Amaranto en Venecia


Tu eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas,

Por eso es que este hachazo nos sacude.

Jaime Sabines

Everardo Monroy Caracas/ A los Cuatro VientoS*

La ciudad, a vuelo de gaviota, es un saurio de rocas y dolomita en permanente reposo. Los antiguos colosos la armaron con ciento veinte repollos minerales y hebras del mar Adriático y se convirtieron en arterias de vida y movimiento ciento setenta y siete junturas de aguas calmas, dóciles. Después llegarían los orfebres, carpinteros, escultores, herreros, albañiles y arquitectos y proseguirían la obra de aquellos gigantes extinguidos. El saurio, ya vivificado y vigilante, tomaría el nombre de Venecia y recibiría sobre su lomo plagado de cruces y gabletes, la calidez de los espíritus errantes y aventureros. El viento de los Pirineos, como una peineta ingrávida y con la ayuda de los Silfos, mesaba la cabellera de vírgenes y mancebos.

Venecia es un cofre lleno de fragancias antigüas y recuerdos voluptuosos. Por sus estrechos callejones embaldosados y puentes de diadema, los edificios medievales se reflejan en las aguas contaminadas del gran canal. Sus fachadas góticas cinceladas por maestros florentinos hacen gala de una belleza arquitectónica deslumbrante. Los tímpanos, jambas, arquivoltas, murallas vermiculadas y contrafuertes ciñen los enormes pórticos y los ventanales en forma de aguja. En algunos balcones con maceteros modernos toman el sol hombres y mujeres mayores. Parvadas de tórtolas turcas revolotean la ciudad y los niños las alimentan con arroz triturado en la Plaza de San Marcos ante la curiosidad de los comensales que beben café y vino bajo los paraguas tornasolados de los restaurantes.

Los gondoleros van y vienen por todas las arterias fluviales con su carga multiétnica. Unos accionan sus cámaras de video, principalmente los gringos y japoneses, y otros, la mayoría, beben vinos italianos y franceses de los viñedos de Champagne. Las botellas Dom Pérignon y Chianti toscano tienen mayor demanda entre los enamorados.

En una de las góndolas recién calafateada viaja Josefath Katz. Bebe un tinto piamontés, regalo de don Ángelo Calvino, hacendado de Córcega y amigo de la familia. Es indiferente a su entorno y al chapaleo metódico del remo. Los gritos acalorados de una pareja tailandesa, que se desplaza en otra barca alertan a los policías y hacen sonreír a lugareños y turistas, menos a Josefath Katz.

El argonauta cenceño, apostado a sus espaldas, canturrea en voz baja y sigue con la mirada a los transeúntes que curiosean en los barandales de piedra. Algunos infantes lanzan escupitajos hacia el agua y corretean por los puentes y banquetas. No atienden los regaños escandalosos de los tenderos.

—¿Nos salimos antes siñore, para cortar por el puente de San Polo ? —el remero abanica su cara barbada con la gorra de marinero.

—No, siga hasta la salida y entre por el canal que nos lleva a la entrada del Palacio Dux.

—Podríamos detenernos unos momentos en la isla de San Giorgio Maggiori, ahí podría comprarle unos recuerdos a la novia…—sugirió el remero.

—Haga lo que le digo, por favor —la voz impersonal de Josefath Katz marcó el futuro de la conversación.

Por la forma de vestir y hablar, el gondolero supuso que aquel hombre era originario de algún país latinoamericano. Tal vez de Colombia o el caribe. La forma como pronunciaba el italiano así lo evidenciaba. Josefath Katz iba enfundado en una camisa de algodón, floreada y con cuello Mao y unos pantalones holgados, de manta color canela. No traía calcetines y calzaba mocasines Gucci. Los lentes Rabanne realzaban la fuerza de las mandíbulas y la carnosidad del labio superior bordeado por un bigote grueso y pulcro. No cargaba cámara fotográfica o algún portafolio que permitiera suponer el verdadero motivo de su presencia en Venecia. Simplemente lo abordó en la estación del ferrocarril de Santa Lucía y le ofreció quinientos dólares para que lo trasladara sin carga adicional a la zona de Castello.

