Con los migrantes, estamos haciendo el trabajo del gobierno: Alejandro Solalinde

Hay 70 mil desaparecidos * Ya nos hemos profesionalizado en la búsqueda * Algún día vamos a juzgar a Calderón: Fray Tomás.

Sanjuana Martínez* / La Jornada

A Felipe Calderón no le importan los vivos ni los muertos, dice de entrada el sacerdote Alejandro Solalinde (a la izquierda, hablando con migrantes centroamericanos) al calcular la desaparición de 70 mil migrantes en México y considerar que todo el norte del país es un cementerio lleno de fosas clandestinas en la ruta de estados gobernados por el PRI, donde han muerto, dice, la mayoría de migrantes.

Y el próximo gobierno de Enrique Peña Nieto menos va a invertir en la cuestión forense ni en la localización de miles de personas. ¿Le van a descubrir a Fidel Herrera todos los muertos en su periodo o ahora a Javier Duarte, Egidio Torre, Rodrigo Medina, los Moreira… y a los demás gobernadores?… No, no lo van a hacer, lo van a tapar, lo van a seguir tapando. No van a buscar a los desaparecidos, al menos, no en esta generación, dice de manera estoica el sacerdote, integrante de la Pastoral Movilidad Humana del Episcopado Mexicano, que ha entregado su vida a la defensa de los migrantes.

Para el sacerdote Solalinde, director del albergue Hermanos en el Camino, la caravana de madres centroamericanas es la expresión de un drama que intenta interpelar las conciencias de autoridades y ciudadanos: Estas mujeres tan pobres, salen con muchos sacrificios para buscar a sus hijos, que según cálculos nuestros son 10 mil, pero la cifra se eleva a 70 mil con los números de otras organizaciones.

A su paso por Monterrey, la octava caravana de madres centroamericanas está formada por 53 mujeres, de entre 30 y 77 años. Recorrerán 4 mil 600 kilómetros en 14 estados y 32 localidades de la república.

Los rencuentros

Caminan despacio, con la mirada triste y la foto de sus hijos al cuello. Las huellas de tanto trabajo se reflejan en sus manos, en su rostro avejentado prematuramente por la extrema pobreza. Van en silencio, reivindicando la localización de sus hijos desaparecidos. Saben que el milagro puede ocurrir. Las caravanas han empezado a dar sus frutos: 67 migrantes se han rencontrado con sus madres. En días recientes, van cuatro localizaciones. Y esta vez, el nombre del recorrido lo dice todo: Liberando la Esperanza.

Siento pesar y alegría en mi corazón, dice con humildad Silveria Campos Rivera, originaria del departamento de Lempira, en Honduras. Estoy alegre porque por fin pude ver a mi hijo, que hacía nueve años que lo había perdido. Me alegro porque lo encontré. Pero me siento triste por mis compañeras que aún buscan a sus hijos.

Cervelio Mateo Campos no ha cambiado mucho a pesar de los nueve años transcurridos. Un día se despidió de Silveria para irse a Estados Unidos, pero el sueño americano quedó frustrado. Al no poder pasar la frontera, decidió quedarse en México y perdió definitivamente el contacto con su familia.

Hace dos meses, Rubén Figueroa, del Movimiento Migrante Mesoamericano, le llamó para darle la noticia: Hemos encontrado a tu hijo. Está en Jalapa, Tabasco, le dijo mientras Silveria soltaba un profundo llanto contenido de alegría.

Desde ese día, esperó pacientemente a que llegara el rencuentro. Nerviosa, con la incertidumbre de reconocer su rostro después de tanto tiempo; reteniendo el anhelo de abrazarlo, se llevó una gran sorpresa cuando lo vio finalmente aparecer por la puerta del albergue La 72: Venía con dos niños chiquitos, con mis nietos, mis nietos mexicanos. Se casó con una muchacha de aquí. No lo podía creer. ¿Será cierto?

Silveria está sentada en una mesa del albergue Casa Nicolás, dirigido por el sacerdote Luis Eduardo Villarreal Ríos, dedicado a la defensa de los grupos más vulnerables, quien les da la bienvenida. Aún no se repone del feliz impacto emocional del rencuentro: Nosotros somos muy pobres, en esos años no había celulares. Mi hijo perdió la comunicación porque no tenía cómo llamarnos y luego perdió el contacto. No me importa, estoy en paz porque ya lo encontré. Eso es lo importante, dice al comentar que, por solidaridad, continuará acompañando a sus compañeras centroamericanas que buscan a sus hijos.

