La otra piel del calzado (novela, fragmento)


Hu Luo intentó distraer el miedo y la falta de sueño contabilizando el paso de los remolcadores, dragas y lanchas transportadoras que incesantemente entraban y salían de los ancladeros del puerto de Nansha. Aguardaba en el ventanal de vidrios polarizados, acodado y con la recia mandíbula acunada entre sus manos encallecidas y toscas. Habían transcurrido dos días y continuaba en la sucia habitación de paredes verdes de una bodega de fertilizantes, al borde de la carretera Gangqian. Era indiferente al intenso trajín de los trabajadores de uniforme oscuro y casco blanco que le inyectaban constante movilidad a las orugas motrices que estibaban los contenedores depositados en sus plataformas por las grúas de inmensos aguilones rojos. Los montacargas semejaban inquietas cucarachas de  un amarillo fosforescente que iban y venían entre cabrestantes, almacenes, bandas recolectoras de embalajes y bajo las pasarelas metálicas, crujientes y resbaladizas, adheridas a las gabarras y muelles. Uno de estos transbordadores de proa achatada, azul índigo y brillante, lo conduciría al territorio ansiado de la China capitalista: Hong Kong

Everardo Monroy Caracas/ A los Cuatro Vientos

 A Yobani Gil

 La Diosa del Pacifico navegaría por las aguas plomizas del río de Las Perlas, entre las construcciones de todos tamaños y colores y el verdor natural mimetizado por la diversidad de los cañeríos de bambú y la espesura cambiante de una interminable hilera de fresnos, sauces, olmos, saucos, álamos y juncos. De no existir contratiempos, dejaría atrás, a ciento treinta kilómetros de distancia, una de las ciudades más cosmopolitas e industrializadas y de vieja tradición portuaria: Guangzhou, llamada Cantón antes de 1918.

La libertad de Hu Luo simplemente  dependía de lo que le deparara el destino: una especie de suerte natural, inherente en su transitar por la orografía equivocada de la vida. Él creía ciegamente en la voluntad de la suerte, no en una interferencia divina, y estaba seguro que durante el cabotaje, tras abandonar la dársena de Nansha, no habría avasallamientos incómodos de la burocracia ministerial del Transporte o de cualquier autoridad militar, aduanal o policiaca. Desearlo así, por el simple hecho de creerlo, significaba haber avanzado un tramo importante de su propósito de fuga.

Sin embargo, el miedo seguía adherido a su piel, como una sanguijuela enfermiza. El dolor ardiente de sus riñones le advertía, como si se tratara de un experimento mas de Pavlov, que en cualquier momento podría ser detenido, torturado y ejecutado. Por lo mismo, difícilmente lograba desprenderse de sus entrañas la molesta sensación de orinar o defecar.

Tenía la percepción ciega de que policías del Ministerio de la Seguridad del Estado, la MSE, sembraban ojos electrónicos en todos los rincones del país y que su presencia omnisciente hallábase en el cerebro de los pobladores, sin importar género, credo o edad. Imposible escapar a su control. Imaginaba que los mil trescientos millones de chinos nacían con una especie de chip en el cerebro que los programaba a no disentir de su gobierno o a cualquier signo de autoridad y vivir bajo el yugo milenario de un taoísmo o un maoísmo condescendiente.

Su hermana Xiang interpretaba esa realidad a su manera y le abonaba cierto dejo místico al expresarlo:

─Recuerda a Lao Tse, hermano: El que sabe cuándo detenerse no continúa hacia el peligro y puede resistir mucho tiempo… No lo olvides…

Resistir, resistir, de eso se trataba. Llevaba dos días enclaustrado y únicamente consumía agua, te negro y sopas de lata. El supervisor de la fábrica reportaría su ausencia al día siguiente, el miércoles, al no hacer acto de presencia y checar su tarjeta de ingreso. El lunes se había declarado enfermo y el médico de la Clínica Comunitaria de la Industria tendría que hacer un detallado parte sobre el mal que le aquejaba e imposibilitaba trabajar. Hu Luo estaba al frente de una maquina ensambladora de calzado y durante sus doce años de laborar en Shoes Italian Company jamás se había ausentado más de dos turnos consecutivos. Por norma de la empresa, los obreros tenían la obligación de informar por escrito su interés de abandonar el puesto y quedar bajo disposición del Ministerio del Trabajo y Seguridad Social. No hacerlo, inyectaba rebeldía y sospecha y podría ser detenido, interrogado e internado a un Centro de Reprogramación por Conducta Antisocial.

