La historia del mariachi

“Mariachi”, “fandango”, “fiesta”, son palabras que forman un hilo conductor que nos lleva a conocer la evolución de ese conjunto de músicos reconocido en todo el mundo como representativo de México.   El tema es en verdad interesante y a todos los mexicanos nos atañe  porque en nuestro país ha sido la música de fondo de numerosas generaciones. Su origen se remonta al tiempo de la Colonia y, en pleno siglo XXI, con las lógicas transformaciones resultado de su largo existir, el mariachi llega hasta nosotros gozando de cabal salud.       

 Enrique A. Velasco Santana* / A los Cuatro Vientos

       Las palabras “fandango” y “mariachi” están ligadas porque en un principio fueron una y la misma cosa. Así nos lo recuerda don Ramón Mata Torres, historiador de temas jaliscienses en su obra “El Maricahi”. Todo comenzó con la llegada de los españoles en el siglo XVI y al instaurarse la Colonia, los inmigrantes españoles -hombres de campo, comerciantes, mineros, artesanos, etc.- trajeron consigo su música popular que, fundida con la de los naturales, da lugar a una música mestiza, con la doble raíz que identifica a lo nuestro.

En aquella época el “fandango” era un baile popular de origen arábigo andaluz muy difundido en España que además se cantaba. Muy animado, en general este baile es considerado como uno de los más antiguos, practicados y conocidos en España. En el habla popular, “fandango” se convirtió en sinónimo de fiesta, lo que sucedió también en tierras mexicanas,  donde posteriormente también se le llamo “fandango” al conjunto musical, o sea, a lo que hoy conocemos como “mariachi”: orquesta primitiva, fandango o mariachi.

“Los españoles convertidos en colonos en el Occidente de México –dice Mata Torres- sentían nostalgia de su tierra lejana, de sus gentes y de sus amigos. También los indígenas sentían nostalgia de su pasado, de su música y de sus ritos. Y por las noches algunos campesinos de las haciendas, de los ranchos, o aldeas se reunían a hacer ‘escoleta’, bajo la guía del que sabía algo de música”.

Al expresar sus sentimientos a través de la música que arrancaban a la luz de las velas o de un hachón de ocote al violín, a la guitarra, al arpa, a la vihuela, en aquel entonces muy populares en la Madre Patria,  a los que se fueron incorporando instrumentos indígenas de percusión,  se fueron hermanando los instrumentos de ambos continentes, dando origen a un mestizaje musical. Aquellos precursores de nuestro actual “mariachi” tocaban sones en los cuales se intercalaba en la melodía una pequeña estrofa picaresca.

Así pues, el son nace en las postrimerías del siglo XVI, del fandango español, de la seguidilla – cuyo ritmo se marca con taconeo y castañuelas-, de la malagueña y otros ritmos afines, con una pizca de influencia africana.

Ya para el siglo XVII estos conjuntos musicales eran muy comunes en las celebraciones de ranchos, haciendas y alquerías en tanto que arpa y guitarra habían adquirido carta de naturalización en nuestro país. Así, las fiestas de guardar, onomásticos y bodas eran alegradas por las notas de aquellas orquestas de antaño.

El mariachi, una profunda raíz cultural en el pueblo mexicano

El predominio de las cuerdas se establece entrado el siglo XVIII, aun cuando la instrumentación variaba de lugar a lugar.  Ya en aquel tiempo en Occidente, a lo largo del litoral del Pacífico, se tocaban y bailaban sones, de la unión de varios de los cuales se forma un “jarabe”. No se sabe a ciencia cierta cuándo surge esta integración, mas se tiene noticia de que en la antigua Ciudad de México se bailaban jarabes originarios de diversas regiones, siendo éstos representativos del temperamento mestizo.

También por aquella época es cuando se empieza a utilizar el término “son” para nombrar jarabes, jaranas, huapangos y otras variantes.

Ya adentrado el siglo XIX, en las serranías de Jalisco, Nayarit, Colima, Guerrero y Michoacán, los bailes populares españoles se habían fundido con los indígenas con predominio de lo español, y el  mismo proceso se da en el mariachi. Y a lo largo del mismo siglo los mariachis fueron apareciendo por distintas partes.