Milagros anunciados

Estamos encontrando a los migrantes, estamos haciendo el trabajo del gobierno, dice fray Tomás González, director del albergue La 72 y del Centro de Derechos Humanos Usumacinta, mientras acompaña a las madres centroamericanas en la caravana.

Antes veníamos a la buena de Dios y encontrábamos lo que cayera. Ahora nos estamos profesionalizando más en los sistemas de búsqueda, gracias a las tareas de los albergues en el país.

Este fraile, de 38 años, ha recibido hostigamiento y amenazas de muerte de las autoridades migratorias, el crimen organizado y el Ejército, por su férrea defensa de los migrantes: Algún día vamos a juzgar a Felipe Calderón por todos los crímenes, este es el peor sexenio en la historia de México en cuanto a migración. Y va de mal en peor. Por eso hemos decidido, nosotros mismos, buscar a los migrantes.

Una búsqueda que ha dado verdaderos milagros, como el de Gabriel Salmerón Hernández, de 30 años, originario de San Pedro Sula, Honduras, quien después de seis años se rencontró con su madre.

Ambos están sentados comiendo un plato de frijoles y papas con huevo. Sobre la mesa hay un ramo de rosas, en tanto que Olga Marina Hernández acaricia a su hijo. La última vez que le pasó la mano por el cabello fue en la estación de autobuses de Congolón, Honduras, al darle la bendición antes de iniciar su viaje rumbo al sueño americano.

Después de eso, cruzó la frontera de Guatemala por El Naranjo y la última vez que llamó a su madre fue desde Tenosique, Tabasco, donde tomó La Bestia, el famoso tren repleto de centroamericanos: Me dejaron tirado en un rancho y me fui caminando durante tres días, hasta que se me hicieron unas ampollotas en los pies y ya no podía seguir. Por allí van cientos de migrantes caminando en la noche y en la madrugada y me ayudaron a seguir.

En Tamaulipas, contactó un coyote, que finalmente se negó a pasarlo debido a las recientes redadas. Fue entonces cuando decidió quedarse a trabajar en Nuevo Laredo, apoyado por una trabajadora sexual. Conoció la vida nocturna, las drogas y el alcohol. Así vivió durante meses, hasta que decidió irse a vivir al Distrito Federal, viajando como polizón en un tren de mercancías, que finalmente lo dejó en Monterrey.

Eran las cuatro y media de la mañana. Me bajaron en Lincoln, cerca del municipio de Escobedo, y aquí me quedé, dice mientras enrolla una tortilla caliente que se lleva a la boca. Durante tres años bajó a los submundos de la droga: El día en que llegué me encontré a unos chavos locos en la calle y me invitaron a vivir en una choza, donde tenían una Santa Muerte. No tenía de otra, me quedé con ellos y empecé a trabajar de albañil. Siempre teníamos que andar bien drogados para aguantar. Me hice drogadicto. Consumía de todo: mariguana, cocaína, piedra… de todo.

Hace tres años, caminaba drogado por las calles de la colonia Ampliación Lázaro Cárdenas, una zona marginada de Escobedo, cuando unos chicos lo invitaron a pasar a la iglesia Cristo Vive. “Me dijeron: ‘dale una oportunidad a Cristo para que haga un milagro en tu vida’. Yo les dije que yo no podía pedir nada a alguien en quien yo no creía. Hicieron una oración y empecé a ser corregido por él y me hizo el milagro, por eso yo voy a hacer realidad el sueño de Dios: voy a implantar este ministerio en Honduras”, dice utilizando un tono de nuevo pastor cristiano que ofrece testimonio.

Fue por medio de la iglesia con un albergue para migrantes en Escobedo como se enteró, en diciembre pasado, que su madre lo buscaba. Ahora la abraza, la besa y ambos lloran sin importar el bullicio de celebración por el rencuentro. Alrededor de la mesa hay jóvenes que portan camisetas con la leyenda Adictos a Cristo; sirven comida, mientras Olga Marina Hernández es felicitada por las demás madres: Cristo hizo el milagro. Yo sentía que él estaba vivo. Ahora lo dejo en manos de Dios. Voy a seguir con mis compañeras, con ellas vine, con ellas me voy. Ahora tenemos más esperanza.

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