La Maestra, el derrumbe…

La ventanilla era un ojo con manchones espumosos, como algodones azucarados. El azul celeste diluía una pasta dental brillante y blanca y el sol seguía vivo e incandescente. Nada extraordinario para La Maestra. Sus constantes viajes y preocupaciones ahuyentaron a las musas del arte. San Diego-México, México-San Diego. Ahora se dirigía a Toluca y de ahí, al Distrito Federal en una Van blindada. Cenaría con sus hijas y nietos. De paso, buscaría en el Hotel María Isabel a la ex pareja presidencial: Martha y Vicente.

Everardo Monroy Caracas/ A los Cuatro Vientos

–Un poquito más Maestra, tenga paciencia…

La maquillista intentaba resaltar un poco el tono natural de las mejillas, algo lastimadas por la falta de sueño. Benito, su masajista, se esmeraba por destensarla y provocarle un poco de relajamiento.

–¿Hablaste con Juan?

–Lo hice, lo hice Maestra. Mañana la busca en su casa…

–No los quiero a todos, solo a él, recuérdaselo…

La Maestra desconfiaba de los teléfonos y lo que preparaba podría abortar, de enterarse antes el Presidente Roca. Aún tenía el control absoluto del sindicato y unos seiscientos mil maestros secundarían el acuerdo: paro parcial en escuelas primarias y el bloqueo permanente del Palacio Legislativo. El levantar un campamento de protesta en el zócalo podría materializarse si el acuerdo era apoyado por los sindicalistas del Estado de México y Puebla. En la noche lo sabría, de ahí su interés de ver a Juan.

–Pregúntale al capitán si avisó al aeropuerto de mi llegada… No quiero sorpresas…

Imelda, la maquillista, tuvo que guardar la pequeña brocha maquilladora y abandonar el compartimiento. Benito aprovechó esos instantes para acariciarle las piernas, algo flácidas y oscuras por el broceado artificial. Las pupilas de La Maestra se encendieron.

–Eres un cabrón aprovechado, pero aprovéchate… –dijo La Maestra. El masajista apartó con el dedo medio la pantaleta y hurgó en su entrepierna–. Por eso me encantas: por caliente e irrespetuoso…

En menos de veinte minutos la aeronave descendería. La Maestra terminó su copa de vino tinto y aguardó una nueva ración.  De noviembre a la fecha, en menos de cuatro meses, las circunstancias políticas habían variado radicalmente. Intuía que en el seno del sindicato se preparaba su caída. Estaba por concluir su reinado de veintitrés años. Su hija Rita, ahora legisladora, le advirtió de los riesgos y no quiso escucharla.

–Tus enemigos ahora gobiernan, madre…

–Yo no tengo enemigos, sino adversarios políticos…

–Son priistas de antaño, los verdaderos dueños de este país…

–Estás pendeja… El Sindicato es indestructible y los priistas son comprables y los tengo en mi puño… Algunos gobernadores dependen de mi ayuda y difícilmente pueden traicionarme…

–Ya te traicionaron… Beltrones ya los convenció de que El Presidente quiere tu cabeza… Dejaste muchos cadáveres políticos a tus espaldas… No te perdonan lo de Madrazo…

La maquillista retornó e interrumpió los manoseos de Benito.

–Le preguntaron de la Torre de Control si venias a bordo –informó Imelda.

–¿Y?

–Que no… Que te quedaste en Tijuana…

–Bien, déjame sola con Benito…

Le incomodaba la tensión y necesitaba desfogarse, sentir la vitalidad del masajista en sus entrañas de leona. El Cessna de doce plazas dio algunos tumbos, pero de inmediato se estabilizó. La Maestra apenas se dio cuenta. El cuerpo atlético y fresco de Benito la relajaba. Era una manzana aromática, dúctil en su paladar. Su mejor adquisición.