Tal  vez Xiang y su hermanastro Jang no avalaran del todo su comportamiento, producto de una decisión consensuada con la familia y algunos compañeros de trabajo, pero en él depositaron su esperanza de materializar sus ansias de un cambio radical de vida. Si los extranjeros inversionistas multiplicaban su capital con el trabajo de los chinos, por qué estos no imitaban su proceder y se convertían también en empresarios exitosos? El primer paso sería abrir una especie de cabeza de playa en América, principalmente en Canadá, y desde ahí incursionar en los negocios. Por su origen proletario y el no contar con dinero suficiente tenían limitaciones para obtener algún documento migratorio y el permiso oficial que les permitiera salir legalmente de China.

Xiang tenía la herramienta ideal para materializar sus planes. Era una excelente secretaria ejecutiva que hablaba inglés, chino mandarín y cantones, portugués e italiano y formaba parte de la vida afectiva y sexual del septuagenario empresario de calzado femenino, Jacob Petrovich. No importaba la diferencia de edades ─él era una especie de Hugh Hefner de setenta y tres años y ella una conejita treintañera─ porque en China existía esa especie de entendimiento moral o social. El manejo estratégico de los negocios del calzado recaía en Xiang: enlazaba telefónicamente o por correo electrónico a los propietarios de las principales cadenas comerciales de calzado de Europa, Asia y América; supervisaba la contabilidad general de la empresa, pagaba los impuestos, la nómina y los servicios de mantenimiento y triangulaba los ingresos de dinero obtenido por las ventas a un banco off shore de Santa Lucia, en una de las islas caribeñas de Barlovento.

Aún así, Xiang conocía perfectamente sus limitaciones afectivas ante el ruso y su familia. Asumía con suma paciencia el papel de empleada leal, callada y sumisa; la amante perfecta, tan perfecta como si se tratara de una geisha importada del antiguo Japón imperial. Incluso, Rada Kozak, la esposa de Jacob, accedía a compartir con ella su propio lecho para satisfacer los gustos extravagantes de su marido.

“Si lo sabe Dios, que lo sepa el mundo”, sentenciaba frente a sus amigas cuando abordaba el tema del matrimonio y el significado de las palabras lealtad y fidelidad conyugal.

Por tal razón, Xiang Luo contó con el apoyo solidario de Rada para ayudar a su hermano en la odisea. Logró convencer al viejo Jacob para que pagara los sesenta mil dólares americanos exigidos por la triada. Ya con el dinero en sus manos, los pasos subsiguientes se facilitarían.

Jang fue el responsable de contactar y negociar con Los Cabezas de Serpiente ─conocidos como los Shetou─: una organización criminal china dedicada al tráfico humano. El trabajar de mesero en el bar del Hotel Mayestic, dentro de la zona comercial de Nong Lin Xia Road, le permitían relacionarse con personajes de distintos oficios y profesiones. Todos buscaban lo mismo al acudir al ruidoso negocio: divertirse, emborracharse y tener una aventura sexual furtiva. El bar se abarrotaba los fines de semana y no faltaban en la barra circular y mesas algunos oficiales de la Policía Armada, militares o ex funcionarios del gobierno. El corte de pelo los delataba. En contadas ocasiones recomendaba prostitutas de todas las nacionalidades para que animaran sus fiestas privadas.

Su jefe Yuga Lee le presentó al ex director de la Comisión Municipal del Transporte de Guangzhou, de apellido Wang. Le faltaba un ojo, usaba gafas oscuras y vestía un tosco uniforme de paño marrón oscuro. Jang le entregó el dinero y acordaron que el lunes por la mañana recogerían a su hermano y por teléfono le describirían el lugar y la hora del encuentro. El trato se realizó en uno de los privados del bar del Hotel Mayestic.

─Tenemos garantía de que no seremos estafados, camarada? ─Jang dejó de parpadear y miró fijamente a su interlocutor.

─No, nada es seguro ─Wang ya no dijo más, simplemente metió el dinero en un delgado portafolio de piel de saurio y continuó bebiendo su cerveza Tsingtao.

El jefe de Jang, un pensionado capitán del ejército del pueblo, intervino y con voz pausada, de maestro de escuela, le expresó:

─Un alumno de Confucio, llamado Tse-kung, le preguntó a su maestro acerca de cómo se legitimaria un gobierno y éste le dijo que todo era posible si existían suficientes alimentos, pertrechos militares y confianza. Tse-kung nuevamente le preguntó: ¿Y si hubiera de prescindir de dos de ellas? El gran Confucio le respondió: “Que sean los pertrechos militares y el alimento. Porque desde la antigüedad la muerte ha sido la suerte para todos los hombres. Pero si no existe confianza, entonces ya no hay modo que se sostenga nada”.

Jang ya no dijo más y se despidió del integrante de Los Cabezas de Serpiente.

