El eco de los moribundos y enamorados (Suicidio en Atenas)

¿Dónde empieza la vida y dónde concluye? Los tiempos pasan sin darnos cuenta. Hay quienes contaron las noches y los días porque construyeron espejos de carne y hueso, sin entrañas e ideas desiguales: la descendencia. Ahí empezó su tragedia. Los trozos de cristal reflejante jamás se desarrollaron en libertad porque imaginaron que su media luna –nuestro ancestro directo– representaba el corazón de Narciso, hijo de Cefiso, heredero de los ríos infinitos, y de una ninfa de cascos ligeros, poco inteligente.

Everardo Monroy Caracas*/A los Cuatro Vientos

  Ahora me doy cuenta de nuestra desgracia y nada se puede hacer porque hemos rebasado el límite permitido: después de los 50 años hay que prepararnos para el buen morir: construir aliados y amigos para no depender de los errores inmediatos en la despedida obligada. El único ser que desconoce estos menesteres es el militante de alguna iglesia, Organización no Gubernamental  o partido político. El poder de mando lo hace tan terrenal que termina pintándose el pelo para engañar a la muerte. Es la o el enamorado suicida de Narciso. Una especie de Eco –representando a un personaje suicida– que jamás defenderá el verdadero significado de la vida, porque anheló al otro sin darse cuenta de su existencia. Solo su voz, el eco, es parte de esa maldición interminable.

Después Némesis, la política incomoda del imaginario griego, haría de las suyas y nos convertiría en diminutos egocéntricos de la palabra y la imagen, sin derecho a pensar. Ella vengó a Eco y nos convirtió –y me apunto—en los maniquíes de la locura y la soledad. Ahora tenemos que navegar a través de Twitter y Facebook para encontrar el reconocimiento público y masturbarnos sin exclamaciones de furia o de reproche (y no me refiero a la manía necesaria de Onán, sino a la búsqueda de nuestros propios placeres visuales y terrenales. El cielo deja de tener sentido y los Dioses del Olimpo asumen el papel de justicieros).

En invierno, los arboles se despeinan hasta quedar semicalvos. Es la furia del tiempo que hace su parte y así nos expone a quedar paralíticos y ganosos. Némesis transita de noche y marca su ira en cada rostro deseoso de permanecer en la tierra. No hay huella de nada, ni la descendencia construye su presente, porque apela al pasado. Nuestras pisadas irremediablemente quedaran sepultadas con la nieve. Ahí nos ahogaremos con lágrimas de sangre, como en una sábana mortuoria robada en algún frigorífico del Forense. Los arácnidos impregnados de formol brotaran de las bocas abiertas, beodos y felices porque podrán reinventarse en el basurero del cementerio.

Montreal ahora agoniza y construye sus tapices de cabelleras rubias. Entreteje de hojas oxidadas las escalinatas del olvido. Narcissus, no Narciso, está por arribar bajo la espesura de los calores encendidos. El ciclo se repite y no faltará su contraparte. Todo empieza con la voz y termina con el silencio. Queda el olor de vida, de fragancia joven, de dedos limpios y frescos que nos enseñan a no olvidar, pero nos queman el corazón hasta convertirlo en un puño de silicio azuloso, volcánico, que difícilmente logra diseminarse sobre las banquetas.

¿Por qué Eneida optó por abandonarme?

Mientras caminaba a la vera del rio Cefiso, en Atenas, difícilmente podría entender el por qué Eneida había optado por abandonarme. Tardamos cuatro años para materializar este viaje, pero al arribar a la avenida Akidimias, donde se encuentra el hotel contratado por la agencia, las cosas tomaron otro derrotero. Dejé de ser importante en su vida y ella desapareció. (Pienso: “En una semana retornaré a Montreal y difícilmente superaré esta situación”).

Ni ánimos me quedan para treparme al monte de Lykabettus, en el corazón de Atenas, y de ahí, de acuerdo al itinerario planeado, descender por el lado sureste de la ciudad e internarme al otro importante mirador natural: El monte de Filoppapou, a un costado de las ruinas de la Acrópolis. En nuestra recámara habíamos colocado un enorme cartel del Partenón, regalo de uno de sus compañeros de trabajo. Ella era cajera del supermercado Metro de la avenida de Cote du Neige.

–Hay un teatro que se construyó en la antigua roma –me dijo aún desnuda tras abandonar la tina y dejar que su espeso cabello de diosa griega se desplazara libremente, chorreando, a lo largo de sus hombros y espalda.

–Algo leí, es el Odeón, construido por el cónsul romano Herodes Ático…Esplendido, vale la pena visitarlo–dije.

Yo seguía frente a la computadora, terminando de revisar un texto sobre gastronomía rusa que enviaría a México.

¿En qué pensaba ella en esos momentos? ¿Por qué hacerme creer que el viaje seria compartido, si en realidad me abandonaría al llegar a Atenas? Tal vez los infiernos del remordimiento la confrontaron esa noche, cálida en nuestra recámara y helada en los rincones de la ciudad. Hizo que reafirmara mi virilidad de una manera portentosa, poco común. Trasudó cada milímetro de nuestra piel. Los gemidos se esparcieron como mariposas enloquecidas. Por lo mismo, la vieja china Lu, nuestra curiosa vecina, al día siguiente nos miró con cierto libido y complicidad.

Ahora todo era distinto. Nada me interesaba. ¿Dónde empieza la vida y dónde concluye? Fue mi única pregunta sin respuesta. Era una pilastra humana de policarbonato que había decidido recorrer la avenida Kifissou, a la orilla de aquel trozo de rio, y pagar mi afrenta bajo sus aguas sulfurosas y oscuras. Mi comportamiento no había sido el correcto al ser tocado por la maldición de Narciso. No estaba dispuesto a inmortalizarla bajo el yugo de la desdicha. Ni ser víctima perenne del eco mortal de los moribundos y enamorados. Me quedaría en Atenas para siempre.

*Everardo Monroy Caracas. Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.