Desatiende el Estado la tragedia que padecen los migrantes en el país: ONG

Lo abandonamos; lo dejamos gritando cuando empezaron a machetearlo. Saltamos del tren dejando al amigo sufriendo, muriendo, pues, dice llorando el hondureño Diego Guillermo Barajas, de 22 años, mientras lava su ropa en un fregadero del albergue católico Casa Nicolás Centro de Apostolado San Nicolás de Tolentino, el único en Monterrey y el noreste de México, una ruta de paso cada vez más peligrosa y solitaria hacia Estados Unidos.

Sanjuana Martínez* / La Jornada

Se seca las lágrimas; dice que la culpa no lo deja dormir. “Seguía yo, por eso no me quedé; no pude salvarlo, no pude. Éramos cuatro, nos conocimos en el camino. Llevábamos muchos días caminando y nos subimos a un vagón de tren para dormir.

Extendí un plástico negro para acostarme cuando se subieron varios hombres armados con machetes; uno de ellos agarró a mi amigo y lo hincó. Le dijo: ‘¿con quién vienes? ¿Con esos tres? ¿Quién te mandó, hijo de puta?’, y vimos cómo le dieron los primeros dos machetazos, así nomás, sin razón. Él empezó a rogar: por mi madrecita, yo no he hecho nada. Luego corrimos a la montaña. Nos pasaron cosas bien gachas… de los cuatro sólo quedé yo”.

¿Cuántos migrantes han muerto o desaparecido en su paso por México? Los números de las ONG hablan de una verdadera tragedia que no está siendo atendida por el Estado. El noreste es el trampolín y ya no hay migración masiva, sólo pequeños grupos. La mayoría de los que llegan es porque están bien conectados en la frontera, y si no, pues se quedan en Monterrey, una ciudad muy violenta y poco solidaria con la migración centroamericana, lo que ha provocado una baja considerable en el flujo migratorio en esta zona, dice Arelí Palomo, investigadora de campo para Idheas, Litigio Estratégico de Derechos Humanos, AC.

El trampolín

Fredy Mondragón lleva 19 días de viaje desde que salió de su natal Colón, Honduras. Es la primera vez que intenta cruzar a Estados Unidos; va a Los Ángeles, California, donde viven dos hermanas. Apenas se subió a La Bestia, en cuyo techo viajan hasta mil centroamericanos diariamente, fue testigo de cómo caían tres compatriotas: o mueres en accidente o te matan los mentados grupos del crimen organizado, dice sonriendo.

Está en el dormitorio de la Casa Nicolás; viste pantalón corto color café y camiseta blanca. El lugar está casi vacío, pero tiene la firme intención de llegar a Reynosa, donde lo espera un pollero para pasarlo. En Honduras trabajaba en la siembra de maíz, frijol y café. Ganaba 100 dólares al mes. Con eso no se vive, por eso me armé de valor para pasar por aquí y llegar al otro lado, donde dicen que puedo ganar hasta 2 mil 500 dólares a la semana.

Al lado están Erick Eduardo Rivas y el sobrino de éste, Juan José Rivas. Quieren ir a Carolina del Norte, donde trabajarán en un yonke si finalmente alcanzan su destino. Es una ruta muy peligrosa. Vimos cómo en Veracruz a un señor lo mataron a machetazos; le abrieron el estomago frente a todos. En Lechería vimos cuando un señor se cayó del tren y le partieron las piernas. También, cómo unos hombres con metralleta y puñal bajaron a cuatro muchachas y se las llevaron, dice Erick Eduardo.

Su sobrino, Juan José, de 20 años, recién casado, dejó a su bebé para buscar progresar, porque como campesino no podía ni mantenerse solo: Con todo lo que he visto me dan ganas de regresarme. Es más, si me llegan a deportar, no vuelvo. Quiero llegar, pero a la vez me da miedo.