Hu Luo ahora estaba a la espera del tiempo acordado para abordar el transbordador. A la medianoche seria sacado de la habitación y colocado en el camarote de los fogoneros de guardia. En el viaje lo acompañarían dos inmigrantes de Guangzhou, según le había revelado el tipo que lo enlazó dos días antes, de barba caprina, calvo y de orejas grandes y puntiagudas. Nunca se despegaba de su BlackBerry y constantemente texteaba sin utilizar el servicio de voz. En una furgoneta de tres ruedas, perteneciente a una empresa de estibadores de Nansha, lo recogió cerca del Museo Provincial de Guangdong, entre las calles de Wenming y Yuexiu.

Durante el recorrido de casi una hora, jamás cruzaron palabra. La furgoneta plateada se desplazó por el eje vial de Xinguang Expy ─construido en un segundo piso─, enlazó con la avenida Nansha, igual de rápida que la primera; descendió por un paso a desnivel, la Jingang, y concluyó su odisea en la carretera Gangqian. La puerta de acceso a la bodega de fertilizantes se abrió a través de un circuito eléctrico, activado desde la furgoneta, y ya en el interior, Hu Luo fue guiado a la habitación del segundo piso. El hombre simplemente le informó que regresarían por él en dos días para trasladarlo a La Diosa del Pacífico y desde la ventana le señaló con el dedo índice el transbordador azul índigo que destacaba en el muelle, en uno de los atracadores.

─Esa es La Diosa del Pacifico y tendrá dos compañeros de viaje ─le dijo en ingles antes de cerrar la puerta a sus espaldas y escuchar el correr del cerrojo. Lo habían encerrado con llave, como si se tratara de un prisionero de guerra o una mercancía negociable con sus familiares.

Hu Luo sintió una fuerte punzada en el abdomen y los riñones y tuvo que cambiar de posición. Las manos le sudaban y tenía la boca seca y amarga. Optó por ponerse de pie y dirigirse al sanitario. Ya en cuclillas y sobre la taza, no pudo contenerse y exhaló un profundo suspiro. Mientras defecaba, sintió la tibia presencia de las lágrimas que descendían por las ondulaciones de sus mejillas hasta estrellarse, en forma de copos transparentes, en la loza marmolada. Evocó a Xia Lu Di y le sorprendió, porque ella había sido asesinada cinco años antes, cuando Hu Luo celebraba su veintiséis aniversario de vida.

Capítulo II

Huayacocotla, la otra piel del calzado

gitanos

El 3 de noviembre de 1945 nació Martín Gabeta en uno de los recodos del llano grande. Su primer berrido se escuchó exactamente a la una treinta y tres de la mañana y Ana María Asunción Montoya, esposa de Higinio Castrejón, le dio la bienvenida. Todos los gitanos del campamento estaban atentos del parto, porque Lina Carmona, la madre, jamás conocería el destino final de su descendencia. Martín inclinaría la balanza a favor de los hombres y de paso, tendría bajo su sino el dejar viudo a Adonay, su padre, y huérfanos a sus tres hermanos y dos hermanastras.

Ana María, católica ferviente, tuvo la paciencia de medio hojear el catecismo del padre Jerónimo Ripalda y confirmar que el 3 de noviembre se conmemoraba el natalicio de San Martin de Porres: el misionero dominico, oriundo de Perú, que fue beatificado en 1837 por el Papa Gregorio XVI, casi doscientos años después de su muerte. Adonay no quiso saber nada del recién nacido y antes del amanecer, aún con el cadáver tibio de su esposa en el carromato de los Sandajé, huyó con sus cinco vástagos de Huayacocotla. “El hijo de Adonay y Lina ha dejado de ser gitano”, dijo con voz sombría el viejo patriarca de melena cana y ordenó que continuaran su marcha a Zontecomatlán.

La caravana, compuesta de cinco camionetas de redilas, exhibía viejas películas en blanco y negro y mudas e instalaba su campamento en las orillas del pueblo. No duraban más de dos días en cada lugar que visitaban. Las mujeres, ataviadas con sus faldones de satín de colores brillantes, mendingaban y ofrecían sus servicios como adivinadoras del futuro. En Huayacocotla les tenían estima porque jamás causaban camorras o robos y simplemente buscaban allegarse de un poco de comida y dinero para sobrevivir.