El documento más antiguo en el que aparece la palabra “mariachi” data de 1838 y forma parte de un informe realizado para formar la primera Estadística General del Departamento de Jalisco, mismo que actualmente se encuentra en los depositarios de la Biblioteca Nacional. Ahí se menciona entre las poblaciones del primer Partido de Tepic, que entonces formaba parte del Departamento de Jalisco, a la localidad de Santiago y los poblados y ranchos que le pertenecen, entre los cuales aparece uno con el nombre de “Mariachi”.

Ha sido muy difundida la idea –errónea- de que la palabra “mariachi” surge  como consecuencia de la intervención francesa en nuestro país.

Sobre el origen de la palabra ´´mariachi´´, una de las versiones señala que el término procede de la voz francesa ‘mariage’ (matrimonio). Con tintes de leyenda, quienes tal han sostenido explican el caso remitiéndolo a la época de la invasión francesa, enfatizando de pasada el gusto de la emperatriz Carlota por esta música. Por ejemplo, José Felguérez escribió: “Cuando los franceses o sus amigos cortesanos celebraban una boda amenizaban la fiesta con un grupo de trovadores de los muchos que, desde el tiempo de la Colonia, mexicanizaron el viejo arte español de la rima improvisada y cantada con guitarra. Se distinguían, igual que los de ahora, por su indumentaria. Llevaban al hombro una manta de colores vivos  llamada ‘sarape’. No se sabe cuál señorito de París, por alguna confusión, identificó a los músicos del sarape con el ‘marriage’ (sic) y los propios trovadores terminaron llamándolo asi.”

La canción bravía y el mariachi, hacen latir a los corazones.

También a favor de la hipótesis galicista el historiador jalisciense Rubén Villaseñor Bordes argumenta que: “es muy razonable la procedencia de la palabra ‘mariachi’ del idioma francés por guardar analogia fonética con “marriage’”. Y atribuye al médico francés  Ernest Vigneaux la descripción en sus memorias de celebraciones que observó  en un recorrido por Nayarit, en 1854, en donde pone énfasis en los ‘bailes costeños. “Y bien es sabido –dice Villaseñor-  que de tales fiestas, las más brillantes son los matrimonios. Al ver tan sonados festejos,  al igual que sus compatriotas que abundaban en la región,  exclamó: ‘!Voila, un marriage!’ (sic). Muchos que hablaban castellano empezaron a denominar a dichos bailes y música como ‘mariachis’’.

Lo que resta fuerza a esta afirmación – de acuerdo al investigador Jesús Jáuregui, quien ha realizado amplias investigaciones sobre historia del maricahi- es que Vigneaux realizó ese recorrido en calidad de prisionero, por lo cual difícilmente hubiera podido presenciar tales eventos.

En fin, la anterior argumentación galicista queda en meras conjeturas porque, como señala Jáuregui, quienes han asumido esta posición únicamente se apoyan en un supuesto consenso,  lo cual adolece de una importante debilidad, ya que para argumentar científicamente en cualquier materia se requieren fuentes documentales y no meras suposiciones.

La realidad es que, nos dice Jáuregui,  se ha encontrado  que de casi cien fuentes escritas sobre el mariachi entre los años de 1732 y 1925, sólo tres se refieren a bodas, en la mayoría se habla de fandangos, ferias, herraderos, fiestas, etc., sin olvidar que aun cuando las nupcias suelen ser las  ceremonias principales de los rituales referidos al ciclo vital, por regla general, son más importantes aquellas que atañen a la vida de la comunidad. Por ello,  no hay elementos para afirmar que el nombre del conjunto musical que amenizaba toda una gama de celebraciones sociales tuviera que asociarse particularmente  a una de ellas. “Por lo pronto –concluye- la tierra plantea un reclamo de autoctonía para la palabra ´mariachi´ con el rancho de Santiago Ixcuintla, quizá desde 1807 y sin ninguna duda desde 1832”.

El mariachi es multinaciente, esto es, surge de manera simultánea en varias partes. Remontándonos a sus orígenes en la época colonial, la música traída por los inmigrantes españoles  que se fueron estableciendo en diversas zonas, se fue arraigando dando lugar a la evolución de los conjuntos musicales que luego se convirtieron en el mariachi que llega hasta nuestros días. Haciendo un recorrido por la historia a través de documentos en los que se hace referencia al mismo, podemos hacernos una idea de cómo su presencia ha sido una constante  en la vida social de nuestros pueblos.

