Satancillo

 

El grito retador abrió una rendija al infierno.

-¡Éntrale, cabrón Satán!

Olga Alicia Aragón Castillo

 El grito retador abrió una rendija al infierno.

-¡Éntrale, cabrón Satán!

A bordo del autobús de la ruta Revolución, en plena marcha, se enfrentaron las pandillas.

-Pinche, Satán; vas a saber quién es tu padre.

Blandieron los metales. Cuchillos, puntas y navajas. Y por el costado herido del atardecer, un sol rojizo se reflejó en los cristales del autobús.

*  *  *

Atestado de pasajeros, el desvencijado camión avanza mansamente por la avenida de los Niños Héroes. De pronto, en la esquina del mercado,  un grupo de chamacos, entre ellos El Satán, aborda el Revolución.  La borrachera se les enreda en las piernas como perra juguetona. Traen las cosquillas del alcohol en el cuerpo y los vapores del chemo en la mirada.

Todo es como siempre.

Gente malencarada. Sudores rancios apestando el aire. Ancianos enjorobados de cansancio. Chamacos berrinchudos.  Obreros de manos callosas, empolvados hasta las pestañas con el cemento del edificio en construcción. Horrenda música grupera en el estéreo a todo volumen. Mujeres flacas, como frutas deshidratadas. Mujeres ventrudas cargando con un brazo la despensa de la semana y en el otro a un crío prendido al pecho.

Un limosnero ciego hace sonar furiosamente dos monedas en su bote de lámina, en reclamo de una caridad por el amor de Dios.

Bellas jovencitas, botones de rosas que se marchitan antes de abrirse en flor, desprenden aromas de perfume barato.

Todo es normal. El borracho balbucea su absurda perorata. Y la viejita de negro pellizca a su nieto bizco para que se esté sosiego.

Los enamorados hacen magia con su amor; desaparecen el mundo, los ruidos y los hedores, con sólo mirarse a los ojos en el embeleso de ellos mismos. Y nada penetra su atmósfera, ni siquiera los chillidos de cerdo en matadero que arranca el chofer a la palanca de velocidades con cada cambio que mete.

Entre chiflidos y bromas albureras, enrojecidos por  sol agonizante,  los cholos entonan la vieja cancioncilla que sólo a ellos causa gracia.

Al chooofis no se le paaaara, al chofis no se le paaaara, al chofis no se le paraaaa… No se le para el camión.

*  *  *

Satán va feliz.

Adorna la cabeza con una maya elástica, presume su chaleco negro sobre la camisa percudida y con el cigarrillo entre las comisuras de los labios, se siente soñado. Dueño del gesto que tanto ensayara frente al espejo, exhala el humito de tabaco que le hace lagrimar un poco, pero sus ojos de adolescente queriendo ser hombre conservan el mirar de Pedro Navajas.

Lleva tatuada en su espalda, desde los hombros hasta la cintura, la imagen de La Jefita, la Virgen de Guadalupe con todo y los angelitos que la rodean, con el manto de estrellas en su túnica verde, con los diminutos pies desnudos sobre los cuernos de la negra luna, con su dulce gesto de madre amorosa. La piel morena de la virgen sobre la morena piel de Satancillo, se estremece de placer.

-¿Para qué quieres una virgen tan grande, si tienes cuerpo de lombriz?-, le  preguntó el tatuador mientras perforaba su lomo con la aguja entintada.

-¡Yaaa, güey!, tu pícale.

-¿Aunque tope en hueso?

-Sí, aunque topes en hueso, pero me pintas a La Jefita completa.

-Okey, te voy a tatuar a La Jefita de cuerpo entero en tu espalda de fideo; va a doler, pero te aguantas como los machos.

El Lobito se burló gacho, pero en la víspera de que lo mataran a traición en su propia celda de la Peni, le cumplió el anhelo al Satancillo. Durante largos meses, en cada visita a la prisión, el muchacho le había rogado que le pintara a la virgencita. Así de grande, güey, para que me cuide noche y día, por si me quieren madrugar. Desde entonces, la virgencita siguió pegada a la espalda del Santán, sintiendo en carne propia las ñañaras del miedo y del placer que van formando al hombre.

