Juan José Arreola, orfebre de palabras. A once años de su partida

 Este lunes 03 de diciembre conmemoramos el 11° Aniversario luctuoso de Juan José Arreola, escritor que reconocía el sarcasmo y lo irónico como las principales características de su obra. Arreola alguna vez expresó que lo único que lo disculpaba de ese afán de convertir en sus relatos  en marionetas o monigotes a las personas, era que él mismo se había convertido en el principal objeto de esos sarcasmos.

Enrique Velasco Santana* /A los Cuatro Vientos 

Sin embargo, he aquí lo importante, lo esencial en este notable escritor de Jalisco, nacido en Zapotlán el Grande, hoy Ciudad Guzmán, en 1918, el “repetir las palabras de los desposeídos tiene el valor de un alegato a favor de su causa”. Pero además de esta perspectiva social, en la prosa de Arreola los temas preferidos han sido el amor, los problemas relacionados con la falta de comunicación entre los seres humanos y la certeza de que el caos del universo, además de ser insondable, carece de solución, lo cual no implica que no sea susceptible de ser gozado.

         Un dato revelador acerca de la personalidad de Arreola, considerado por muchos como uno de los mejores cuentistas mexicanos de los años recientes, es que fue autodidacta, aprendió a leer de oídas: “Durante los únicos cuatro años que cursé la instrucción primaria tuve la fortuna de encontrarme con maestros admirables que me inclinaron a la literatura, porque ellos la amaban –ojo, maestros-, mediante la composición, la lectura y el aprendizaje de versos”.

Juan José Arreola, quien falleció en 2001.

        Aprendiz de encuadernador a los doce años, desempeñó en sus mocedades el oficio de vendedor de mostrador. Así, en Ciudad Guzmán, después en Guadalajara, luego en Manzanillo y por fin en el Distrito Federal, trabajó en tiendas de ropa, abarrotes y en algún tostador y molino de café. Llegó el año de 1936 y siendo ya un joven de 18 años, se inscribe en la Escuela de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes, en donde entre sus maestros se cuentan Fernando Wagner, Rodolfo Usigli y Xavier Villaurrutia.

         Después de la publicación en 1943 de su primer cuento, Hizo el bien mientras vivió, que figura en el libro Varia invención, (1949), fue a París, donde estudió actuación y declamación, y además actuó como comparsa en la Comedia Francesa, becado por el Instituto Francés de América Latina. A su regreso a México actuó y dirigió, junto con Héctor Mendoza, programas teatrales de “Poesía en voz alta” (1956).

         En cuanto a la difusión de la literatura, fundó y dirigió hasta el número 50 la Colección Los presentes, la Colección Cuadernos y libros del unicornio y las ediciones y la revista “Mester”, de su taller literario, el primero en su género. Resulta notable el hecho de que este hombre de letras que se asumía como autodidacta participó en la edición de publicaciones de relevancia nacional, participó además en conferencias, congresos, seminarios y llegó a ser catedrático en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

         Su obra literaria aunque escasa, ha alcanzado numerosas ediciones y ha sido traducida a varios idiomas. En ella sobresale  la novela La feria (1963), la cual es una narración fragmentaria, como una suerte de “rompecabezas”, en la que se cuentan historia, tradiciones y costumbres de Zapotlán el Grande. Esta obra lo hizo acreedor al Premio Xavier Villaurrutia de 1963.

         Respecto a La feria, el crítico Emmanuel Carballo anota: “Se trata a un tiempo de una novela de un solo personaje y de una novela de 30 mil personajes. De un solo personaje, si se toma en cuenta que Arreola se interesa por la historia del pueblo más que por las abundantes historias individuales. Las personas cooperan a la altura de sus limitaciones, a dar vida a un pueblo como todos los pueblos (al rehuir lo típico y consignar lo genérico, Arreola deja atrás el regionalismo, el nacionalismo y entra de lleno en el arte universal.) De 30 mil personajes, si atendemos a las voces (vocecitas y vozarrones) que pugnan por ser escuchadas.”

La obra de un autodidacta de poderosa imaginación

         “Confabulario total 1941-1961” contiene los libros Prosodia, Bestiario, Confabulario, La hora de todos y Varia Invención. En el género de ensayo publicó La palabra educación (1973).

          Entre otros reconocimientos se le otorgó el Premio Nacional de Lingüística y Literatura (1976), Premio Nacional de Periodismo, Premio Nacional de Programas culturales de Televisión y la Condecoración del Gobierno de Francia como Oficial de Artes y Letras Francesas.

         Juan José Arreola, esteta de la palabra, consideraba que lo artístico es el resultado, el momento en que las continuas irradiaciones del espíritu toman forma. Alguna vez, interrogado sobre su actitud ante el mundo y los grandes problemas del hombre, su respuesta, además de que revela sus concepciones, es un interesante motivo de reflexión: habla de un personal “pesimismo radical, lleno de optimismos parciales”. Y, al hablar de optimismos parciales se refiere a los placeres de la inteligencia y los placeres de los sentidos, “el hedonismo –diría- sumado al ascetismo. Lo único que cuenta, al final  es el rescate de nuestra propia alma”. Esto sería: que, dentro de una visión nada ilusa del mundo, aun se puede apuntar hacia aquello que hace la vida digna de seguir en el camino… casi nada.