Existe un interesante documento fechado el 7 de mayo de 1852.  Se trata de una carta enviada por Cosme Santa Anna,  párroco de Rosamorada, del entonces Partido de Tepic, al Obispo de Guadalajara, don Diego Aranda y Carpinteiro. En ella  hace mención de los mariachis dentro de una queja que elevaba a su superior. Resulta que durante el desarrollo de la fiesta patronal del poblado había tenido que intervenir para llamar al orden a un grupo de borrachines que escandalizaba en la plaza al son de uno de estos conjuntos. Según quedó registrado para la posteridad, los alteradores del orden público estaban decididos a seguir la fiesta, pues habiéndoles pedido el buen sacerdote que le entregaran los instrumentos, obedecieron en el acto, pero, ni tardos ni perezosos, fueron por otros. Esta carta obra en el archivo de la Catedral de Guadalajara y en ella “de puño y letra del señor cura aparece la palabra ‘mariachi’”.

Varios años después, en 1859, en un documento reportado por el antropólogo Jesús Jáuregui, gran conocedor y autor de varias investigaciones  sobre el tema, se habla de que en una fiesta celebrada el dia de la Santa Cruz en Tlalchapa, Guerrero, el ambiente era animado por un ‘mariachi’. Esta fuente  es la autobiografía del Padre Ignacio Aguilar, quien nos hace saber que la fiesta se celebraba frente a una gran cruz de piedra y que el conjunto musical estaba integrado por  arpa grande, violines y tambora.

Hubo por esa época en La Barca, Jalisco, un personaje conocido por el mote de el ‘Burro de Oro’, mismo que desde luego respondia a su condición de hombre de fortuna poseedor  de muchísimas riquezas. Pues bien, sucede que este personaje aportó otra forma de documento a la historia de nuestros mariachis, pues mandó realizar en su finca ‘La Moreña’ varios murales fechados en 1862. En ellos aparecen dos conjuntos de mariachis, uno en el que había vihuela, dos violines y tambora y el otro, integrado por flauta, arpa, guitarra y vihuela.

Y ahora, procedente de una nota con fecha de 1874 del periódico “El Progresista de Morelia”,  la información sobre los festejos por el nombramiento de un funcionario  llega a nuestros días. Tratábase de que los más distinguidos vecinos de la población de Coalcoman, Michoacán, de la Tierra Caliente de esa región, agradecían al gobierno el nombramiento de un notable como prefecto del Distrito, motivo por el que se le brindó una comida con cincuenta cubiertos y con un baile por la noche.  Y en este asunto interviene  el mariachi, presentado por el pueblo “con su música sencilla y encantadora, propia de nuestra costa, que siempre que lo oímos nos trae dulcísimos recuerdos.”

Hay todo un universo de información en el que  los investigadores encontrarán la sustancia que enriquecerá el conocimiento sobre el mariachi y su papel en la vida de los mexicanos. Con los nuevos recursos que la tecnología brinda a la ciencia  ésta ha avanzando y seguirá haciéndolo posibilitando la fundamentación sólida que permitirá discernir entre el mito y la verdad objetivamente comprobable.

El mariachi, producto de un complejo proceso cultural  tendió siempre a tener como alma las cuerdas. Fue hasta los años treinta del pasado siglo cuando se introducen las trompetas y a veces flautas y clarinetes.  No es exclusivo de Jalisco, pero Jalisco lo templó y le dio carácter.  El nacionalismo surgido después de la Revolución contribuyó  a convertirlo en un símbolo de lo mexicano. Asimismo, el cine y  el radio favorecieron en  forma determinante su popularidad.

Entre los mariachis más reconocidos  se encuentra el  ´´Vargas de Tecalitlán´´, fundado por Gaspar Vargas en 1898 y de cuya dirección se hizo cargo Silvestre Vargas a partir de 1932,  habiendo acompañado entre otros representantes de nuestra música vernácula a Lucha Reyes, Jorge Negrete y Pedro Infante. Y fue el ‘Mariachi Coculense’, fundado por Cirilo Marmolejo, el primero que grabó un disco,  en 1926. Por otra parte, entre otros compositores de música sinfónica, Blas Galindo es autor de ‘Sones de Mariachi’, obra que ha dado la vuelta al mundo.

       *Enrique Velasco Santana. Editor, Ensayista y Cronista Independiente de Baja California y Jalisco. Colabora en el suplemento Identidad, del periódico El Mexicano. Los lunes participa  en el Noticiero Fórmula-Tijuana, en el 950 A.M. en el segmento “Cita con la Historia”.revistapioneros@gmail.com