–Te vas a ir conmigo a Copenhague… –le susurró al oído, después de mordisquearle la oreja–, ¿lo quieres? De todos, eres el único que seguirá a mi lado fuera de México… Quiero que te lleves a tu mujer e hijo…

El sudor dulzón y tibio del masajista la enervaba. También era una adicta a su saliva. Imaginó que Jongitud, el sempiterno dirigente magisterial, experimentó el mismo sentimiento al poseerla sexualmente. Ella tenía veintiséis años y él, sesenta y nueve y olía a naftalina. La asqueaba. Ahora era distinto. Ella se cuidaba lo suficiente para agradar. El comprobar que poseía poder y fortuna, aderezaba la relación. Quiso reír al tomar consciencia de su entorno… Después, menos energética, se sintió húmeda, exangüe y con deseos de dormitar.

–Gracias, voy a descansar unos minutos… –dijo sin levantar los párpados.

Benito besó sus labios con prisa y semidesnudo descendió del sofá. Pensó en Julieta, su mujer, y en Benito, su hijo de seis años. Estarían separados durante tres días. El viernes por la noche retornarían a California y los llevaría a Disneylandia.

–¿Le abro otra botella?

–Si, por favor… y dile a Imelda que esta ocasión saldré en pans y con esta misma sudadera… Ya en casa me arreglo…

–Bien, Maestra… Gracias…

Benito observó su reloj de pulsera y comprobó que eran casi las seis de la tarde. Desconocía que en esos momentos, cerca de doscientos militares y policías ministeriales aguardaban el arribo de la avioneta. Habían cercado el aeropuerto de Toluca y ninguna aeronave estaba autorizada para abandonar la pista. El Presidente Roca, desde el lunes al mediodía, dio la orden para que La Maestra fuera aprehendida y encarcelada. La PGR le fincaría delitos graves, como delincuencia organizada y la operación de recursos económicos de procedencia ilícita, y retenerla en prisión durante un sexenio. En menos de doce años, según le fue informado al presidente Manlio Roca, la lidereza magisterial había dispuesto ilegalmente de diez mil millones de pesos del Sindicato Nacional de Mentores Revolucionarios y apoyado a los adversarios políticos de su partido, el PRI.

La Maestra, los barrotes malditos…

barrotes cárcel

 Difícil entenderlo, menos en la reducida celda con un camastro, una mesa, dos sillas y un televisor de diecinueve pulgadas. Difícil asimilarlo, alejada del mar transparente y nada cálido de Coronado Cays, en el boulevard Silver Strad de San Diego, California. Difícil responder ante la rejilla metálica del Juzgado Séptimo de lo Penal, sin dormir, intimidada y preocupada por el destino de sus nietos e hijas. Difícil…

 La Maestra había perdido su aureola de poder  y no el manchón rojizo de sus labios, porque estaban tatuados. Lo mismo había hecho con esas cejas altivas, a la Dolores del Rio. No tuvo necesidad de usar el sostén de encaje, el rosa con brochecitos dorados, porque los implantes seguían firmes y atractivos. Estaba orgullosa de ellos y los reporteros gráficos dejarían constancia pública de su presencia.

–¿Y tiene algo que responder, Maestra?

El secretario del juzgado fue cauto en la pregunta. El juez, presente también en la audiencia preparatoria, prefirió observar y hacer anotaciones.

–No, nada…

Y La Maestra aún tuvo ánimos de levantar la mano derecha para reafirmar su dicho.

Sus abogados le sugirieron no abrir la boca y solicitar la ampliación del término antes de recibir el auto de libertad o de formal prisión. Tenían ciento cuarenta y cuatro horas, seis días con sus noches, para presentar pruebas de descargo e intentar echar abajo las denuncias penales de la Procuraduría General de la República.

–Está en su derecho en inconformarse o solicitar alguna precisión de lo que acabo de leerle, Maestra…

El reportero de La Jornada garabateó sobre su libreta. El aspecto físico del funcionario le evocó a Manuel Medel en la película Pito Pérez. Su rostro de dipsómano era imborrable. Hasta el bigotito cantinflesco le daba un toque jocoso a la ceremonia judicial.

