Evitemos el país de cínicos

Los fabricantes de pañuelos desechables podrían hacer pingüe negocio vendiéndolos a los grillos panistas y priístas hechos mar de lágrimas por el derribamiento de la estatua de Juan Camilo Mouriño el 14 de diciembre en Campeche, que si bien se ve es simplemente ajuste popular de cuentas por el agravio a los héroes nativos y revolucionarios que fue colocarla en el paseo urbano en memoria de éstos, sólo porque ese español multimillonario gracias a la corrupción institucional fue –por lo visto– amigo íntimo de Felipe Calderón, tan íntimo que le penetró el alma. Parece que lo mismo gozaron todos los que en el Congreso lloran a lágrima viva por ese que lamentan como “atentado” imperdonable que, exigen, no debe quedar impune

Moisés Edwin Barreda / Silabario de política

Evidencia adicional a tantas que nos abruman, de la falta de moral y sentido común en los practicantes de la grilla nacional, insignificante por cuanto a su razón de ser, colosal por lo que representa el amarillo –chino– dirigente estatal del blanquiazul, Erick Stefan Chong González, es su petición al gobierno de Campeche, a aplicar la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, pues si no lo hace “será cómplice por ser omiso en la impartición de justicia y garantizar el estado de derecho”. Igual de vergonzante es que los diputados locales priístas y panistas le hacen segunda.

Sustituir el busto del amiguito de Calderón con una cabeza de cerdo es nítida expresión –puerqueza– de desprecio al cariño excesivo de Felipe Calderón Hinojosa a ese beneficiario del tráfico de influencias –que le redituó enriquecedores negocios con Pemex– exhibido por el entonces presidente al mandar hacerlo y ponerlo entre héroes como el grandioso Jacinto Canek.

Ese acto de cólera, mínimo en comparación con la que podría darse  cuando llegue al máximo de vapor la olla de presión en que convirtieron a México los corruptos pillastres que secuestraron desde 1913 las riendas del poder público y económico, se veía venir desde que hace dos años, integrantes del Frente Campesino Independiente Emiliano Zapata protestaron por la consumación de ese agravio y blanquillearon –huevearon se oye feo– el busto, como se insultó a la locutora Adela Micha.

Estuvo a tono con el aniversario del asesinato de Jacinto Canek (Jacinto Uc de los Santos) el 14 de diciembre de 1761, sólo por el grave delito de luchar por quitarles a los mayas el yugo de la perversa Casta Divina.

Y si Calderón se excedió en audacia al colocar el busto tallado por la perversidad, junto al altar que la patria levantó a Canek, los mexicanos –yo soy súbdito de Extranjia– se excederán de pasivos, de agachones si no se suman a la revolución pacífica actual de los jóvenes y adultos en #YoSoy132, las organizaciones sociales que tanto se necesitan para acabar con el hace mucho tiempo intolerable despropósito  que es, entre otros, el aumento ridículo a los salarios mínimos de dos pesos 10 centavos, que marca el tope para el incremento a los contractuales.

Ésa es la única manera de detener la rauda marcha de México hacia convertirse en el país de cínicos augurado por los ladridos desde la Colina.