La ciencia ante la sociedad: entre la esperanza y la sospecha

Joaquín Bohigas Bosch / A los Cuatro Vientos

Desde 1997, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) realiza encuestas bianuales sobre la percepción de la ciencia y la tecnología (CyT) entre la población urbana en México, que hoy es el 78% del total. La última se efectúo en 2011 y arrojó resultados parecidos a las anteriores.

En estas encuestas lo primero que destaca es el poco interés en informarse en temas culturales, particularmente los relacionados con ciencia y tecnología. Cerca del 80% de los encuestados no lee artículos relacionados con CyT. De hecho, más de la mitad de los encuestados no lee periódicos o revistas, quizá porque la lectura es un lujo para la mayor parte de los 60 millones de compatriotas que viven en la pobreza. Pero esto último no justifica que 90% de los encuestados no escuche programas de radio sobre CyT y 60% no vea programas de televisión sobre estos temas, porque casi todos ven televisión y las tres cuartas partes escucha la radio. El uso de Internet ayuda a despertar la curiosidad, aunque tampoco de manera sobresaliente. Del 55% de la población urbana con acceso a Internet, cerca de la mitad consulta temas científicos, tecnológicos, sociales y educativos.

Sorprendentemente, la cultura científica y tecnológica de los encuestados no refleja este enorme desinterés en estos temas. En promedio, casi 60% de los encuestados respondieron correctamente a las 20 preguntas que les hicieron sobre diversos temas científicos y tecnológicos, como la determinación del sexo del bebé (64% correcto), el tamaño relativo de los electrones (43%), la gran explosión (59%), los poderes psíquicos (44%), la tectónica de placas (82%) y la evolución de las especies (60%).

La mayor parte de la humanidad sigue creyendo que el ser humano no es otro de los resultados de la evolución de las especies, teoría científica creada por el naturalista inglés Carlos Darwin, al que se caricaturiza en este dibujo del siglo XIX.
La mayor parte de la humanidad sigue creyendo que el ser humano no es otro de los resultados de la evolución de las especies, teoría científica creada por el naturalista inglés Carlos Darwin, al que se caricaturiza en este dibujo del siglo XIX.

También hay resultados inesperados cuando se hacen comparaciones con otros países. Por ejemplo, México ocupó el lugar 50 en un examen de ciencias que le hicieron a estudiantes de 65 naciones. En contraparte, 60% de los mexicanos piensa que los seres humanos somos resultado de la evolución, un porcentaje muy cercano al de países con excelentes índices educativos, como Suecia y Japón, y muy por encima de los Estados Unidos, donde casi la mitad de la población acepta la versión bíblica, y del promedio de 23 países en donde hicieron una encuesta sobre creencias religiosas.

Dada la pobreza de nuestro sistema educativo y considerando que las dos terceras partes de la población no aprende CyT usando medios escritos, radiales, televisivos o informáticos, solo cabe imaginar que estos relativamente exitosos resultados son fruto de un sistema educativo informal, la voz del barrio, y más perspicacia y sentido común de lo que imaginamos. La población está más atenta e informada sobre ciencia y tecnología de lo que parece.

En cuanto a su percepción, la mayoría opina que la CyT transforman demasiado rápido su modo de vida, que el desarrollo tecnológico origina una manera de vivir artificial y deshumanizada, que los científicos son peligrosos por el poder que les proporcionan sus conocimientos y que las autoridades deben obligarlos a observar un comportamiento ético. Asimismo, opinan que las prioridades de la investigación reflejan los gustos personales de los científicos, más que las necesidades de la sociedad.

La mayoría de los mexicanos también cree que la CyT son esenciales para el crecimiento económico, que la investigación básica debe ser apoyada aunque sus beneficios no sean inmediatos, que debe haber más inversión y más gente trabajando en CyT. Sorprendentemente, 22% de los que estudian y 78% de los que no estudian, desean ser científicos o ingenieros.

Ésta doble personalidad social, éste miedo y ésta fascinación hacia la ciencia y la tecnología, ocurre en todos los países, entre todas las clases y en todos los niveles educativos. En condiciones normales, el medio es estable y la mejor estrategia de supervivencia es evitar cambios rápidos en el modo de vida, como los que hoy en día genera la CyT. Por otra parte, son cambios que, al menos hasta ahora, han mejorado radicalmente la calidad de vida de nuestra especie. De ahí la duda, la dicotomía, el frágil equilibrio entre el rechazo y la entrega, entre la esperanza y la sospecha.

La esperanza llegó con el proyecto de presupuesto de egresos para 2013, donde el monto dedicado a CyT aumenta 15% , casi 7 veces más que el presupuesto global. En total, programan gastar 33 mil millones para investigación científica, mil en desarrollo tecnológico, cerca de tres mil en servicios científicos y tecnológicos y otros 10 mil en innovación. Es posible que el gasto en CyT exceda el 0.4% del producto interno bruto del próximo año, un porcentaje pequeño pero cercano al máximo histórico.

Primera ceremonia de “inauguración” del Gran Telescopio Milimétrico.
Primera ceremonia de “inauguración” del Gran Telescopio Milimétrico.

La sospecha llegó con el noticiero de López Dóriga, en el que persuasivamente  argumentan que el Gran Telescopio Milimétrico es un engaño que ha durado casi dos décadas y nos ha costado mas de cien millones de dólares, sin haber producido un resultado científico. La respuesta de los que hoy están a cargo del telescopio es pobre, insuficiente y hasta cierto punto falaz, como le consta a la comunidad de astrónomos que presenciamos con desagrado el nacimiento y desenvolvimiento de este proyecto. Los astrónomos, la comunidad científica y la población que pagó por este telescopio, merece una explicación clara y honesta sobre su origen y desarrollo, y espera que pronto empiece a arrojar resultados científicos. Para que la sospecha no se coma a la esperanza.