Un suicidio de altura

Soy uno más de los cuatrocientos asistentes. El teatro está a su cupo y la obra de Hugo Salcedo me impulsó a tomar esta dramática decisión: arrojarnos desde el mirador de la Bufadora, sin mensaje póstumo.

Everardo Monroy Caracas */ A los Cuatro Vientos

 — ¿Qué le pareció, Arnulfo? –oí la voz chillona de la maestra Reina, que tenia la manía de empujar sus espejuelos con el dedo índice.

–Dramática, violenta, amarga…

–Si, tienes razón, La Bufadora es una obra menor del maestro Salcedo, pero nos hace reflexionar… Es una tragedia griega…

El teatro universitario Benito Juárez es un morrión de piedra semicircular. Una semana antes se había inaugurado, el 27 de octubre de 1995, y esa fecha difícilmente la olvidaría: durante la mañana, el doctor Silverio Vega me reveló en su consultorio que los estudios clínicos no mentían. Se confirmaba la presencia del cáncer de páncreas.

Mis planes de matrimonio quedaron truncados y en diciembre abandonaría la cátedra. El duro tratamiento de quimioterapia estaba por iniciarse. Solo conocían el asunto el oncólogo, la enfermera y el laboratorista del hospital de Tijuana. Ni Argenta lo supo.

–Cuide esa salud –me dijo el gobernador Héctor Terán cuando estrechó mi mano.

El rector Luis Javier Garabito solo arrugó el entrecejo y apretó los labios. Sin embargo, antes de abordar su automóvil, aparcado en la Segunda, me hizo una señal con la diestra para que me acercara. El gobernador y su comitiva ya se habían retirado.

–Si necesita unas vacaciones, dígamelo maestro Reyes. La filosofía me lo está consumiendo…

Intenté decirle que horas antes de asistir a la apertura del teatro, recibí la fatal noticia de mi enfermedad y desde entonces ya no tenía alma. Estaba abatido. Solo alcancé a murmurar:

–No, gracias licenciado, es algo que comí anoche y no me cayó bien…

Una semana después, hundido en la miseria del miedo y el encono, me vi obligado a asistir al teatro y ver La Bufadora: drama de una pareja que se conoce en el geiser, en Punta Banda, y deciden juntarse y tener un hijo. Un día se separan y ella arroja al bebé en el vertedero de rocas y olas. Termina en prisión y se ahorca. Su hombre, que dejó de ver durante veintitrés años, muere de cáncer. Hay un reencuentro rulfiano en La Bufadora, a casi treinta kilómetros del puerto de Ensenada, e intercambian reproches y recuerdos.

–¿Y como está Argenta? –Reina seguía en la misma butaca, toqueteándose los lentes y salpicándome de saliva.

–Está en San Diego con sus padres, regresa en enero…

–Ya los quiero ver casados, Arnulfo, hacen bonita pareja…

En un acto de cinismo quise confesarle que Argenta me aguardaba en trozos, en el refrigerador de mi casa de Valle Dorado. La obra de Salcedo había resuelto el desenlace de nuestra triste historia de amor. Sería un suicidio de altura.

*Everardo Monroy Caracas. Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.