La góndola se detuvo a un par de metros del Puente del Suspiro y Josefath Katz sin despedirse saltó hacia la pequeña saliente de cantera del Palacio Ducal. El pórtico estaba abierto, lo cruzó y llegó al salón de los elevadores y la escalera de mármol. En el rellano se encontraba una vendedora de flores, sexagenaria y sordomuda. Le ofreció un ramillete de gladiolas azules. Se quedó con el brazo extendido ante la indiferencia del recién llegado. Josefath Katz ascendió los escalones a pasos rápidos y sin fatigarse alcanzó el tercer piso. El e-mail enviado por la abuela decía claramente que el departamento se encontraba en el 309 del edificio cercano a la antigua sede del poder judicial de Venecia. Casi en penumbras emprendió la búsqueda de la puerta con el número deseado. Recorrió el pasillo de altos muros y ventanales circulares que daban al canal. Todo era austeridad y olor a madera podrida. Se detuvo frente a una puerta negra con una máscara de bronce a la altura de su pecho. La cabeza de un águila leontocéfala cubría la cerradura. Josefath Katz la hizo girar en el mismo sentido de un segundero e introdujo la llave. Una oleada de esencia de amaranto le refrescó el rostro. Lo primero que divisó fue la ventana del balcón que estaba abierta y las delgadas cortinas de encaje veneciano que ondeaban a cada sacudida del viento. Ese hecho le confundió. ¿Por qué el olor a amaranto predominaba en la habitación, si estaba oreada y los aires salinos del Adriático entraban y salían con libertad? ¿Estaría ahí la abuela? Tenía ocho años de no verla y sólo se comunicaban por Internet y en algunas ocasiones por vía telefónica. De Canadá se trasladó a Venecia y le dio sus razones antes de abordar un crucero en Nueva York: había elegido esta ciudad lacustre para su exilio definitivo.

El orden predominaba en el salón tapizado de maderas de las indias y caoba. Los muebles eran artesanales, sin tallar ni laquear, y sólo estaban bañados con una especie de cicuta que impedía la proliferación de las termitas. Algunas reproducciones prehispánicas y de escultores italianos del siglo XV acortaban el espacio. Colgaban en la pared, al lado de un librero atiborrado de volúmenes y folders atados con ligas color carne, sendas fotografías en blanco y negro del David y el Moisés de Miguel Ángel. Una pintura al oleo presentaba a una mujer blanca, de cuerpo y cara agradable, sin ropa. El artista que tuvo el privilegio de elaborar el cuadro hizo una exacta imitación de La Maja Desnuda de Francisco de Goya. Josepth Katz conocía la obra plástica por ser él quien contrató al pintor canadiense, en una de las galerías de Montreal. La abuela determinó la forma y el lugar donde Michael Carrington realizaría el trabajo. Un mes después, la abuela iniciaría un contradictorio romance con el pintor. El asunto terminó tres semanas más tarde, con tintes casi trágicos: Carrington tuvo que ser trasladado de emergencia a un hospital de San Francisco, California, donde celebraban una especie de luna de miel, por un ataque de hiperglucemia.

Enrico, hermano de don Ángel Calvino, eterno enamorado de la abuela, acudió al rescate de la atribulada y enérgica mujer y en vuelo privado retornaron a su refugio de Ottawa. Enrico traficaba con piezas arqueológicas del Cairo y pasaba largas temporadas de descanso precisamente en Sausalito, a doce kilómetros del Golden Gate de San Francisco. Era un año menor que el patriarca de los Calvino y sin ningún pretexto acató el favor solicitado desde el viñedo familiar de Córcega. Josefath Katz sabía los pormenores de la historia, pero en esos momentos su preocupación era otra: acudir al llamado de la abuela y convencerla de que regresara a América donde radicaba el grueso del clan. En Canadá, Estados Unidos y México tenían propiedades y parientes o existían centros de atención y convivencia para personas mayores. Ella tendría la última palabra.

—Mamá, mamá, ya estoy aquí —repitió con un dejo aprensivo.

Desde pequeño llamaba mamá a la abuela. Nadie respondió. Husmeó en las dos recámaras, el comedor y la cocina y no encontró rastros de ella. En el canastón de mimbre, colocado al centro de la mesa, los mameyes, plátanos y papayas habían entrado a un proceso de descomposición. Aún así predominaba el olor del amaranto. En la habitación de la abuela, perfectamente ordenada, estaba encendida la lámpara del buró junto al retrato de él cuando niño, envuelto en una toalla blanca. La cama presentaba la huella de alguien que se había recostado sobre el edredón azul marino. Volvió a llamarla y el silencio continúo imponiéndose. Al mirar hacia el lugar donde estaba el tocador empotrado al muro, se vio reflejado en la media luna. Bajó la vista y sobre la repisa cubierta de pomos de esencias, unguentos rejuvenecedores y maquillajes, se encontraba un puñado de hojas blancas mecanografiadas. Lo venció la curiosidad.

Recostado en el lecho y aluzado con la lámpara de porcelana, regalo de una tía de Chopeque, empezó a leer lo que seguramente había escrito la abuela. El perfume de amaranto lo perturbaba.

everardo-monroyEverardo Monroy Caracas. Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, estado de Veracruz. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder,El Difícil camino del poder, Tepoztlán: Cuadrónomo extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto día del séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al gobernador, Fusilados y El Chacal de Pie IX. Actualmente radica en Canadá.