Luna negra: El infierno de los niños.

 Cuando se muere la carne/ el alma busca en la altura/ la explicación de su vida/ cortada con tal premura:

Rin de Angelito/Violeta Parra)

Olga Alicia Aragón Castillo/ A los Cuatro Vientos 

Hay niñas y niños que al momento de nacer caen en el infierno.

El horror que sufren en su corta existencia, es inconcebible. Sometidos a actos de crueldad y violencia inaudita, son víctimas de los arranques de ira, de las perversiones, de los malignos efectos de las drogas, de las amargas frustraciones y la prepotencia criminal de los adultos.

Peor aún, el infierno está en sus propios hogares y, paradójicamente, los agresores suelen ser las personas que debieran protegerlos y amarlos: sus padres o sus abuelos, seres queridos cercanos.

Muchos de esos pequeños pierden la vida en la etapa más vulnerable de su existencia, justo cuando requieren más amor y protección, a escasos días, semanas o meses de haber nacido o cuando apenas empiezan a caminar y aprenden sus primeras juegos y cantos. Otros logran sobrevivir a la primera infancia, pero siguen padeciendo maltratos que los llevarán a la tumba antes de alcanzar la pubertad. Aquellos que se salvan de la muerte no salen ilesos, llevarán para siempre el alma envenenada.

Sobran razones para indignarnos por la violencia desatada en nuestro país a partir de que Felipe Calderón Hinojosa declaró la guerra al narcotráfico, motivado únicamente por una grosera intentona de legitimarse en el gobierno ante las fuertes acusaciones de haber usurpado la presidencia mediante el fraude electoral.

Como resultado de esa torpe guerra estallada sin la menor estrategia de inteligencia de estado y sin un plan militar y policiaco preconcebido, el país está ahogado en sangre.

Más de 70 mil seres humanos han sido decapitados, acribillados, estrangulados, destazados, incinerados y disueltos en ácido. Esa cifra, sin embargo, pudiera duplicarse si consideramos válida la declaración del secretario de Departamento de Defensa norteamericano, León E. Panetta, quien aseveró en marzo pasado que ya ascendía a 150 mil la cantidad de personas asesinadas en México durante el sexenio. El funcionario estadounidense dijo entonces que fueron los mismos representantes del gobierno mexicano los que le revelaron ese dato en un acto de sinceridad y cercanía.

El gobierno de Calderón se ha negado a informar con cuántas de esas víctimas son niños y adolescentes, pero la Red  por los Derechos de la Infancia en México (Redim) informó hace un año, en octubre del 2011, que tenía registrada en su contabilidad la cifra de 1,400 niños ejecutados. Las víctimas más inocentes de esta estúpida guerra.

Hay motivos para horrorizarnos. Es cierto. Con justa razón decenas de miles de ciudadanos mexicanos están demandando ante la Corte Penal Internacional que Felipe Calderón, junto con los altos jefes policiacos y militares de su gobierno, sean juzgados al igual que los capos de los cárteles del narcotráfico, como los responsables de esta masacre genocida.

Pero aún cuando se lograra un acto de justicia de semejante magnitud, muchos crímenes que a diario se cometen en contra de la población infantil seguirán impunes, porque en nuestro país se ejerce soterradamente una violencia criminal en contra de nuestros niños y niñas, perpetuada en el seno mismo de las familias. Provoca náuseas la complicidad entre cónyuges, hermanos, abuelos y demás parientes, frente a la violencia que en millones de hogares mexicanos se ejerce contra los más seres más indefensos.

El dato es terrible:

En México, en los últimos treinta años, han sido asesinados diariamente dos menores de 14 años, a causa de agresiones severas de sus propios padres o familiares cercanos. Más de 23 mil inocentes inmolados. Y la matazón sigue.

De hecho, en América Latina cada año mueren por esta causa 80 mil niños. Es la región más peligrosa del mundo para la niñez. Y es en México donde se registran los peores índices de violencia intrafamiliar.

Baja California no es la excepción. Tampoco Ensenada. De hecho, no hay semana en que dejemos de enterarnos a través de los medios de comunicación de dos o tres casos de violencia extrema, de violencia criminal que termina con la muerte de un niño o niña que antes de ser privados de la vida sufrieron golpes, violaciones sexuales y torturas inconcebibles.

Desde sus tumbas claman justicia los pequeños que ya murieron. Y en el silencio cómplice de cada hogar, la muerte asecha.