La familia Castrejón era su principal mecenas. Recibían sin pago costales de maíz amarillo, frijol negro, piloncillo y sal granulada, de la gruesa, y varias cajas de aceite comestible. También diesel para su transporte. Don Elfego, cabeza del clan, logró salvar su vida por el auxilio oportuno de uno de esos hombres errantes con un paliacate rojo a la cabeza. En el verano de 1939, un escorpión de cabeza colorada lo pinchó en el muslo derecho mientras dormía y Oscar Manuel, el primogénito, intentó llevarlo en su camioneta Ford V-8 a un hospital privado de Tulancingo. Durante el trayecto encontró a la caravana de gitanos que se desplazaban en destartaladas camionetas semicubiertas de lodo y uno de ellos, de apellido Sanromán, con su propia saliva maceró una rama de epazote, dos dientes de ajo y otras yerbas silvestres. La masa verdosa, de sabor amargo, terminó en el estómago del cacique. En menos de dos horas, la fiebre y los espasmos desaparecieron y don Elfego logró recuperar el conocimiento y la vista. Desde     entonces, todo gitano que se internara al territorio de los Castrejón recibiría ayuda material y el respeto de las autoridades municipales y los pobladores. El padre Guevara tuvo que ser tolerante, más conmiserativo y menos visceral en sus comentarios. Dejó de criticar en sus sermones dominicales las prácticas paganas de esa raza húngara que, en torno a una fogata, bailaba, cantaba y se emborrachaba durante las noches de plenilunio.

“Llévame con doña Clotilde”, ordenó Ana María a su chofer y capataz de la Quinta Los Tres Laureles.

El ronroneo de la maquina del jeep desencadenó una nueva andanada de ladridos. Dando tumbos recorrió las sinuosidades de la llanura y el recién nacido, envuelto en un sucio cobertor de tul escarlata, era ajeno a lo que ocurría a su alrededor. Dormía sin dejar de chupar sus pequeños y regordetes deditos. Ana María lo acunaba en sus brazos y cavilaba mientras se internaban entre el caserío del barrio de Agua Caliente.

“El chamaco va a conservar el Gabeta de su padre, señora? –preguntó Carmelo Torres, sin apartar la vista del parabrisas.

Ana María, murmuró, casi como un rezo:

“Martín Gabeta, siempre será Martín Gabeta y estará bajo mis cuidados, por ser mi ahijado. Higinio se alegrará porque siempre quiso tener un verdadero gitano en la familia. Ya lo tenemos”.

El cadáver de Lina Carmona quedaría bajo el resguardo de los Castrejón, por pedimento del patriarca. El juez de paz, por instrucciones de Ana María, sería el encargado de hacer todo el papeleo oficial y organizarle un sepelio decente antes de ser trasladado al panteón municipal. Martín Gabeta cuando cumpliera los diez años conocería los pormenores de su nacimiento. Junto al cadáver de su madre enterrarían el ombligo y los trapos de sangre que se utilizaron durante el parto.

“Quiero que le digas a Rocío que me lleve una ramas de fresno  para que doña Clotilde las hierva y bañe al bebé antes del mediodía, no quiero que se me enronche”, ordenó Ana María. Su cabello largo, muy negro, caía libremente hasta la cintura, sobre el rebozo de encaje que tejió, al lado de otras mujeres casadas, en el curato de la iglesia del apóstol Pedro. Sus rasgos españolados, de mejillas hundidas y pómulos saltones, resaltaban la carnosidad de sus labios granate y unos ojos oblicuos, grandes, de un azul cielo refulgente.

“Está precioso el chamaco, señora, será fuerte y recio como Adonay”, dijo el capataz y dejó al descubierto sus dos incrustaciones de oro blanco.

“Ojalá y no herede de él su cobardía y alcoholismo”, dijo Ana María y sonrió al mirar la carita aceitunada, redonda, de Martín, semejante a uno los angelitos pintados bajo los pies de la Virgen de Guadalupe.

Eso pensó ella en el instante mismo de recular el jeep al detenerse frente a una de las casas de madera renegrida con techo de tejamanil de dos aguas y un patio pelón al frente, cercado y sumergido en una pesada niebla azulosa. Carmelo bajó el vidrio de la ventanilla y gritó en tres ocasiones el nombre de doña Clotilde.

“Ya oí… ya oí… no hay porque hacer tanto escándalo”, atronó una voz cascada, de gallina cloaca, desde el interior de la vivienda.

“Ya le trae el chamaco la patrona, doña Clotilde”, informó Carmelo antes de descender de la unidad.

“Pos muy a tiempo, porque Micaela ya tenía las dolencias en los pechos por tanta leche acumulada”.

La luz de los fanales le dio presencia a la anciana, envuelta en un grueso jorongo negro, de lana. Arrastraba los pies al caminar y se ayudaba con un grueso bordón de cedro laqueado, regalo de Ana María. En esos instantes, Martín Gabeta empezó a lloriquear y sus berridos alcanzaron a oírse hasta el campamento gitano, en pleno llano grande.

everardo-monroy*Everardo Monroy Caracas. Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, estado de Veracruz. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder,El Difícil camino del poder, Tepoztlán: Cuadrónomo extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto día del séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al gobernador, Fusilados y El Chacal de Pie IX. Actualmente radica en Canadá.