Tres cuentos de Juan José Arreola:

Cuento de horror

La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones.

El rinoceronte

El gran rinoceronte se detiene. Alza la cabeza. Recula un poco. Gira en redondo y dispara su pieza de artillería. Embiste como ariete, con un solo cuerno de toro blindado, embravecido y cegado, en arranque total de filósofo positivista. Nunca da en el blanco, pero queda siempre satisfecho de su fuerza. Abre luego sus válvulas de escape y bufa a todo vapor.

(Cargados con armadura excesiva, los rinocerontes en celo se entregan en el claro del bosque a un torneo desprovisto de gracia y destreza, en el que sólo cuenta la calidad medieval del encontronazo.)

Ya en cautiverio, el rinoceronte es una bestia melancólica y oxidada. Su cuerpo de muchas piezas ha sido armado en los derrumbaderos de la prehistoria, con láminas de cuero troqueladas bajo la presión de los niveles geológicos. Pero en un momento especial de la mañana, el rinoceronte nos sorprende: de sus ijares enjutos y resecos, como agua que sale de la hendidura rocosa, brota el gran órgano de vida torrencial y potente, repitiendo en la punta los motivos cornudos de la cabeza animal, con variaciones de orquídea, de azagaya y alabarda.

Hagamos entonces homenaje a la bestia endurecida y abstrusa, porque ha dado lugar a una leyenda hermosa. Aunque parezca imposible, este atleta rudimentario es el padre espiritual de la criatura poética que desarrolla, en los tapices de la Dama, el tema del Unicornio caballeroso y galante.

 

Vencido por una virgen prudente, el rinoceronte carnal se transfigura, abandona su empuje y se agacela, se acierva y se arrodilla. Y el cuerno obtuso de agresión masculina se vuelve ante la doncella una esbelta endecha de marfil.

El faro

Lo que hace Genaro es horrible. Se sirve de armas imprevistas. Nuestra situación se vuelve asquerosa.

Ayer, en la mesa, nos contó una historia de cornudo. Era en realidad graciosa, pero como si Amelia y yo pudiéramos reírnos, Genaro la estropeó con sus grandes carcajadas falsas. Decía: «¿Es que hay algo más chistoso?» Y se pasaba la mano por la frente, encogiendo los dedos, como buscándose algo. Volvía a reír: «¿Cómo se sentirá llevar cuernos?» No tomaba en cuenta para nada nuestra confusión.

Amelia estaba desesperada. Yo tenía ganas de insultar a Genaro, de decirle toda la verdad a gritos, de salirme corriendo y no volver nunca. Pero como siempre, algo me detenía. Amelia tal vez, aniquilada en la situación intolerable.

Hace ya algún tiempo que la actitud de Genaro nos sorprendía. Se iba volviendo cada vez más tonto. Aceptaba explicaciones increíbles, daba lugar y tiempo para nuestras más descabelladas entrevistas. Hizo diez veces la comedia del viaje, pero siempre volvió el día previsto. Nos absteníamos inútilmente en su ausencia. De regreso, traía pequeños regalos y nos estrechaba de modo inmoral, besándonos casi el cuello, teniéndonos excesivamente contra su pecho. Amelia llegó a desfallecer de repugnancia entre semejantes abrazos.

Al principio hacíamos las cosas con temor, creyendo correr un gran riesgo. La impresión de que Genaro iba a descubrirnos en cualquier momento, teñía nuestro amor de miedo y de vergüenza. La cosa era clara y limpia en este sentido. El drama flotaba realmente sobre nosotros, dando dignidad a la culpa. Genaro lo ha echado a perder. Ahora estamos envueltos en algo turbio, denso y pesado. Nos amamos con desgana, hastiados, como esposos. Hemos adquirido poco a poco la costumbre insípida de tolerar a Genaro. Su presencia es insoportable porque no nos estorba; más bien facilita la rutina y provoca el cansancio.

 A veces, el mensajero que nos trae las provisiones dice que la supresión de este faro es un hecho. Nos alegramos Amelia y yo, en secreto. Genaro se aflige visiblemente: «¿A dónde iremos?», nos dice. «¡Somos aquí tan felices!» Suspira. Luego, buscando mis ojos: «Tú vendrás con nosotros, a dondequiera que vayamos». Y se queda mirando el mar con melancolía.

       *Enrique Velasco Santana. Editor, Ensayista y Cronista Independiente de Baja California y Jalisco. Colabora en el suplemento Identidad, del periódico El Mexicano. Los lunes participa  en el Noticiero Fórmula-Tijuana, en el 950 A.M. en el segmento “Cita con la Historia”.