Las mujeres y la revolución

A lo largo de la historia de México la mujer ha ocupado diferentes facetas, y desde luego, ha atravesado por distintas apreciaciones que se tienen de ella como componente social.

Manuel Guillén Guillén* / 4 Vientos

Al ser el porfiriato y la revolución mexicana, dos de los últimos procesos que marcaron al México contemporáneo, en ellos podemos percibir de una forma más clara los distintos roles que han jugado las mujeres mexicanas y aunque la revolución los alteró en cierta medida, hoy en día vale la pena reflexionar sobre sus verdaderos alcances.

La antesala: el porfiriato.

La estabilización política que consiguió el porfiriato (1876-1911) permitió que el capitalismo internacional se asentara con mayor facilidad entre 1880 y 1910, impactando en el incremento de servicios comerciales en las ciudades, lo que abrió algunos espacios laborales para las mujeres. Desgraciadamente estos empleos se crearon ante la necesidad de mano de obra para el capital, y no por una acción progresista y equitativa para las trabajadoras.

Las mujeres, sobre todo de las clases bajas y medias se involucraban en la industria textil, otras se dedicaban a la venta de productos como cigarros, el trabajo doméstico, almacenes de ropa, elaboración y venta de artesanías; telegrafistas, taquígrafas, correos y la docencia. En el campo se dedicaban a las tareas propias de las faenas agrícolas, pero rara vez se consideraban trabajadoras asalariadas, sino que, ayudaban a sus esposos o padres.

Las mujeres de las clases altas tenían sus funciones sociales más claras.  Para ellas se destinaba una educación en tres sentidos fundamentales: los conocimientos académicos básicos, el comportamiento propio en sociedad y la enfocada a las funciones como futuras esposas y dirigentes de las labores del hogar. Esta educación global era muy importante, pues en gran medida la reputación de la hija, era el buen prestigio  de la familia. A  ellas normalmente se les permitía la vida pública siempre y cuando fuera en ámbitos de beneficencia social.

Así pues, con sus grandes diferencias, las mujeres tanto de clases bajas como altas, contaban con un punto de convergencia: ser buenas madres, hijas, hermanas, suegras, nanas, y esposas. Funciones avaladas y difundidas por la Iglesia, la sociedad y el Estado.

Mujeres ensenadenses conmemorando el primer centenario de la independencia. Se aprecia una de las tareas que socialmente se les ha asignando: la maternidad como núcleo social. 1910. Foto: Archivo Histórico de Ensenada.

En la revolución.

El porfiriato llegó a su fin en mayo de 1911 cuando Porfirio Díaz se retiró del poder mediante los Tratados de Ciudad Juárez, lo que significaba en ese momento el triunfo revolucionario encabezado por Francisco I. Madero. Pero lejos de iniciarse la reorganización nacional, el movimiento armado se diversificó y se hizo más intenso, con lo cual el país quedó básicamente en armas hasta 1920, pero ¿qué significó el movimiento revolucionario para las mujeres mexicanas?

La forma en la que se involucraron dependió igualmente de su posición social, las situaciones regionales, así como su estado civil y edad. Al ser la revolución un movimiento heterogéneo con múltiples caudillos y movimientos, la mujer también estuvo de alguna forma arrastrada por esos vaivenes.

En múltiples ocasiones se ha dicho que la revolución no hubiera triunfado sin la participación de las mujeres, pero también hay que recordar a las estuvieron en los ejércitos federales. Podemos distinguir cuatro lineamientos básicos en los que la mujer se fue involucrando: las propagandistas; las soldaderas (en tropas revolucionarias y federales); las que se desempeñaron como soldados en los ejércitos revolucionarios, y las que se vincularon en los aparatos burocráticos de algún grupo en pugna.

Cabe destacar que a lo largo del proceso revolucionario, la labor de propaganda y difusión de algún programa, plan o ley fue muy importante, pues era la justificación misma de  los revolucionarios. Los medios para hacerlo fueron los periódicos y volantes, así como la acción oral en mítines y formación de clubes.