Ahora, en el sangoloteo del camión, la Morenita también se estremece con la caricia de la mano atrevida de una cholilla que recorre la espalda del Satán, por debajo de la camisa, tocando de paso la entrepierna de la virgen.

Los rayos de sol atraviesan los cristales del camión, iluminan la mirada pícara de la muchacha.

*  *  *

Antes de que se soltaran los demoniazos, todo parecía normal.

-¡Eey, Satancillo!, vamos por otro pomo- , le gritaron de muy atrás del camión, pero él ni siquiera se molestó en responder, va entretenido practicando el donjuanismo con la cholilla de trece remaquillados años; ella se afana en parecer una mujer fatal y mastica con desparpajo su chicle morado.

-¿Ton’s qué, mi reina?-, preguntó el aprendiz de galán. La diva infla una tremenda bomba de chicle motita y la hace estallar. “Ya sábanas que iguanas ranas”,  responde coqueta. Otra voz, desde atrás del camión entremete una rima  “… pásame a tu hermana”.

Las risas explotaron en carcajadas y los gritos en insultos:

-¡Cállate, güey!

-Vete a la rechiflada.

-La turca porque la mirca tehorca.

Sólo son bravuconadas de chavalos, piensa la señora que arrulla en su regazo al niño. Quiere creer que todo es normal.

Absurdo en su terquedad, el chofer insiste en subir más pasaje, como si a fuerza de gritos pudiera meter a un pasajero por centímetro cuadrado.

-¡Muéevanse. Atrás está vacío! ¡Muéeevanse!

Repentinamente, el reto desafiante rompe la normalidad.

-Órale, cabrón Satán, ¡éntrale!

El cigarrillo tembló en los labios del muchacho. El líder de La Revo empujó a un lado a la cholita, se apalancó con ambos brazos de los tubos pasamanos y de un salto voló por entre la gente hasta estrellar tremendo patadón en la cara desencajada por la sorpresa del enemigo que se atrevió a retarlo.

Fue entonces que la rendija del infierno quedó entreabierta.

Los adversarios del Satán se crecieron al castigo. Antes de lo imaginable se trenzaron a golpes. Puñetazos y puntapiés llovieron sobre las cabezas de los pasajeros. Las mujeres enconcharon el cuerpo para proteger a sus hijos. “¡Mami, me van a matal!”, dijo un pequeñito llorando de miedo.

Envenenado de coraje por la patada que le tumbó los dientes, escupió el retador:

-¡Pinche, Satán, vas a chingar a tu madre!…

Una bolsa de plástico con resistol amarillento y thiner cayó al suelo. El olor del chemo impregnó el aire.

-¡Aquí topas, Satán! ¡Ahora vas a saber quién es tu padre!- Con la furia en la mirada, empuñó el enorme cuchillo que escondía en sus ropas. Un rayo solar arrancó destellos al acero. Todos contuvieron el aliento. Incrédulos ante lo que veían venir, mujeres, hombres y niños sintieron el puñal rasgando el aire por encima de sus cabezas y lo vieron caer como relámpago, certero, en pleno pecho del jovencito que se creía hombre.

* * *

Moribundo, el rayo de sol se clavó en la negra pupila dilatada de sorpresa.

El Satancillo sintió crecer de su corazón una flor roja y tibia que empapaba su camisa; la flor se fue abriendo sobre su pecho para escurrir por su espalda en líquidos pétalos, enrojeciéndolo todo: a La Jefita y sus angelitos, al manto cuajado de estrellas y a los diminutos pies desnudos sobre los cuernos de la negra luna. Roja la maternal mirada y roja la piel de la virgen morena sobre la enrojecida piel de Satancillo. Rojo el sol que murió en sus ojos. Y roja la nube que lo obscureció todo.

Envuelto en la tibieza de si mismo, el muchachito alcanzó a descubrir el final de su destino: la última parada de la ruta Revolución. Y se le apagó la vida con la vista fija en la puerta del gigantesco complejo industrial donde todos los días desaparecía su madre, la mujer que nunca tuvo tiempo de narrarle un cuento de hadas, porque enfundada en su oscuro uniforme de obrera,  de color a sangre seca, debía madrugar para irse a la maquiladora.

21 de Noviembre de 2012.