La Maestra, reiteró con un gesto altivo, a la Gloria Swanson en la película Sunset Boulevard:

–Nada, gracias…

E hizo un mohín de burla. Su abogado supo interpretarla. Una hora antes de acudir a la audiencia pública para tomarle su declaración preparatoria, ella le dijo en tono molesto:

–Ni soy más mala que Roca (El Presidente), ni más buena que Benedicto XVI (El exPapa)… Deje que Roca y sus coro de gatos, maúllen y se revuelquen en la mierda… Tengo suficientes pruebas para hundirlos también en el descredito…

–Su gente cercana ya habló con El Presidente y el Secretario de Gobernación…

–Me lo dijo mi hija…

–¿Le dijo que Juan fue amenazado por Chang (el Secretario de Gobernación) y además recibió una llamada telefónica del Secretario de la Defensa Nacional?

–Me temen… saben que peligran mas si estoy muerta que viva…

–Tienen los expedientes de los treinta y dos secretarios generales de las secciones del Sindicato… La advertencia fue clara, Maestra: o se someten o son destituidos y encarcelados, como le ocurrió a usted…

La Maestra apretó con fuerza la botella de agua Fuji y se abstuvo de beberla. No podía evidenciar flaqueza ante los dos abogados a su servicio, pero bajo supervisión de Chang. La dignidad sería su escudo y por el momento tendría que aguardar tiempos mejores para arrinconar a sus adversarios. Roca no le preocupaba. Era un títere del expresidente de México, Carlos Salastriste; el líder de la cámara alta, Luis Ka’Beltrones, tres banqueros al servicio de los cárteles de la droga; el zar de las telecomunicaciones,  J. Azcarraguey y del ex gobernador del Estado de México, su padre putativo Raúl Maciel. Todos tuvieron su momento y su tormento. Los apoyó, los protegió, los apapachó y les dio consejas gratificantes en los tiempos de oscuridad. Eso lo había aprendido del viejo Jongitud. Tras la refriega sexual y en calzoncillos de manga larga, le dijo:

–A tus enemigos, destrúyelos sin pensarlo dos veces; a tus adversarios, cómpralos; a tus aliados, ayúdalos. El PRI es una fábrica de aliados y el PAN, un rosario de perdones y corruptos arrepentidos. El magisterio sindicalizado es una fábrica de burócratas ricos y por lo tanto, estamos expuestos a ser destruidos, no por los aliados o adversarios, sino por nuestros enemigos, los que quieren privatizar la educación pública. No lo olvides… Tenles miedo cuando se apoderen de los partidos políticos y no tardan… Los banqueros si compran inmuebles y fábricas de armas, también pueden comprar partidos políticos y la presidencia de México…

En esos momentos, La Maestra no comprendió el alcance de sus palabras. Se iniciaba en las lides de la lucha sindical. El viejo Jongitud la había designado secretaria general de la Sección 22 del Sindicato, pero pasaba más tiempo en una habitación de hotel que en sus oficinas.

La voz del secretario de acuerdos del juez penal, la retornó al presente:

–¿Quiere agregar algo? Está en su derecho, de acuerdo al artículo veinte constitucional del Código Federal de Procedimientos Penales…

La Maestra repitió el ademán de la mano derecha y simplemente movió la cabeza de izquierda a derecha y balbució:

–No…

Y no pudo contener una carcajada. En breves instantes evocó al Presidente Manlio Roca en su mansión de Miami, Florida al lado de su amante, un bailarín afroantillano, al que se lo presentó como su masajista. Después, ante la denuncia pública de sus adversarios políticos, diría que esa propiedad, de novecientos mil dólares, era de su esposa, una actriz segundona de TeleMéxico… Chang también estaba presente, pero siempre se mantuvo distante y con el teléfono celular a la oreja

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*Everardo Monroy Caracas. Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, estado de Veracruz. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder,El Difícil camino del poder, Tepoztlán: Cuadrónomo extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto día del séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al gobernador, Fusilados y El Chacal de Pie IX. Actualmente radica en Canadá.