En este ambiente sobresalen los grupos magonistas y maderistas, donde las mujeres tuvieron un protagonismo indispensable. Sólo por mencionar a algunas de ellas, citamos a magonistas que después se vincularon al maderismo: Juana Belén Gutiérrez de Mendoza (1875-1942), Elisa Acuña Rosseti (1875-1946), Sara Estela Ramírez (1881-1910) y María Andrea Villarreal (1881-1963). Otras dos que permanecieron ligadas a los magonistas fueron María Brousse de Talavera (1867-1947), compañera de Ricardo Flores Magón y difusora de  las ideas del Partido Liberal Mexicano (PLM) (murió en Ensenada); y Margarita Ortega, fusilada en Mexicali en  1913.  Un caso especial es Dolores Jiménez y Muro (1848-1925), quien apoyó al PLM, a los  movimientos maderistas y después a los zapatistas. Participó en la redacción del Plan Político y Social y posteriormente escribió el prólogo del Plan de Ayala.

Ricardo Flores Magón y María Brousse Talavera, activa difusora del Partido Liberal Mexicano, 1910.

Las soldaderas son definidas como aquellas mujeres que acompañaban a sus esposos o parejas, a sus padres, hermanos e incluso aquellas que eran raptadas en otro tipo de “leva,” de la cual muy poco sabemos. Fundamentalmente desempeñaban actividades de cocina y cuidado de los niños, para lo cual cargaban los enseres propios de estas labores. Esto les daba a los ejércitos tanto revolucionarios como federales un carácter muy distintivo.

Pero conforme la revolución se hizo más cruenta y las facciones se multiplicaron, estas actividades se incrementaron y también empezaron a realizar tráfico de municiones y armamento; avanzada y espionaje. Estas  tendencias se radicalizaron  y algunas de ellas  fungieron como soldados, incluso, alcanzaron relevancia, pues llegaron a adquirir un rango militar (el de coronela era el más alto que se les permitía)  y dirigir tropas en enfrentamientos. En esta vertiente podemos mencionar a las zapatistas Catalina Zapata Muñoz, y a la coronelas Rosa Bobadilla de Casas y  Amelia Robles (1889-1984), quien cambió su forma de vestir a la varonil y su nombre al de Amelio, esto con la finalidad de ganar mayor respeto.

Otras importantes son las maderistas Valentina Ramírez Avitia, (que inspiró según algunas versiones el corrido de “La valentina”), Clara de la Rocha; las villistas Mariana Gómez Gutiérrez y María Villaseñor. También destaca Adela Velarde (que inspira el corrido de “La Adelita”), entre muchas más.

Una mujer importante por su labor en el ámbito político-administrativo fue sin lugar a dudas Hermila Galindo (1896-1954), quien fuera secretaria particular de Venustiano  Carranza, y promotora en el ámbito legal de reformas a las leyes que para que las mujeres tuvieran acceso a igualdad en varios rubros, así como el derecho al voto. También promovió en diversos foros y medios impresos como en la revista La mujer moderna, la educación científica, más acceso y garantías en el trabajo, mayor equidad en los hogares y educación sexual adecuada. Es decir, consideraba que las mujeres eran vulnerables por las siguientes instituciones: el Estado, la familia, la escuela y la Iglesia.

Muchas de estas mujeres como Hermila Galindo  y Elvia Carrillo Puerto (1881-1967) fueron duramente criticadas incluso por otras mujeres, pues las consideraban poco femeninas y rebeldes. El voto femenino se otorgó hasta 1953, y la justificación básica para negarlo era el “escaso” interés de las mujeres en la vida política. Es claro que este simple derecho no es suficiente, pues por sí solo no promueve el verdadero respeto y equidad en temas como el trabajo, la educación, la familia y la salud, ya que la revolución  no se planteó una verdadera transformación de las bases socioeconómicas del país, por lo que la justicia social sigue siendo un tema pendiente para todos los mexicanos, independientemente de su sexo y género.

23 de Noviembre de 2012.

* Historiador, docente en el Instituto Latinoamericano manuelg_guillen@hotmail.com