Lo más difícil de soportar, además del miedo –dice–, es el hambre. Es lo que más pesa, las ganas de comer. Son días enteros sin probar nada. Uno se siente desmayar, pero el recuerdo de tu gente te hace seguir.

Dice que le gustaría quedarse a trabajar en Monterrey, ya que tiene conocimientos en soldadura, aunque también de eso tiene miedo. El albergue tampoco es un lugar seguro. Hace tres meses secuestraron a tres migrantes hondureños: Jesús Olmos García, Moisés Javier Carrasco y Carlos Alfredo Álvarez, de 17, 20 y 29 años. Esperaban ingresar al centro ubicado en el municipio de Guadalupe cuando pasó una camioneta con hombres fuertemente armados y se los llevaron.

Los centroamericanos son secuestrados como negocio, para pedir rescate a sus familiares de Estados Unidos, o bien, para reclutarlos en los grupos del crimen organizado. Este es un corredor de paso a la frontera. Monterrey es una plaza dura, conflictiva, y el migrante olfatea, se comunican entre ellos. Cada vez llegan menos, ya que es un lugar con poca solidaridad para los migrantes. Los policías los detienen para extorsionarlos y luego los entregan a los grupos del crimen organizado, afirma el presbítero Luis Eduardo Villarreal Ríos, director de la Casa Nicolás, abierta en 2008 con cupo para 75 personas.

Está sentado en un comedor amplio y vacío; apenas hay tres indocumentados en la estancia, tres más en el cuarto de hombres y una mujer en la otra sección. Mientras a Saltillo, Coahuila, llegan oleadas de más de 100 al día, aquí apenas tenemos a 15. Hay mucho miedo. Nos acaban de secuestrar a tres chavos. Seguramente para reclutarlos para trabajo forzado o de sicarios. Incluso, a veces sentimos que tenemos la casa cercada.

Heidi Marisela, de 20 años, dejó San Lorenzo Valle, Honduras, hace 20 días. En la travesía ha padecido todo tipo de abusos. Los garroteros que cuidan el tren le quitaron los 700 pesos que traía y la golpearon. Están acostumbrados a abusar de las mujeres migrantes a cambio de permitirles subir al tren.

Se estima que seis de cada 10 son violadas. Según estadísticas de la Secretaría de Gobernación, anualmente ingresan a México más de 150 mil indocumentados, pero según las organizaciones no gubernamentales, en realidad son alrededor de 400 mil, de los cuales 30 por ciento son mujeres.

El coyote, a quien le pagó mil 500 dólares, la abandonó. Su meta ahora es llegar a Piedras Negras, donde la espera doña Lourdes, el enlace con el pollero, quien finalmente cobrará 3 mil dólares, que serán pagados por su hermana, quien vive en Virginia.

“Policía, migración y crimen organizado lucran con los indocumentados. Los agreden los grupos del hampa, luego los garroteros, el chofer y los coyotes, y siguen siendo invisibles, sólo se percatan de ellos cuando encuentran sus cadáveres”, dice el sacerdote Villarreal.

Heidi Marisela sonríe. Cuenta que vivía con su hermana en Virginia y trabajaba en un restaurante lavando platos, pero las autoridades migratorias de Estados Unidos la deportaron el pasado 17 de abril. Estuvo presa tres meses y medio vestida con uniforme naranja. Compartía celda con una argentina que continuamente abusaba sexualmente de ella con la amenaza de asesinarla: Aun así, quiero volver. Cuando uno pasa para el otro lado siente una vida nueva; algo maravilloso, dice convencida.

Está sola en el dormitorio de mujeres de la Casa Nicolás. Tiene los ojos color miel y una sonrisa que deja ver la pérdida de varios dientes frontales. Dice que en Honduras trabajaba en una empacadora de melones y camarón. Le pagaban dos lempiras por libra, con lo cual no podía vivir. Los mareros la perseguían constantemente e intentaron violarla: Fue horrible. Vida solo hay una. No vale la pena volver a Honduras. Prefiero arriesgarme.