y unos trozos de chapopote etéreo. La Maestra estaba sola en el dormitorio del segundo piso y en bata. La celadora le dijo que el Centro Femenil de Readaptación Social de Tepepan fue construido en la delegación de Xochimilco. Y en ese lugar, encalado y gélido, permanecería hasta el lunes, antes de recibir el auto de formal prisión de boca de un juez de enorme papada y pies planos.

 Everardo Monroy Caracas/ A lso Cuatro Vientos

(Capítulo III)

–Videgaray… Videgaray es el juez federal asignado, Maestra…

Enrique Videgaray era su enemigo y ahora estaba en sus manos. Hasta en eso pensaron los artificies de su caída. El abogado Videgaray  tuvo un hermano, maestro normalista, que fue asesinado por enfrentarse al secretario general de la sección doce del Sindicato Nacional de Profesores Revolucionarios. Terminó con una bala en la nuca y vestido de mujer. Más humillación a la tragedia.

“Su estúpida disidencia lo perdió”, ese fue el comentario de La Maestra ante el reclamo de Videgaray, entonces un modesto abogado rural.

El dolor de abdomen no cesaba y se lo atribuía al miedo. Estaba consciente que podía ser “eliminada” de diversas maneras. Tenía sesenta y nueve años y un corazón débil. Los excesos del poder minaban su salud.

Llevarla a Tepepan fue lo mejor, según la recomendación del Jefe de Gobierno de la Ciudad de México. Necesitaban tenerla viva para que el espectáculo circense no decayera.

La Maestra no quiso ver los noticieros de televisión, pero tuvo que ceder, a petición de su hija.

–Mira lo que hace de ti Azcarraguey…

–Es su negocio, déjalo…

–Madre, madre, tú tienes la suficiente autoridad moral para exigirle respeto. Tú le regalaste a su televisora más de mil millones de pesos en donaciones y publicidad. Una cosa es informar y otra ridiculizarte y sembrarle más odio a los mexicanos…

La Maestra solo observó el movimiento muscular del rostro de su hija y cerró los oídos. Marcela aún no entendía los entretelones de las vendettas políticas.  La máxima de Maquiavelo era incuestionable: “De modo que tienes por enemigos a todos los que has ofendido al ocupar el principado, y no puedes conservar como amigos a los que te han ayudado a conquistarlo, porque no puedes satisfacerlos como ellos esperaban…”.

Carlos Azcarraguey fue un aliado insatisfecho porque vio en ella a lo que tanto le tenía animadversión y miedo: el arribismo bárbaro de una proletaria con malos gustos y manos ajadas. En privado se burlaba de sus zapatillas Gucci que le lastimaban los juanetes y los bolsos Prada donde metía ramas de albahaca y verbena para “atraer la buena suerte”, “evitar las malas energías” y “allegarse del verdadero amor”.

Azcarraguey se consideraba un burgués de abolengo, de prosapia y con un origen intelectual y de trabajo. Era poliglota y patrón de cincuenta mil empleados. El sol jamás se ocultaba en su imperio, porque tenía inversiones en casi todo el mundo. Esa perorata, estimulada con un poco de cocaína, brotaba de su boca y así, sin quitarle puntos y comas, llegaba a los oídos de La Maestra. Ella se consideraba una mujer de talento y virtudes superiores y, por lo tanto, conocía el arte del mando, de acuerdo a lo vertido por Maquiavelo. Azcarraguey no lo entendería al estar obnubilado por un origen de corrupción e hipocresía. Su abuelo había sido un prostituto y lambebotas de generales y a cambio de sus favores, le permitieron adueñarse del espectro electromagnético de la atmosfera nacional para alimentar a sus radiodifusoras y televisoras. TeleMéxico se convirtió en una símil de la Secretaria de Educación Pública que le enseñaba a la población a consumir alimentos chatarra y relacionar fealdad con indigenismo y pobreza. La Maestra tenía rasgos indígenas, por sus raíces oaxaqueñas, y un origen de pobreza e ignorancia académica. Si la toleraba era por los mil millones de pesos anuales que recibía el Sindicato Magisterial por las cuotas de sus agremiados.

Marcela, la primogénita de La Maestra, difícilmente descifraría ese enigma racial por tratarse de un asunto ideológico, de costumbres muy arraigadas entre la burguesía y el proletariado mestizo. La casta asalariada difícilmente lograría mezclarse en los hábitos comunes de los propietarios de las lenguas dominantes y el capital. De ahí su apego al televisor, al escándalo informativo y al drama familiar.

Ahora su hija ya no estaba a su lado. El dormitorio de enfermos apenas le daba cupo a seis camas y seis buros metálicos. El diminuto excusado carecía de ventanas y apestaba a creolina. Antes de acostarse, se bañó bajo la regadera, lastimada por el oxido, y la penetrante mirada de la celadora, alta fornida y con el pelo cortado casi a rape. En esos momentos La Maestra utilizó un jabón importado de Paris, L’Eau, de cien euros –unos quince mil pesos mexicanos–, y Marisela le había dejado un paquete con diez piezas.

El inventor del jabón, Sergio Lutens, podría estar satisfecho de su buen gusto y alcances comerciales, porque cinco años antes, en uno de sus múltiples viajes a México, conoció las trajineras de Xochimilco y a La Maestra. Durante la presentación de su nueva fragancia Rosalía Cogollo, ella le regaló una caja de laca, fabricada por manos purépechas y un rosario bendecido por el Papa Juan Pablo II. El miércoles 27, Sergio fue uno más de los enterados de su detención y encierro en el pequeño hospital del Centro Femenil de Readaptación Social de Tepepan. La noticia había dado ya la vuelta al mundo.